Sobre la “justificación” sexual

Familia_FlickrAitorLopezDeAudikana_CC-BY-NC-SA-2.0El domingo empezó el Sínodo preparatorio de la Familia. Iré poniendo algunos artículos sobre el tema en el blog. Joan Carreras, un buen amigo sacerdote -y gran canonista-, ha escrito un interesante artículo sobre la justificación sexual (aquí), y que resumo a continuación:

Joan comienza haciendo el siguiente planteamiento. En una “cultura puritana”, donde la sexualidad es considerada una actividad negativa y pecaminosa, se haría necesaria una justificación de la sexualidad, es decir alguna razón que la hiciera lícita. No bastaría la idea del cumplimiento del fin natural del sexo, -esto es, la reproducción o supervivencia de la especie-, puesto que el hombre no es simplemente un animal. Así pues, se hace además necesario que la realización del acto sexual se realice en el contexto del matrimonio, que es la institución natural que en última instancia justificaría la sexualidad humana.

Sin embargo –sigue diciendo Joan- en una “cultura maniquea”, la justificación de la sexualidad procedería por el contrario del cuidado que se pusiese en evitar la procreación. Me explico. Para un maniqueo la sexualidad sería mala porque perpetúa en el mundo la materialidad del hombre. El espíritu debería liberarse de la esclavitud de la carne para alcanzar la perfección. En sí misma, la pulsión sexual sería mala porque obnubila al espíritu, pero la principal razón de su malicia estaría ligada a la reproducción. Por ejemplo, en la herejía cátara -de raíz maniquea- los monjes eran los “puros”- y vivían una perfecta continencia sexual. Sin embargo, a los simples seguidores de esa espiritualidad no les exigían que les imitaran en tal comportamiento pero sí les prevenían del único verdadero mal: si no eran capaces de evitar la actividad sexual, deberían evitar la procreación, en la que se perpetúa el verdadero mal del mundo.

En este sentido, podríamos concluir que en la actualidad -al menos en ciertos aspectos-, la sociedad europea parece estar inmersa más en una cultura libertina-maniquea que puritana. De hecho se habla de una cultura de la muerte, libertina en lo sexual -para hacer sexo no es necesario ninguna justificación- pero generalmente negativa ante la procreación. Cuantas veces, son los jóvenes padres de familia quienes se ven obligados a justificar su descendencia, ante la mirada inquisidora de familiares, amigos y vecinos. Muy especialmente, las familias numerosas experimentan esta presión social.

Pues bien, Desde mediados del siglo XX, el magisterio de la Iglesia se ha apoyado en la corriente o cultura personalista para explicar la bondad y santidad de la sexualidad humana. La cultura personalista no es ni puritana ni maniquea, así como tampoco busca justificar la sexualidad desde fuera, es decir, de manera extrínseca.

En efecto, no es la fertilidad lo que hace buena la sexualidad humana: en eso se equivocaba la cultura puritana y acierta la libertina y maniquea. La fertilidad es una propiedad meramente física y biológica. Tampoco el contrato matrimonial consiste en una patente de corso para que los esposos puedan usar recíprocamente de sus cuerpos sin incurrir en pecado. También en eso se equivocaba el puritanismo, así como acierta la revolución sexual. La sexualidad es una realidad buena intrínsecamente y no necesita de “justificaciones” o excusas extrínsecas

Pero conviene dejarlo claro: cuando se dice que la sexualidad sólo se justifica desde dentro, es decir, desde la realidad de su intrínseca significación personal, se está diciendo que la sexualidad se justifica en cuanto que está ordenada al amor interpersonal y a la comunión de personas. Cuando es expresión de egoísmo, la sexualidad se pervierte y esclaviza, convirtiéndose en una auténtica adicción más fuerte que muchas drogas.

Así pues, la única justificación intrínseca de la sexualidad es la expresión de la mutua entrega del hombre y de la mujer en alianza irrevocable. La sexualidad es por definición heterosexual, puesto que el ser hombre y mujer son términos que hacen referencia el uno al otro. Si todos fuéramos varones -y no existieran las mujeres-, la sexualidad desaparecería y perdería toda significación y racionalidad ética. Lo mismo sucedería si no hubiese en el mundo más que mujeres. No se sabría qué significa la sexualidad. El uso del sexo sólo es racional en la relación hombre y mujer y en la medida en que ambos se entregan recíprocamente, es decir, comparten sus vidas conyugalmente, el acto que usa del sexo pasa de ser un acto sexual a ser un acto conyugal. Los actos “conyugales” se justifican por sí mismos, precisamente porque que son expresión de la unidad que los cónyuges han constituido al entregarse el uno al otro.

Sin embargo, todo acto sexual (no conyugal) exige una justificación. ¿Qué significa el que me hayas entregado tu cuerpo y te hayas unido a mí? La cosa está clara: o significa la entrega de la persona -y entonces, debería tratarse de un acto conyugal- o bien significa sencillamente el uso y disfrute de las personas. ¿Está justificado que yo me convierta en objeto de placer de otro o que sea yo quien reduzca a otra persona a mero instrumento placentero? No, responde  la cultura personalista: ni la sola procreación ni el mero placer justifican la sexualidad.

Desde el punto de vista cristiano, los actos sexuales son buenos en la medida en que son verdaderos. Son verdaderos cuando expresan la verdad de la relación existente entre los amantes. La relación conyugal se expresa principalmente en el acto conyugal. Fuera de ella, no puede haber actos conyugales y, por tanto, las cópulas serán siempre actos sexuales injustificados. Porque el amor o las intenciones no bastan para justificarlos.

Y en la medida en que son verdaderos son también santos o sagrados porque expresan significados espirituales y teológicos que pertenecen a una dimensión sobrenatural, divina. La sexualidad es simbolizada en muchas religiones como un fuego sagrado. Cuando se ve desprovista de la verdad, esta realidad buena y sagrada queda profanada. Y quien juega con el fuego, se suele quemar.

Fuente: Joan Carreras

 

 

5 comentarios en “Sobre la “justificación” sexual

  1. En su sentido etimológico, justificar significa hacer algo justo. En otras épocas, este término se usaba especialmente en el ambiente teológico judeocristiano, para explicar qué es lo que nos hace justos ante Dios. San Pablo, apoyándose en las Sagradas Escrituras, llegó a afirmar que la única causa de justificación del hombre ante Dios es la fe. Siendo ésta un regalo de Dios.

    En una cultura puritana en la que la sexualidad es considerada una actividad negativa y pecaminosa, esta expresión significaría las razones que harían lícito el acto sexual. ¿Qué es lo único que puede justificar la realización de un acto instintivo en el que la persona pierde el control de sí mismo y es arrastrado por dinamismos pasionales? No basta con el cumplimiento del fin natural del sexo, esto es, la reproducción o supervivencia de la especie, puesto que el hombre no es simplemente un animal. La procreación justificaría objetivamente la realización del acto sexual sólo si éste se produjera en el contexto del matrimonio, que es la institución natural que en definitiva justificaría la sexualidad humana.

    Desde el Concilio Vaticano II, el magisterio de la Iglesia se ha apoyado en la corriente o cultura personalista para explicar la bondad y santidad de la sexualidad humana. La cultura personalista no es ni puritana ni maniquea, así como tampoco busca justificar la sexualidad desde fuera, es decir, de manera extrínseca.

    La sexualidad sólo se justifica desde dentro, es decir, desde la realidad de su intrínseca significación personal. La sexualidad está ordenada al amor interpersonal y a la comunión de personas. Cuando es expresión de egoísmo, la sexualidad se pervierte y esclaviza, convirtiéndose en una auténtica adicción más fuerte que muchas drogas.

    La única justificación intrínseca de la sexualidad es la expresión de la mutua entrega del hombre y de la mujer en alianza irrevocable. La sexualidad es por definición heterosexual, puesto que el ser hombre y mujer son términos relativos. Si todos fuéramos varones y no existieran las mujeres, la sexualidad desaparecería y perdería toda significación y racionalidad ética. Lo mismo sucedería si no hubiese en el mundo más que mujeres. No se sabría qué significa la sexualidad. El uso del sexo sólo es racional en la relación hombre y mujer y en la medida en que ambos se entregan recíprocamente, es decir, comparten sus vidas conyugalmente. Los actos conyugales se justifican por sí mismos, precisamente porque son expresión de la unidad que los cónyuges han constituido al entregarse el uno al otro.

    En cambio, todo acto sexual exige una justificación. ¿Qué significa el que me hayas entregado tu cuerpo y te hayas unido a mí? La cosa está clara: o significa la entrega de la persona -y entonces, debería tratarse de un acto conyugal- o bien significa sencillamente el uso y disfrute de las personas. ¿Está justificado que yo me convierta en objeto de placer de otro o que sea yo quien reduzca a otra persona a mero instrumento placentero? Eso es lo que la cultura personalista advierte: ni la procreación ni el mero placer justifican la sexualidad.

    Desde el punto de vista cristiano, los actos sexuales son buenos en la medida en que son verdaderos. Son verdaderos cuando expresan la verdad de la relación existente entre los amantes. La relación conyugal se expresa principalmente en el acto conyugal. Fuera de ella, no puede haber actos conyugales y, por tanto, las cópulas serán siempre actos sexuales injustificados. Porque el amor o las intenciones no bastan para justificarlos.

    Y en la medida en que son verdaderos son también santos o sagrados porque expresan significados espirituales y teológicos que pertenecen a una dimensión sobrenatural, divina. La sexualidad es simbolizada en muchas religiones como un fuego sagrado. Cuando se ve desprovista de la verdad, esta realidad buena y sagrada queda profanada. Y quien juega con el fuego, se suele quemar.

  2. Pido perdón porque he cortado y copiado para ir punto por punto viendo lo que decía D. Joan y a la hora de hacer el comentario y gravarlo me he confundido y he copiado lo que debería servirme de guía. Por hoy no puedo hacer el comentario porque se me ha hecho tarde, mañana, espero poder remitirlo. Puede D. Rafael eliminármelo y así comenzaré de nuevo. Gracias.

  3. He dicho que en tres minutos era capaz de conseguir lo que pensaba al respecto. Aquí está: (ya estaba prácticamente finalizado)

    En su sentido etimológico, justificar significa hacer algo justo. En otras épocas, este término se usaba especialmente en el ambiente teológico judeocristiano, para explicar qué es lo que nos hace justos ante Dios. San Pablo, apoyándose en las Sagradas Escrituras, llegó a afirmar que la única causa de justificación del hombre ante Dios es la fe. Siendo ésta un regalo de Dios.
    En una cultura puritana en la que la sexualidad es considerada una actividad negativa y pecaminosa, esta expresión significaría las razones que harían lícito el acto sexual. ¿Qué es lo único que puede justificar la realización de un acto instintivo en el que la persona pierde el control de sí mismo y es arrastrado por dinamismos pasionales? No basta con el cumplimiento del fin natural del sexo, esto es, la reproducción o supervivencia de la especie, puesto que el hombre no es simplemente un animal. La procreación justificaría objetivamente la realización del acto sexual sólo si éste se produjera en el contexto del matrimonio, que es la institución natural que en definitiva justificaría la sexualidad humana.

    Una vida afectiva ordenada –incluyendo el aspecto de la sexualidad contribuye a fortalecer un ingrediente fundamental de la personalidad madura: el sentido de la responsabilidad. Ahora bien, esto no se consigue con los mensajes equívocos que ordinariamente se despachan al fomentar un uso de la sexualidad demasiado temprano. Precisamente porque la persona es algo más que lo que come y que sus secreciones glandulares, la maduración de la persona no se reduce a su maduración sexual (si bien ésta es un aspecto importante de aquélla).

    La madurez de la persona tiene mucho que ver con la capacidad de hacerse cargo de las consecuencias de sus acciones. Pero si a la gente joven se le empuja, por un lado, a las conductas de riesgo y, por otro lado, sólo se le habla de prevención del embarazo y de las enfermedades de transmisión sexual, se le está dando un mensaje equívoco, pues se le anima a que no asuma las consecuencias de sus acciones. Es cómico llamarle a eso conducta “responsable”.

    Por otra parte, el mensaje de fondo de muchas campañas de iniciación sexual precoz en las escuelas, aunque a veces no se reconozca explícitamente, es que una persona –más todavía si es joven- no puede comportarse con arreglo a un criterio que no sea únicamente el del instinto animal que todos tenemos: sólo cabe prevenir frente a las consecuencias esperables de las acciones. Este no es un mensaje adecuado para la gente joven, sobre todo porque es falso. La castidad es un ideal perfectamente asequible para quien, además de animal, es racional. Y las razones de ella pueden ser comprendidas no sólo desde planteamientos religiosos. Cualquier persona con un mínimo de madurez sabe que quien se deja llevar únicamente por sus instintos acaba en la tumba mucho antes de tiempo.

    Esto no es una manía de la Iglesia, que en este punto, por cierto, coincide con las recomendaciones de la OMS para prevenir el sida. El único sexo seguro, por más que les pese a ciertos mercaderes, no es el que se practica con “prevención”, sino la abstención y, en su momento, la relación estable y heterosexual. Cualquier otra forma de plantear el sexo seguro es un engaño. Si el preservativo tiene, según la cifra comúnmente admitida, una tasa de error en torno al 10% en la prevención del embarazo, la consecuencia quizá sea tener que instalar más jardines de infancia, pero si hablamos de la prevención del sida y enfermedades de transmisión sexual, la consecuencia puede ser de varios cementerios enteros. Algunos que amasan fortunas con la excusa del sexo seguro, guardan un silencio espantoso sobre este punto y se parecen a bomberos pirómanos, que se dedican a fomentar conductas de riesgo: multiplican las defensas de amianto mientras se dedican a prender los matojos.

    Cuando son las autoridades sanitarias y educativas las que promueven estas políticas equívocas de prevención, la cosa se torna sencillamente intolerable. Los padres deberían ser más conscientes de esto y muchos de ellos tendrían motivo suficiente para acudir a los tribunales de justicia para defenderse de ciertas autoridades que, tomando a su cargo la sexualidad precoz de los adolescentes, invaden obscenamente esferas que corresponden a la patria potestad.

    Tampoco es muy halagüeño el panorama si uno piensa en el momento en que las personas jóvenes se den cuenta de que han estado vilmente manipuladas, en el fondo por gente que quería llenarse fácilmente el bolsillo. Si yo quiero aprovecharme de alguien, tendré mucho interés en trasladarle eficazmente la idea de que es enteramente libre para hacer lo que quiera, sin hacer caso a nadie más que a su concupiscencia, pues entonces es cuando hará lo que yo quiero que haga. El poder de unos para hacer todo lo que desean, decía C.S. Lewis, no es más que el poder de otros sobre ellos para hacer lo que estos otros quieren que los demás hagan (o compren). Hay gente que vive de vender muy bien, y se aprovechan de la ingenuidad de tantos que se creen muy libres

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