La fidelidad y su relación con otras virtudes

descargaEn torno a la figura del beato Álvaro se han hecho estos días diversas referencias a las virtudes que vivió, destacando entre ellas la fidelidad. He estado estudiando un poco esta virtud y me ha parecido interesante la relación que mantiene con otras virtudes. Además de la evidente relación de la fidelidad con la justicia y la fortaleza, tenemos también estas otras: 

a) Fidelidad, caridad y amistad

La fidelidad, es una de las propiedades esenciales del amor, «por lo que el precepto de la fidelidad se extiende tanto como el de la caridad. El amor tiende, por esencia, al establecimiento de una relación personal, y cuanto más íntima sea esta relación, más profundo será el deber de fidelidad»[1]. B. Häring llega a afirmar que, «aunque en el concepto de fidelidad entra esencialmente el de firmeza, lealtad y constancia personal, no es éste, sin embargo, el que debe ofrecerse primero a nuestra mente cuando hablamos de fidelidad. En su sentido pleno, expresa la fidelidad una relación amorosa y personal con otro o con la comunidad»[2].

En el comentario al pasaje del capítulo 3 del Evangelio de San Juan, en el cual Juan Bautista, afirmando que él no es Cristo, se designa a sí mismo como el “amigo del Esposo”, dice Santo Tomás: “Y a pesar de que antes (Juan) había dicho que no era digno de desatar la correa de la sandalia de Jesús, aquí sin embargo se declara amigo de Jesús, para dar a entender la fidelidad de su amor por Cristo. (…) El amigo, en verdad, cuida de los intereses del amigo, movido por el amor y fielmente”. “Fidelidad de su amor”… La fidelidad del amor consiste en no buscar el interés personal, sino todo aquello que concierne al bien del amado.

También la  fidelidad es nota característica de la amistad, pues sin ella no tenemos una amistad verdadera, sino más bien una ficción, según enseña Santo Tomás al comentar el texto de 1Tim, 1, 5: «El fin de este mandato es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera»: Y aquí el Apóstol excluye tres cosas de la caridad, que repugnan a la verdadera amistad: de las cuales, la primera es el fingimiento, como en aquellos que simulan la amistad, cuando no son amigos: cosa que rechaza al decir: fe no ficticia, fe en el sentido de fidelidad

b) Fidelidad y paciencia

Mientras que la fidelidad ordena el bien del hombre hacia Dios o hacia los demás, la paciencia tiene por misión conservar este bien, moderando a las pasiones para que no aparten al hombre de él; en concreto, manteniendo el orden de la razón contra los ataques de la tristeza que la dilación del bien trae consigo. Por comportar duración, la fidelidad encontrará importantes obstáculos precisamente en la tristeza, en la tendencia a la rutina, el acostumbramiento, el tedio de la vida [3]. Estas dificultades hacen que la práctica de la fidelidad sea una tarea bastante laboriosa, y por esto necesita el auxilio de la paciencia, cuya definición ciceroniana citada por Santo Tomás viene muy a cuento para percibir el importante papel que conjuga con la fidelidad: “Por eso Cicerón dice, definiendo la paciencia, quees la tolerancia voluntaria y continuada de cosas arduas y difíciles por un bien honesto y útil””.

c) Fidelidad, perseverancia y constancia

La perseverancia es, de todas las virtudes, quizás la que más se suele relacionar con la fidelidad, hasta el punto de que no pocas veces la encontramos empleada como sinónimo de la misma. No es nada sorprendente, pues la misma definición de fidelidad nos dice que lo propio de esta virtud es la duración a pesar de las dificultades y el desgaste que suponen el paso del tiempo. Es en este aspecto, por lo tanto, un objeto difícil. La voluntad humana es falible, inconstante. Su ordenación no es tarea fácil, y la infidelidad es siempre un riesgo. Pero, como afirma Santo Tomás: (…) donde quiera que se dé una especial razón de dificultad o de bien, debe darse también una virtud. Y puesto que uno de los obstáculos que suelen oponerse a la obra virtuosa es precisamente la duración temporal, porque es difícil aplicarse al bien de un modo continuado, esta persistencia será objeto de una virtud especial, que es la perseverancia.

Lo propio de la perseverancia es, pues, persistir en el bien, soportar la dificultad de la duración inherente al acto de virtud. Pero no sólo la duración temporal además, el hombre fiel muchas veces se encuentra con obstáculos externos, que necesita superar para mantenerse fiel. Por esto, también se relaciona con la fidelidad la virtud de la constancia, que es parecida a la perseverancia, como auxilio para remover los obstáculos que se opongan al acto de virtud. Pero mientras la perseverancia hace que el hombre permanezca firme en el bien venciendo la dificultad que implica la duración del acto; la constancia, venciendo la dificultad originada por todos los demás obstáculos externos,sin rehuir los peligros sino afrontándolos diligentemente.

***

  • [1] J. Cardona Pescador, Fidelidad, en GER, t. X, Madrid 1991-1993, p. 87.
  • [2] B. Häring, La Ley de Cristo, t. II, Herder, Barcelona 1961 (2ª edición), p. 537.
  • [3] Cfr. I. M. Gómez, La fidelidad, reflexiones sobre una realidad problematizadaop. cit., p. 40.

 

 

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4 comentarios en “La fidelidad y su relación con otras virtudes

  1. La fidelidad bien entendida no dirá probablemente: mi nombre es fidelidad. Dirá más bien: mis nombres son confianza en Dios, sentido de la realidad, sencillez, esperanza, compasión, calma en las crisis y adversidades.

    Enemiga de todo lo que es espontáneo y volátil, reino de pura fragilidad, la fidelidad es la valentía de comenzar para llegar a término. Pero esa realidad se encuentra al servicio de otros valores, de los que ella asegura la permanencia. A diferencia de virtudes como el amor o la justicia, que tienen una materia específica, la fidelidad no se presenta tanto como un valor, sino más bien como la permanencia de valores.

    El hombre fiel ha de defenderse, combatir, atacar, conquistar. Desea ganar, y por tanto hay que proteger la fidelidad como se protege la virginidad o la fe, porque no debe contaminarse la palabra dada, que aparece como un absoluto.

    La paciencia y la perseverancia fieles son hijas mayores de la humildad. «Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas» [Lc 21,19]. Con vuestra paciencia, virtud activa, llevaréis a buen término, y resolveréis dignamente, los proyectos nobles de vuestra vida. Sólo el hombre y la mujer pacientes llegan hasta el final, debido a la fortaleza que les viene de su humildad. Todo lo pueden con Dios.

    La fidelidad es irrealizable y utópica sin esperanza. La esperanza supone un inconformismo radical, propio de quien se halla insatisfecho consigo mismo, y con la triste condición del mundo, y quiere hacerse mejor, y hacer mejor también la realidad que le rodea. Las cosas pueden ser distintas. Hay que trabajar para que lo sean dentro y fuera de uno mismo.

    Mantener la esperanza es permanecer en la fidelidad; es creer que, ante Dios, nada se pierde de lo que se ha hecho con intención recta, y que hasta las convulsiones y turbulencias del mundo dejarán paso a un nuevo día. La fidelidad es la prueba más contundente y palmaria del amor, su demostración más auténtica.

    El amor constituye el motivo verdadero de la fidelidad, y tiende a denunciar, arrinconar, y tal vez a expulsar a otros motivos impuros, inauténticos, o simplemente pragmáticos. Se encuentran entre ellos la resignación, la aceptación de lo inevitable, el puro deber, la mediocridad espiritual sin alas, la inercia, el mero temor al cambio.

    Amor y fidelidad son inseparables. Nacen y se desarrollan juntos. La decisión de dedicarse a Dios desencadena y pone en marcha una historia interpersonal cuyo hilo conductor es el amor. Se responde al amor con el amor. La fidelidad sólo puede respirar, consolidarse y crecer en ese clima de reciprocidad espiritual, en el que Dios nunca fallará.

    El amor irrevocable de Dios es el oxígeno del Evangelio y lo que respiran todos los que viven de su espíritu. El hecho de que Dios nos ha amado primero se hace particularmente explícito y tangible en Jesús de Nazaret, demostración viva del amor del Padre. No puede extrañar que amar a Dios sea el primer precepto en la tradición bíblica que culmina en el Nuevo Testamento.

    En la vida de muchos hombres y mujeres, ese amor divino se convierte en una opción exclusiva, que destierra, al menos en la intención, todos los demás amores, incluidos los que podrían haber sido legítimamente abrazados. Es en cualquier caso el amor de Dios el que protege, purifica, y ayuda a llevar a término todos los amores humanos nobles que suelen formar parte de la existencia terrena del hombre y de la mujer.

    Quien decide en serio amar a Dios sobre todas las cosas es que ha sido amado primero por Dios de modo desbordante. Comienza la búsqueda activa del mayor amor, que se asemeja a una aventura hacia lo desconocido. Es que la experiencia y las exigencias del amor divino le vienen muy grandes a la finitud humana.

    Inicialmente es difícil saber amar a Dios, o incluso percibir bien en qué consiste ese amor. Deberá enseñarlo la experiencia. El amor a Dios, asunto del corazón y de los sentidos, se expresa también necesariamente en pequeños detalles que son propios del amor humano corriente. Dios es mucho más real que cualquier criatura a la que pueda amarse y mimarse en la tierra. Las obras de amor parecerán con frecuencia nimias e intrascendentes, porque, como se dice, quien ama la mar ama también la rutina del barco. Son obras y acciones pequeñas que el amor hace grandes. El amor divino es así una escuela de amor humano, que enseña comportamientos y modos puros de afecto para lo terreno; y viceversa: el amor humano proporciona como un andamiaje de gestos y ademanes, que prestan cuerpo y volumen al amor de Dios vivido por hombres de carne y hueso.

    Como la filiación divina es fundamento de la fraternidad, la lealtad que es propia de los hijos de Dios tiene precisas manifestaciones y exigencias en las relaciones con las demás personas.
    La fidelidad en lo humano se llama lealtad: que seáis leales, clamaba S. Josemaria. Por encima de los obstáculos, por encima de la contrariedad, por encima de las circunstancias de enfermedad o de salud. Haréis una labor formidable a base de fidelidad y de lealtad

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