Señales del “justo medio” de la pobreza

eea2edcec2981fdb986403d1b01d4a39Hoy es san Francisco de Asís -y también mi aniversario de bautismo-. Es un buen día para meditar sobre la pobreza y el desprendimiento. Aquí os dejo con estas “señales” del justo medio que como todas las virtudes la pobreza también tiene. San Josemaría proporciona unos criterios eficaces -“señales” decía- para reconocer esta virtud. A ver que os parecen:

Aquí tenéis algunas señales de la verdadera pobreza: no tener cosa alguna como propia; no tener nada superfluo; no quejarse cuando falta lo necesario; cuando se trata de elegir algo para uso personal, elegir lo más pobre, lo menos simpático.

Veamos estas orientaciones prácticas con más detalle:

  • a) Para san Josemaría, “no tener cosa alguna como propia” no se reduce a una genérica disposicióninterior: es una “señal” de pobreza, concretamente reconocible en el modo de tratar las cosas que se tienen a mano, de emplear el tiempo y de cuidar la salud. Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder. No maneja las cosas del mismo modo quien no tiene que dar cuenta a nadie y, sintiéndose dueño, actúa a su gusto y placer, que quien se sabeadministrador y procura cuidarlas y hacerlas rendir porque debe responder de ellas: llevará cuenta de los gastos, empleará con solicitud los instrumentos de trabajo, etc. Algo semejante se puede decir respecto al uso del tiempo: la pobreza se manifestará en no considerarlo como un bien “propio” en sentido absoluto, sino como un tesoro, para hacerlo rendir en servicio a Dios y a los demás. Lo mismo se puede decir de la salud: habrá que apreciarla como un don para bien de los otros, un don que el cristiano no puede despreciar ni, por el extremo opuesto, idolatrar o disponer de él a su antojo. Se podrían citar numerosos textos de san Josemaría sobre estos puntos.
  • b) “No tener nada superfluo” es otra “señal” de pobreza. Lo superfluo es lo innecesario para vivir de acuerdo con la propia vocación a santificarse y santificar las actividades en las que uno está involucrado, teniendo en cuenta que “necesario” es no sólo lo “absolutamente necesario”, sino también lo “relativamente necesario” para el buen cumplimiento del propio deber. La distinción concreta entre lo “superfluo” y lo “necesario” dependerá de las circunstancias de cada uno y exigirá delicadeza de conciencia. San Josemaría invita a no inventarse necesidades artificiosas:

Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar (San Agustín, Sermo 85,6).

  • c) “No quejarse cuando falta lo necesario”. Ciertamente no es contrario a la pobreza procurar proveerse de lo razonable para desempeñar la profesión, asegurar el debido bienestar de la familia, intervenir con dignidad en los acontecimientos de la sociedad…; pero si no dispusiera de lo necesario, el cristiano descubrirá en esas circunstancias la paternal Providencia de Dios. El espíritu de pobreza lleva a “no quejarse”, porque una queja consentida revelaría, al menos hasta cierto punto, que no se desean esos bienes para servir y que no se confía totalmente en Dios, que concede siempre, a quienes se lo piden y ponen los medios, todo lo que realmente necesitan (cfr. Mt 6,26.31-32).

Os aseguro –lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos– que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz quemundus dare non potest (cfr. Jn 14,27), que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar.

La pobreza de espíritu no es menos exigente ni menos dura que la pobreza material, y por eso quien ama y practica la primera no teme la segunda, ni se rebela cuando la sufre: la recibe como uno de los tesoros del hombre en la tierra, como acepta un cristiano el dolor o la enfermedad. A veces dispondrá de bienes para emplearlos por amor a Dios en servicio de los demás; en otras ocasiones el Señor permitirá que carezca de ellos, y entonces podrá ofrecer esa privación unido a la Cruz, con alegría. En los dos casos ha de poder afirmar como san Pablo: «He aprendido a contentarme con lo que tengo: sé vivir en pobreza y vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo y en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,11-13).

  • d) La última “señal” que menciona el texto citado es “elegir lo más pobre, lo menos simpático”, cuando se trata de cosas “para uso personal”. Esta señal resplandece, como todas, en el Señor, que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8,9). El Hijo de Dios, después de abajarse a la condición de hombre, eligió lo más pobre: nacer en un establo; trabajar como artesano; no tener, en su vida pública, donde reclinar la cabeza; morir en la Cruz. “Elegir lo más pobre, lo menos simpático”, no es negar que los bienes de la tierra sean bienes, sino manifestar que el primer criterio en la elección de un bien no es la satisfacción personal, lo cual es señal de desprendimiento.

Fuente: Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, de E. Burkhart-Javier Lopez

6 comentarios en “Señales del “justo medio” de la pobreza

  1. Que alegría me produce saber que es el aniversario de su bautismo. Yo lo “celebro” dando muchísimas gracias a Dios por hacerle hijo suyo, y por ser fiel a la doctrina del Padre. Felicidades. Es un día para que no pase desapercibido.

    Su exposición interesantísima y de suma ayuda. Mi comentario es el siguiente:

    Casi todo depende de la libertad. Cristo no era rico, en el sentido habitual del término; era infinitamente más: la segunda persona de la Trinidad omnipotente; pero se abajó, asumiendo la estricta condición humana. Dentro de ésta, no eligió situaciones de poder o riqueza, sino las propias de una familia trabajadora y modesta en un rincón de Galilea. Allí comenzó la obra de la Redención, antes de consumarla en su vida pública y en la pasión, muerte y resurrección.

    La visión cristiana de la pobreza no es la misma que rige el sentimiento común.

    El Papa Francisco hace coincidir la pobreza en la que Jesús nos libera y nos enriquece, con su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano. ¿Cómo no recordar la fuerza con que Benedicto XVI escribía en Deus caritas est, 31 b), sobre esa gran parábola de Jesucristo?: “El programa del cristiano −el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús− es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”.

    La pobreza, más aún para personas laicas, nunca se reducirá a la mera renuncia. San Josemaría formuló un criterio paradigmático, justamente a propósito de las madres de familia en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 110ss. Me limito a citar unas frases: “Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos”.

    Lo importante es hacer compatibles dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real que se note y se toque −hecha de cosas concretas−, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

    El Papa invita a aliviar la miseria humana −material, moral, espiritual− con variedad de condiciones y exigencias. Entre tantas facetas, precisa: “Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos; podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo”.

  2. San Francisco de Asís agradecía todo lo que tenía alrededor, pero sobre todo la naturaleza. Exhortaba a los agricultores a que dejaran una linde donde crecieran las flores y así el campo fuera más hermoso. Predicaba a los animales para que fueran agradecidos con el Creador. Era humilde, sencillo y practicante de la pobreza.
    San Francisco era y es un ejemplo de todo lo que se ha expuesto en el artículo y en el comentario posterior. Y desde luego nos interroga sobre nuestras riquezas y nuestra forma de vivir, no sólo en lo material próximo y en lo espiritual, sino también en el cuidado y respeto por el mundo que Dios nos ha dado.
    San Francisco es patrón de los ingenieros de montes. Esta profesión (para mi la más bella del mundo) tiene su origen, en España, en la mitad del siglo XIX, con la creación de la primera Escuela de Ingenieros de Montes (1848). En esa época, tras las desamortizaciones de las tierras que estaban en lo que se llamaban “manos muertas” (la Iglesia, la aristocracia, los ayuntamientos) muchos montes pasaron a manos privadas, se talaron, se vendió la madera y quedaron despoblados. España sufrió un proceso de desertificación tremendo y, de este modo, los ingenieros de montes aparecieron para devolver la presencia del bosque en aquellos montes desarbolados, frenar la desertificación de nuestro país, proteger a los pueblos de las inundaciones consecuencia de la desaparición de los bosques de cabecera, y proteger y conservar aquellos bosques que eran merecedores de ello. Para esto último se creó el Catálogo de Montes de Utilidad Pública, donde se inscribieron aquellos montes que por su belleza, interés público, biodiversidad, etc, debían ser protegidos del abuso de personas y entidades sin escrúpulos. Gracias a estos ingenieros, auténticos desiertos de aquella época como Sierra Espuña (Murcia), las dunas de Guardamar (Alicante) hoy son bellos Parques Naturales; se corrigieron torrenteras y barrancos en Pirineos que permitieron el uso de los embalses construidos para producción de energía hidroeléctrica, la defensa de pueblos contra los torrentes, y la defensa contra aludes de la estación internacional de Canfranc (donde se plantaron casi 8 millones de árboles); se defendieron pueblos de inundaciones y corrientes de lodos, rocas y piedras como en Saldaña (Palencia), Daroca (Zaragoza), Tórtoles (Ávila), etc., . Y entre otras cosas, gracias a ellos se creo a principios del siglo XX nuestros dos primeros Parques Nacionales: Covadonga y Ordesa. Fueron un ejemplo de trabajo y lucha para proteger y conservar ese mundo que Dios nos dio, De modo que hoy, mucho bosques y montes por los que paseamos son obra de ellos, sin que nosotros seamos conscientes de ello. Gracias a ellos se celebra el día del Árbol, creado por el llamado Apóstol del Árbol, D. Ricardo Codorníu Starico. Muchos de los ingenieros que trabajaron entre finales del siglo XIX y principios del XX murieron jóvenes, debido a la dureza de los trabajos de repoblación y las malas condiciones de vida. Y su fe en su trabajo y en lo que hacían no les hicieron desfallecer, aunque muchos de ellos apenas vieron el resultado de sus obras, porque un bosque tarda medio siglo en crecer y casi un siglo en madurar.
    Recomiendo ver los capítulos de la serie de TVe (se pueden ver en su web), El Monte Protector, en especial los dedicados a Sierra Espuña, los torrentes Pirenaicos o las correcciones del Jiloca (Daroca). Son un reconocimiento a su desinteresado trabajo.
    Cuidemos la naturaleza, pues es un regalo de Dios, pero además es un regalo para el disfrute de todas las generaciones.
    Felicidades a todos los ingenieros de montes en este día, y ¡también al Padre Rafael por su cumplebautismo!

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