¿Existe alguna relación entre la anticoncepción y el derrumbamiento del matrimo­nio?

untitledEs una pregunta de la ética cotidina que me aprece interesante y que voy a intentar responder con este texto del Relato de una madre, de Victoria Gillick

Las relacio­nes conyugales, decían los grupos contraceptivos, iban a ser más estables, más armoniosas y mucho menos cargadas de ansiedad que en cualquier tiempo ante­rior, gracias a la nueva actitud desinhibida hacia la sexualidad y a la procreación controlada. La contracepción eficaz traería, por fin, la igualdad de hombres y mujeres, tanto sexual como económica, y libraría al mundo de las plagas de la violación dentro del matrimonio y del abuso marital. Por último, merced a la revolución tecnológica del control de la fertilidad de la mujer, desaparecerían de la historia los niños no deseados o maltratados.

Y, sin embargo, aparece de pronto el Papa en medio de toda esa euforia y predice que lo que va a suceder es exactamente lo contra­rio de todo eso. Decía que el control fácil de la natalidad

«…conduciría a la infidelidad matrimonial y a un rebajamiento del nivel moral…» y que no hacía falta tener una gran experiencia de las flaquezas humanas para comprender que «… los seres humanos —especialmente los jóvenes, tan vulnerables en esta materia— necesitan más bien que se les anime a ser fieles a la ley moral, no que se les ofrezcan medios fáciles para evadirse de su cumplimiento…»

No se equivocaba el Papa. Pero, ¿a quién le preocupaban en aquellos años iconoclastas cosas del estilo del «nivel moral» o de la «ley moral»? «¡Qué estupideces!»: es lo que la gente decía al oír esas recomendaciones.

Hoy se puede establecer una relación, que mucha gente rechaza­rá como no comprobable, pero que a mí me parece muy significati­va: y es que, a lo largo de los últimos veinte años, en el tiempo en que más y más parejas han estado usando continuamente la contracepción, el número de divorcios ha crecido como la espuma. Algu­nos dirán que ello se debe simplemente a que la ley ha ido haciendo cada vez más fácil el divorcio. Otros añadirán que el divorcio fácil ha socavado el carácter indisoluble de la institución matrimonial. Incluso he oído que todo eso es resultado de la mentalidad, engen­drada por la sociedad de consumo, de desechar lo usado.

Me vienen a la memoria las palabras de Pablo VI cuando adver­tía que el fácil control de los nacimientos fomentaría la infidelidad matrimonial, el indiferentismo de los hombres y su agresividad sexual; y, nos guste o no, ahí está el hecho de que la «infidelidad matrimonial» y la «conducta irracional» son los dos motivos citados con más frecuencia en las causas de divorcio en estos años. En 1986, por ejemplo, casi la mitad de los divorcios fueron concedidos por el primer motivo, con 27.000 maridos adúlteros y 19.000 mujeres adúl­teras; mientras que la otra mitad de los divorcios fueron concedidos a 57.000 esposas a causa del comportamiento irracional de los ma­ridos.

¿No es muy posible que haya alguna relación directa o indirecta entre la contracepción continua y el derrumbamiento del matrimo­nio? Después de todo, se ha observado un aumento rápido de los conflictos matrimoniales en todos aquellos sitios donde se ha intro­ducido la contracepción a gran escala; aun en los países en los que el divorcio no está legalizado.

Estoy personalmente convencida de que la contracepción por sí misma daña todas las relaciones sexuales, ya sean dentro o fuera del matrimonio, no porque impida que se desarrollen niños, sino por­que impide que se desarrolle el amor.

Y, en esto, tocamos el fondo del asunto. Porque el mismo acto de la unión sexual no implica sólo a dos personas vivas, sino también a ciertos elementos vivos que están dentro de ellos dos. De modo parecido a como el sembrador arroja la semilla viva sobre la tierra fértil, el hombre entrega su propia semilla viva al cuerpo vivo de la mujer; y, si en ese momento el tiempo es el adecuado, ella conce­birá; si no, la semilla muere su muerte natural dentro de los proce­sos naturales del cuerpo de ella. En uno y otro caso, hay en su unión una apertura a la vida; y tanto en el hombre como en la mujer abunda una vida natural, no inhibida.

Sólo después de leer un artículo, escrito por un médico, en el que se explicaban los diferentes mecanismos de acción de los contracep­tivos, empecé a darme cuenta de cómo los métodos que impiden la concepción pueden de hecho causar un conflicto psicológico profun­do en quienes los usan. Y eso sucede en un nivel que, al principio, pasa totalmente inadvertido.

Con todos y cada uno de los métodos descritos —ya sea la píldora, el diafragma, el DIU, la esponja, los espermicidas o el preservativo— se procura, de modo deliberado, o matar directa­mente la semilla masculina o provocar en el cuerpo de la mujer un mal funcionamiento de su ambiente fértil. El artículo usaba de modo explícito las palabras «mata los espermios». Éstos no mueren una muerte natural, como lo hacen todas las cosas vivas, sino que son destruidos adrede mediante un dispositivo crudamente técnico o mediante un veneno químico.

En el cuerpo de la mujer que usa continuamente de la contracep­ción, sus ovarios, el útero y el cuello uterino no pasan a través de una fase naturalmente infértil; son hechos estériles de modo artifi­cial o mediante la destrucción de una vida nueva ya concebida. Y esa situación de muerte es aceptada por la pareja no durante unas pocas horas o días imprevistos, sino por largos períodos de tiempo.

Aquel artículo médico abría los ojos a quienes, como yo, no éramos expertos. Porque con mucha claridad iba revelando que, independientemente del método contraceptivo que se usara, todos ellos tienen este rasgo común: que su intención es destruir o incapa­citar directamente los elementos, vivos y potencialmente transmiso­res de la vida, de la pareja; ofreciendo de ese modo una contradic­ción absoluta con el acto sexual mismo. Y lo que es más: esa contradicción es conscientemente calculada de antemano, se aplica a todos y cada uno de los actos sexuales, esté o no la mujer en su fase fértil.

Mientras la pareja trata de expresar su total e incondicional amor mutuo, los contraceptivos que ellos están usando intencionadamen­te les están diciendo al mismo tiempo —a veces a un nivel casi subliminal— que el don físico, sexual, de cada uno está siendo rechazado por el otro. La contracepción es por ello una negación fundamental del amor sin condiciones. El amor contraceptivo es, por ello, una contradicción, una paradoja. Porque si el amor total exige la entrega total de sí mismo, la donación total, la contracep­ción convierte al don en incompleto, a la entrega en condicionada.

Quizá en tiempos pasados, cuando la finalidad de la relación sexual era considerada casi exclusivamente procreativa, podría no haberse considerado que era muy dañino que una pareja intentara limitar ese potencial por algún procedimiento externo. Pero noso­tros vivimos ahora en una época post freudiana, en la que se com­prenden mucho mejor las dimensiones psicológicas y espirituales del amor sexual. Y, sin embargo e irónicamente, vemos que se nos anima a ignorar esas ideas y a convertir en mutuamente hostiles el cuerpo del hombre y el de la mujer; y se pretende que ese proceso continuo de antipatía fisiológica artificial no provoque daños dura­deros. ¿Podrá una relación amorosa sobrevivir mucho tiempo —o, por lo menos, sobrevivir alegre— cuando la mutua atracción corpo­ral se expresa de modo continuo y deliberado como destrucción corporal programada?

¿Es razonable, por ello, esperar que los matrimonios puedan vivir con esa mentira y conservar, sin embargo, toda la finura de sus emociones, en momentos en que cada uno de ellos es tan vulnerable a los humores, las necesidades, los deseos, los temores y las espe­ranzas del otro?

4 comentarios en “¿Existe alguna relación entre la anticoncepción y el derrumbamiento del matrimo­nio?

  1. Voces muy autorizadas han puesto de relieve en estos últimos tiempos que el uso de contraceptivos constituye, de por sí, un atentado contra el amor.

    Personalmente, oí hablar de este asunto por primera vez a un hombre muy de Dios y, por lo mismo, profundo conocedor del corazón y el amor humanos; solía emplear una expresión cargada de fuertes resonancias: «cegar las fuentes de la vida».

    Evidentemente, no se trataba de una mera opinión aislada. Recogía el sentir común del Magisterio católico de todos los tiempos, particularmente explícito —por la especial magnitud que presenta al problema— en el momento presente.

    Como botón de muestra, sirvan dos testimonios de excepción: Pablo VI y Juan Pablo II.

    Toda la Encíclica Humanae vitae apunta a subrayar el estrechísimo vínculo que liga el uso ordenado de la sexualidad al engrandecimiento del amor entre los esposos. Así lo expresa uno de los textos más citados del Documento, el que alude a «… la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no debe romper por iniciativa propia, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador».

    Bastaría recordar, por una parte, que el efecto más propio del amor auténtico es la unión profunda entre quienes se quieren; y, por otra, que el uso de anticonceptivos elimina la posible procreación, donde la fusión (en el hijo) alcanzaría su cenit… para advertir hasta qué punto el empleo de contraceptivos, por impedir la auténtica y completa compenetración personal, se opone también al desarrollo del amor entre los esposos.

    Lo afirma categóricamente Juan Pablo II, en una frase que, aunque dura, no dudo en calificar de lapidaria: «La contracepción contradice la verdad del amor conyugal».

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