¿Qué dice la Biblia sobre la anticoncepción?

91Quizás pueda ayudarnos a responder a esta pregunta de la ética cotidiana, el siguiente relato que Kimberly Hhan relata en el libro Roma dulce hogar, nuestro camino al catolicismo. El texto es un poco largo, pero al tratarse de un relato me pareció interesante dejarlo así

Kimberly:

  En nuestro primer año en el seminario, Scott comenzó su programa estudiando cuestiones teológicas fundamentales con profesores que llevaban enseñando teología entre diez y cuarenta años. Mientras tanto, yo era secretaria de un programa creado para proporcionar bolsas de estudios en Harvard, y trabajaba con personas de cualquier religión menos la cristiana, muchas de las cuales nunca habían oído el Evangelio ni leído la Biblia. Me ponían a prueba diariamente, cuestionándome hasta que Dios existiera. El contraste era muy fuerte.

  Después de un año en esas condiciones, Scott y yo decidimos ocupar los dos un mismo carril y crecer juntos. De modo que, con el apoyo de Scott y la ayuda de mi familia, comencé los estudios del Master mientras Scott cursaba segundo año. Estudiar teología juntos fue una experiencia enriquecedora y muy fecunda.

  Uno de los primeros temas que afronté en un curso de ética cristiana fue el de la anticoncepción. No había considerado que fuera un tema digno de estudio hasta que empecé a implicarme en el movimiento pro-vida. Como protestante, no conocía a nadie que no practicara el control de la natalidad. Había sido orientada e inducida a practicarlo como parte de un comportamiento cristiano razonable y responsable. En los cursos de orientación prematrimonial no nos preguntaban si íbamos a utilizarlo o no, sino qué método pensábamos emplear.

  El primer grupo al que le tocó estudiar la contracepción se reunió brevemente el primer día en el fondo del aula. Un auto-nombrado líder nos dijo:

  –No tenemos que considerar la posición católica, porque sólo hay dos razones por las que los católicos se oponen a la anticoncepción: la primera es que el Papa no está casado, así que no tiene que vivir con las consecuencias. Y la segunda es que quieren llenar el mundo de católicos.

  –¿Son ésas las dos razones que da la Iglesia católica? –interrumpí–. No lo creo.

  –Entonces, ¿por qué no lo estudias?

  –Lo haré.

  Y lo hice.

  En primer lugar, consideré la naturaleza de Dios y cómo nosotros, como marido y mujer, estábamos llamados a ser su imagen. Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– ha creado al hombre y a la mujer a imagen suya, y los ha bendecido en la alianza matrimonial con el mandato de crecer y multiplicarse, llenando la tierra y dominando toda la creación, para gloria de Dios (cfr. Gen 1, 26-28). La imagen a imitación de la cual el hombre y la mujer fueron creados es la unidad de las tres Personas de la Trinidad que se entregan totalmente una a la otra en una plena autodonación de amor. Dios reafirmó este mandato de la creación en su alianza con Noé y su familia, dándoles el mismo mandamiento de crecer y multiplicarse (cfr. Gen 9, 1 ss.). Así que la existencia del pecado no cambió la llamada a las parejas casadas a ser imagen de Dios a través de la procreación.

  San Pablo aclaró que en el Nuevo Testamento el matrimonio fue elevado a la categoría de imagen de la relación entre Cristo y la Iglesia (aún no tenía yo ni la menor idea de que el matrimonio fuese un sacramento). Y por el poder de dar vida que tiene el amor, Dios hacía a los esposos capaces de reflejar la imagen de Dios en el sentido de que la unidad de los dos se convirtiera en tres. Lo que yo me preguntaba era: Nuestro uso de anticonceptivos –que intencionadamente restringe el poder dador de vida del amor mientras uno disfruta la unidad y el placer que da el acto conyugal–, ¿permite que mi esposo y yo reflejemos la imagen de Dios en una mutua y plena autodonación de amor?

  En segundo lugar examiné lo que la Escritura decía sobre los niños. ¡El testimonio de la Biblia era arrollador! Cada versículo que hablaba sobre ellos, los consideraba siempre como una bendición (Sal 127, 128). No había ni un solo proverbio que advirtiera que no valía la pena afrontar los gastos que supone un hijo. No había ninguna bendición para los esposos que espaciaran lo más posible la llegada de los niños; ni para la pareja que estuviera el número correcto de años sin hijos antes de asumir la carga que suponen; ni para el matrimonio que planificara cada nacimiento. Ésas eran ideas que yo había aprendido de los medios de comunicación social, de mi escuela pública o de mi vecindario, pero no tenían ningún fundamento en la Palabra de Dios.

  En la Escritura, la fertilidad es presentada como algo que se debe apreciar y celebrar, no como una enfermedad que ha de evitarse a toda costa. Y aunque no hallé versículo alguno que hablase negativamente de las familias pequeñas, a la luz de numerosos pasajes bíblicos, no había duda de que las familias grandes parecían haber recibido de Dios una gracia mayor. Era Dios el que abría y cerraba el vientre, y cuando daba la vida, eso era considerado siempre como una bendición. Después de todo, lo que Dios deseaba de los matrimonios fieles era «una prole piadosa» (Mal 2, 15). Los niños eran descritos como «flechas en las manos de un guerrero…, bendito el hombre cuya aljaba está llena». ¿Quién iría a la batalla con sólo dos o tres flechas cuando podría ir con una aljaba llena? La pregunta que yo me hacía era: nuestro uso del control de la natalidad, ¿reflejaba el modo en que Dios veía a los niños o el modo en que los veía el mundo?

  En tercer lugar estaba el tema del señorío de Jesucristo. Como protestantes evangélicos, Scott y yo nos tomábamos muy en serio el señorío de Cristo sobre nuestras vidas. En el aspecto monetario, pagábamos el diezmo regularmente, y no nos importaba cuán escasos estuvieran nuestros fondos, porque queríamos ser buenos administradores del dinero que Dios nos había confiado. Una y otra vez habíamos visto cómo el Señor suplía nuestras necesidades más allá de lo que nosotros le habíamos dado. En términos de tiempo, observábamos siempre el Día del Señor dejando a un lado el estudio, que era nuestro trabajo, aunque tuviésemos un examen al día siguiente. Muchas veces el Señor nos premió por ese día de descanso, y siempre tuvimos la mejor nota en cada examen que hacíamos el lunes. En términos de talentos, asumíamos que siempre debíamos estar disponibles para servir a Dios en nuestro ministerio y añadíamos con gusto obras de servicio a nuestra labor de estudio. Ver vidas bendecidas como resultado de ese ministerio fortaleció enormemente nuestra fe y nuestro matrimonio.

  Pero, ¿y nuestros cuerpos, nuestra fertilidad? ¿Se extendía el señorío de Cristo hasta allí? Leí entonces en I Cor 6, 19-20: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo». Quizá era una actitud más norteamericana que cristiana el pensar que nuestra fertilidad es algo que podemos controlar como nos parezca. Y yo me preguntaba: nuestro uso del control de la natalidad, ¿demuestra una fiel vivencia del señorío de Jesucristo?

  En cuarto lugar, ¿cuál era la voluntad de Dios para Scott y para mí? Queríamos conocer y obedecer la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. Un pasaje de la Escritura que me brindó materia útil para reflexionar fue Romanos 12, 1-2:

  Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, como obediencia racional. Y no os acomodéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, de modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios; esto es, lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

  Pablo indicaba que una vida de sacrificio requería la misericordia de Dios: no se nos pedía vivir ese tipo de vida con nuestras propias fuerzas. Podíamos ofrecer nuestros cuerpos como un sacrificio de adoración: había una dimensión corporal en nuestra espiritualidad. Una de las claves para saber cómo sacrificarse de una forma consecuente con la voluntad de Dios era diferenciar correctamente entre los mensajes del mundo y las verdades de Dios; eso significaba que teníamos que renovar nuestro modo de pensar sobre la base de la Palabra de Dios. Y una buena parte de mi estudio sobre la contracepción me había llevado a hacer justamente eso: meditar en los pasajes de la Escritura que presentaban una imagen distinta de la que el mundo quería proclamar.

  Scott y yo estábamos comprometidos el uno con el otro, y estábamos comprometidos con el Señor. La pregunta era: ¿Podíamos confiar en Dios y dejar que decidiera sobre el tamaño de nuestra familia y el espaciamiento de nuestros hijos? ¿Sabía Él lo que nosotros podíamos afrontar económica, emocional y espiritualmente? ¿Tenía Él los recursos para hacer posible que tuviéramos más niños de los que creíamos poder criar?

  En el fondo sabía con qué estaba luchando: con la soberanía de Dios. Sólo el Señor conocía el futuro y cuál era el mejor modo de que nosotros formáramos nuestra familia con los hijos que Él deseaba que tuviéramos. Podíamos confiar en que Él nos daría la fe que necesitábamos para encomendarle este aspecto de nuestra vida, y para tener claro que era parte de su plan para nosotros, y que vertiría su amor en nosotros, y a través de nosotros en todas las preciosas almitas que quisiera encomendarnos. Y, después de todo, conocía a muchas parejas en el seminario que «planificaban» cuándo vendrían los niños sólo para descubrir después que el calendario de Dios era distinto al de ellos.

  Teníamos que confiar en Él en la cuestión de nuestra fertilidad de un modo radical, sin usar ningún método de control de la natalidad. Yo estaba ya convencida, pero en nuestro matrimonio éramos dos personas, así que debía comentar estas inquietudes con Scott.

  Cuando él me preguntó una noche, durante la cena, cómo iba mi estudio sobre la anticoncepción, le conté tanto como pude, y le pedí que leyese el libro de John Kippley El control de la natalidad y la alianza matrimonial. Scott vio en este libro el fundamento de mis argumentos; pero aún más, vio cómo Kippley aplicaba la idea de la alianza al matrimonio para explicar por qué la anticoncepción era inmoral.

  Kippley hacia la siguiente comparación: igual que en la decadente antigua Roma la gente se daba un gran festín y luego iban a vomitar la gran cantidad de comida que habían ingerido (para evitar las consecuencias de sus actos), así ocurre también en el caso de los matrimonios que se dan un festín en el acto conyugal sólo para frustrar el poder de dar vida que tiene el acto de renovación de su alianza. Estas acciones son contrarias a la ley natural y al pacto marital.

  Desde la perspectiva de Kippley, que representaba la de la Iglesia católica, el fin primordial del matrimonio era la procreación de los hijos. Cuando una pareja frustra ese fin intencionadamente, actúa contra la ley natural; trastorna la renovación de su propia alianza matrimonial, convirtiendo en una mentira su compromiso de entregarse totalmente el uno al otro.

  Ahora comprendía yo por qué la Iglesia católica se oponía a la anticoncepción

4 comentarios en “¿Qué dice la Biblia sobre la anticoncepción?

  1. NO ES FACIL DEBATIR SOBRE EL ABORTO

    Juan José García-Noblejas / Alejandro Navas Article Rating
    La sangre de las víctimas nos interpela y sería ruin mirar a otro lado en aras del consenso social.

    Hoy, día siguiente a la decisión del presidente Rajoy y su gobierno de incumplir su promesa electoral, retirando el proyecto de ley que iba a modificar un poco la vigente legislación española pro-abortista, puede ser buen momento de refrescar algunas ideas sobre el aborto en España.

    Sobre todo, lo que Alejandro advierte: que no es fácil un debate racional sobre esa práctica tan lesiva para la sociedad de quienes la promueven y practican. Y tan letal para las personas que pierden su vida en el seno de sus madres.

    El Gobierno español anunció el 20 de diciembre de 2013 su propósito de reformar la Ley Orgánica 2/2010 de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (también conocida como Ley Aído, por Bibiana Aído, ministra de Igualdad y encargada de su tramitación). El revuelo que se organizó a continuación en la clase política y en la opinión pública fue monumental, y ese debate sigue acaparando la atención.

    La reforma de esa ley estaba incluida en el programa electoral con el que el Partido Popular ganó por mayoría absoluta las elecciones generales de 2011, por lo que se trataba de una iniciativa esperada. Aun así, muchos −también detractores del aborto− consideran que el propósito del Gobierno rompe un statu quo vigente desde 1985, cuando el gobierno de Felipe González despenalizó el aborto en nuestro país. Esos críticos opinan que, a la vista de la situación política, económica y social que atraviesa España, sería preferible no exacerbar más los ánimos con esta cuestión tan polémica.

    Estimo que la atención pública no debería quedar limitada a la economía −evolución de la prima de riesgo y del mercado de trabajo−, asuntos que parecen constituir la máxima preocupación de Mariano Rajoy. Vale la pena afrontar derechamente el debate sobre el aborto, pues hay mucho en juego: la vida de miles de seres humanos. Una paz social regada con la sangre de millares de inocentes resulta necesariamente falsa, artificiosa. ¿Cabe debate más básico y necesario que el que se refiere al estatuto y al tratamiento de la vida humana? Si esta discusión provoca chirridos de cualquier tipo, quiere decir que era muy necesaria. Procede acabar con esa falsa paz del cementerio. La sangre de las víctimas nos interpela y sería ruin mirar a otro lado en aras del consenso social.

    Faltan datos imprescindibles
    La discusión sobre el aborto me parece tan ineludible como difícil de llevar a la práctica con un mínimo de garantías. Para empezar, falta mucha información necesaria. Por ejemplo, la imprescindible estadística. Los datos oficiales, proporcionados anualmente por el Ministerio de Sanidad, son muy poco fiables. Se sabe que la cifra real de abortos debe de ser considerablemente mayor. Faltan datos igualmente para elaborar la historia de la aplicación de la ley de 1985. Carecemos de información, que sería de gran relevancia, sobre los efectos de las píldoras anticonceptivas. En los años sesenta, al poco de lanzarse la píldora al mercado mundial, las grandes compañías farmacéuticas, con la anuencia de los Gobiernos nacionales y los organismos internacionales, decretaron un “apagón informativo” sobre los mecanismos por los que ejercen sus efectos. Su acción abortiva parecía evidente, y como en aquel momento el aborto era ilegal en Occidente −aún no se había producido el vuelco en las leyes y en las mentalidades− se prefirió mirar a otro lado y concentrarse en el negocio.

    De vez en cuando se publican noticias del tipo “tal Gobierno prohíbe la venta de tal generación de píldora anticonceptiva como respuesta a la muerte de tal número de mujeres, que la venían tomando sin haber sido advertidas de tales efectos secundarios”, pero se echa de menos una investigación rigurosa. Parece que hay miedo a los resultados que podría arrojar. Los intereses económicos en juego son enormes, y el dinero tiene la capacidad de silenciar a las autoridades políticas y sanitarias. Se instaura una especie de consenso mundial a favor de la penumbra y la incerteza, cuando la tendencia social general apunta a la transparencia y la rendición de cuentas. Sorprende el alto número de actores sociales relevantes que en este punto prefieren la ignorancia, como si cerrar los ojos a una realidad desagradable fuera a eliminar sus efectos indeseables.

    Contar con la información pertinente permitiría una discusión mejor fundada. No eliminaría el apasionamiento o el sectarismo, pues la centralidad de los bienes en juego explica el subjetivismo que empapa el debate, pero ayudaría a clarificarlo.

    Faltan argumentos en el bando abortista
    El frente abortista hace tiempo que se quedó sin argumentos. Los avances de la genética y de la embriología, sumados a los desarrollos tecnológicos −ecografía en 3D, etc.− han subrayado la inanidad de los viejos eslóganes:“mi cuerpo es mío”, “nosotras parimos, nosotras decidimos”… Leer los diarios de sesiones de los parlamentos donde se discuten proyectos de ley relativos al aborto produce una impresión más bien deprimente: reiteración de lugares comunes sin base científica, demagogia barata, etc. La debilidad de los argumentos aducidos es directamente proporcional al volumen con que se grita en la calle y en los foros públicos, al igual que en las redes sociales. La crispación no se limita al uso de la palabra y, en ocasiones, da paso a la violencia física. La cultura de la muerte, aliada con la ignorancia durante decenios, hace valer sus derechos y se agarra a lo que sea con tal de no ceder ni un ápice del terreno conquistado.

    Todo debate auténtico presupone determinados requisitos: un lenguaje común; un acervo de experiencias mutuamente compartidas, que permite hacerse cargo de lo que es relevante para el interlocutor; el deseo de llegar a la verdad, de esclarecer la controversia −lo que presupone la existencia de esa verdad, asequible a todos−; una actitud ética: apertura benevolente al otro, capacidad para la escucha atenta, disposición para cambiar de postura si se viera que los argumentos del otro son más convincentes.

    Resulta obvio que la mayoría de esas condiciones brillan por su ausencia en la discusión sobre el aborto, empezando por el lenguaje común. Por eso, la primera etapa de ese debate tendría que consistir en la depuración de la ganga lingüística. Habría que eliminar los eufemismos y recuperar el lenguaje directo, que llama a las cosas por su nombre y no utiliza las palabras para enmarañar la realidad y manipular a los oyentes.

    Manipulación del lenguaje
    Veamos algunos ejemplos típicos. Como “aborto” es un término con connotaciones negativas, se hablará de “interrupción voluntaria del embarazo”. La eliminación de los embriones “sobrantes”, tan frecuentes en la fecundación in vitro, se denomina “reducción embrionaria”. Originada en Estados Unidos y difundida desde ahí al resto del mundo, la expresión pro choice ha pasado a caracterizar a los partidarios del aborto. Se aprovecha de la connotación positiva que asociamos al concepto de libertad, de elección. El que defiende la vida y, por tanto, se opone al aborto aparece como alguien enemigo de la libertad, coactivo. En 2009, cuando se discutía la reforma de la ley de 1985, la ministra Aído calificaba a los grupos antiabortistas, provida, como “grupos antielección”. Para apreciar las ventajas de este uso terminológico no hay más que pensar en el papel central de la libertad en el imaginario moderno.

    Está claro que la fusión de las células sexuales da origen a una nueva vida: la genética y la embriología nos han enseñado mucho al respecto en los últimos años. Si queremos manipular o eliminar el embrión en los primeros días de vida, habrá que redefinir la concepción: ya no se identifica con la fecundación del ovocito por el espermatozoide, que se considera completada el día catorce después de la fecundación. La entidad presente antes de esa fecha ya no es un embrión, sino un “preembrión”, disponible y sin derechos. Podemos eliminarlo sin escrúpulos o utilizarlo al servicio de la investigación. El término “preembrión” ha tenido una vigencia fugaz en el ámbito científico −aunque los científicos son personas como las demás, con sus pasiones y debilidades, los usos propios del gremio dificultan el triunfo de la manipulación ideológica−, pero se sigue esgrimiendo en la discusión pública: persiste en nuestra Ley 14/2007 de Investigación Biomédica.

    En salud pública se ha generalizado en los últimos años el uso del término “salud reproductiva”. Se emplea profusamente en documentos de la ONU, de la OMS y de Gobiernos de todo tipo. De entrada, su significado parece de lo más positivo, pero esa aparente bondad resulta engañosa: generalmente se trata de una rúbrica que en el texto o en el articulado esconde la promoción del aborto (eso sí, seguro).

    Perplejidad aristotélica
    Aristóteles afirmó que quien sostiene que es lícito matar a la propia madre no merece argumentos, sino azotes. ¿Qué decir cuando se propugna la muerte del propio hijo en circunstancias de máxima indefensión? Estamos ante una acción tan descomunal, que continuar la discusión como si no pasara nada exige un ímprobo esfuerzo de contención. Así se explica la turbación que afecta a los defensores de la vida cuando tienen que responder cara a cara a los argumentos abortistas. Más que replicar al contrario dan ganas de salir corriendo abochornados.

    Las circunstancias no son las más idóneas para celebrar un debate con garantías, pero el mero hecho de poner el asunto sobre el tapete significa un avance notable respecto a la situación anterior. Tomar conciencia de que existe un problema y sentir el dolor que nos produce constituyen el primer paso para buscarle solución.

    Alejandro Navas

  2. La Biblia nunca menciona específicamente el problema del aborto. Sin embargo, hay numerosas enseñanzas en la Escritura que hacen totalmente claro la visión de Dios sobre el aborto. Jeremías 1:5 nos dice que Dios nos conoce antes de formarnos en el vientre materno. El Salmo 139:13-16 nos habla del papel activo de Dios en nuestra creación y formación en la matriz. Éxodo 21:22-25 prescribe el mismo castigo para alguien que cause la muerte de un bebé en el útero que para alguien que cometa un asesinato. Esto indica claramente que Dios considera a un bebé en la matriz del mismo modo que lo hace con un ser humano plenamente desarrollado como adulto. Para el cristiano, el aborto no es un asunto de elección de los derechos de la mujer. Es un asunto de la vida o la muerte de un ser humano hecho a la imagen de Dios. (Génesis 1:26-27; 9:6).

    El primer argumento que se levanta siempre contra la posición cristiana sobre el aborto es, “¿Qué sucede en los casos de violación y/o incesto?” Tan horrendo como sería el quedar embarazada como resultado de una violación y/o incesto, ¿es el hacer asesinar a un bebé la respuesta? Dos errores no hacen un acierto. El niño que llega a ser el resultado de violación y/o incesto puede ser dado en adopción a una amorosa familia que no haya podido tener hijos propios – o el niño puede ser criado por su madre. Nuevamente, el bebé no debe ser castigado por los actos malvados de su padre.

    El segundo argumento que usualmente se levanta contra la posición cristiana sobre el aborto es, “¿Y qué sucede cuando la vida de la madre está en riesgo?” Honestamente, esta es la pregunta más difícil de responder en el tema del aborto. Primero, recordemos que esta situación es la razón tras menos de una décima del uno por ciento de los abortos hechos en el mundo actual. Hay muchísimas más mujeres que tienen abortos porque no quieren “arruinar sus cuerpos” que mujeres que tienen un aborto para salvar sus propias vidas. Segundo, recordemos que Dios es un Dios de milagros. Él puede preservar la vida de una madre y su bebé, a pesar de que todos los pronósticos médicos estén en su contra. Aunque finalmente, esta pregunta solo puede ser decidida entre el esposo, la esposa y Dios. Cualquier pareja que enfrente esta extremadamente difícil situación deberá orar al Señor por sabiduría (Santiago 1:5) para saber lo que Él quiere que hagan.

    En el 99% de los abortos ejecutados en el mundo actual, la razón es “control natal retroactivo.” Una mujer y/o su pareja deciden que no quieren al bebe que han concebido. Así que deciden terminar la vida de su hijo, en vez de enfrentarse con la responsabilidad. Esta es una maldad extrema. Aún en el 1% de las situaciones más difíciles, el aborto nunca debe ser la primera opción. La vida de un ser humano en la matriz vale cualquier esfuerzo que le permita llegar al término de su proceso de nacimiento.

    Para aquellos responsables de un aborto – el pecado del aborto no es menos perdonable que cualquier otro pecado. A través de la fe en Jesucristo, cualquier y todos los pecados pueden ser perdonados (Juan 3:16; Romanos 8:1; Colosenses 1:14). Una mujer que ha tenido un aborto, o un hombre que ha animado al aborto, o aún un doctor que ha ejecutado uno – todos pueden ser perdonados por la fe en Cristo Jesús. (ac-prensa)

    Me he informado en diversos medios. Por eso he escogido los que me parecen mas adecuados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s