¿Quién es realmente Jesús de Nazaret? ¿Es Dios o es hombre?

303Seguimos con nuestra serie de preguntas sobre “cuestiones religiosas” de la vida cotidiana.

Una de las críticas más frecuentes que se hace a los cristianos es que la afirmación de que Jesucristo es el Hijo de Dios, y por tanto es Dios, no es novedosa. De hecho muchas religiones antiguas afirmaban que existían personajes que eran mitad hombre, mitad dios, dado que habían sido engendrados por el concurso de un dios y una mujer, o una diosa y un hombre. Es el caso, por ejemplo, de Hércules, hijo del dios Zeus y de Alcmena, o de Perseo, hijo también de Zeus y de Dánae, hija de Acrisio, rey de Argos. En este sentido, la fe de los cristianos no tendría nada de novedoso, ya que ha hecho de Jesús de Nazaret un ser mitad hombre, mitad dios, a semejanza de otras religiones.

Un ejemplo concreto de cuanto venimos diciendo lo constituye la comparación que se hace entre Jesucristo y los dioses de las religiones mistéricas. En estas religiones se tenía la creencia de que a través de un rito el iniciado se hacía partícipe del destino de un joven dios o diosa que muere y resurge en sincronía con la vegetación. En estos cultos latía el deseo de inmortalidad y de salvación, en una época en que las religiones de constante étnico-política[10] (sobre todo la religiosidad grecorromana) habían entrado en crisis. Efectivamente, el culto a las divinidades griegas, y su asunción por parte de la civilización romana, entró en crisis, entre otras cosas, porque no ofrecía ningún tipo de salvación a sus adeptos. En las religiones mistéricas, se creía que el iniciado se liberaba de la caducidad de este mundo y se hacía inmortal. Por eso los jóvenes dioses de estas religiones o cultos mistéricos eran considerados, impropiamente, salvadores. Digo impropiamente, porque no habían hecho nada para salvar a los hombres; el rito de iniciación al culto hacía a sus adeptos partícipes de su muerte-resurrección que ocurría, de manera cíclica, con el invierno y la primavera. Como puede verse, la salvación a la que se aspira está íntimamente ligada a los ciclos de la naturaleza como un vestigio de lo que en historia de las religiones suele denominarse religiosidad telúrica. Esta constante religiosa se caracteriza por el culto a la diosa madre Tierra, representada habitualmente por la serpiente y el toro (en ocasiones por el trigo o por determinados árboles), a quienes se les atribuye diversas virtualidades: fertilidad agraria, fecundidad humana, salud, subsistencia tras la muerte y hasta la adivinación. Con el tiempo se produjo un proceso de antropomorfización de estos animales, dando origen a divinidades, preferentemente masculinas, unidas a la diosa madre Tierra, por lazos de filiación, amor conyugal o de simples amantes[11].

Algunos estudiosos de las religiones del siglo XIX creyeron encontrar un paralelismo entre los dioses de estas religiones y Jesucristo, pero tal relación es superficial. A diferencia de los dioses de estas religiones, que no tienen un origen en el tiempo, y tienen un carácter mítico, Jesucristo es una persona de carne y hueso, un personaje histórico, como ya hemos demostrado.

Una comparación detenida entre los dioses de estas religiones y Jesucristo demuestra que Jesús no tiene nada que ver con los dioses paganos[12].

  • Los dioses de las religiones mistéricas mueren imprevistamente y contra su voluntad (es el caso de Adonis, Osiris, Perséfone, etc.); Jesucristo, en cambio, muere voluntariamente, aceptando su muerte como gesto supremo de amor obediente al Padre a favor de los hombres (Cfr. Mc 10,45; Jn 10, 17-18)
  • Las jóvenes deidades mistéricas no mueren para reparar a la divinidad o redimir a los hombres, ni se hacen acreedores con su muerte del título de salvadores. Si se les atribuye el título es por simpatía o sincronización mítica con el ritmo de la vegetación, que “muere” en invierno y “resucita” en verano[13]. Jesucristo, en cambio, muere para expiar nuestros pecados y reconciliarnos con Dios (Cfr. Rom 5,8; 1 Jn 4,10; Mc 10,45; etc.)
  • Los dioses mistéricos nacen de una relación carnal entre un dios o diosa y un ser humano (Aquiles, Eneas, etc.). No es el caso de Jesucristo, quien fue concebido por obra del Espíritu Santo, sin una relación sexual. En el evangelio según san Lucas se dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el va a nacer será santo y le llamarán hijo de Dios” (Lc 1, 35)
  • Los jóvenes dioses de las religiones mistéricas son una divinización o antropomorfización de las fuerzas de la naturaleza (de allí su muerte-resurrección ligada a los ciclos de las estaciones); Jesucristo nada tiene que ver con esta dependencia a lo telúrico. El lenguaje antropomórfico, presente en la Sagrada Escritura es un instrumento que sirve para hablar de realidades trascendentes.

Otra de las críticas que se han dirigido contra los cristianos es el haber mitificado la figura de Cristo, hasta el punto de convertirlo en un dios. A partir del siglo XVIII, algunos autores, influenciados por el racionalismo filosófico, afirmaron que la primera comunidad cristiana habría divinizado la persona de Jesús de Nazaret, convirtiéndolo en Hijo de Dios[14]. En la base de tal afirmación había un prejuicio filosófico propio del racionalismo: la tesis según la cual Dios no interviene en el mundo, ya que le ha dado unas leyes inmutables que rigen su comportamiento. Por tanto, es imposible que Dios asumiese la condición humana, hiciese milagros, pudiera morir o resucitar. A partir de este presupuesto, algunos propusieron liberar la figura de Jesús de toda consideración nacida de la fe y explicar racionalmente los distintos eventos de su vida, mientras que otros se dieron a la tarea de desmitificar toda afirmación de los evangelios que fuera considerada como expresión de la fe de la primera comunidad cristiana.

Estas posiciones obligaron a dar una respuesta convincente. Los estudiosos de la Biblia han demostrado fehacientemente que los primeros cristianos no mitificaron la persona de Jesús. La aplicación de la crítica histórica permitió concluir que los primeros cristianos no “crearon” la divinidad de Cristo, sino que la afirmaron a partir, sobre todo de su resurrección, manifestación de que el Padre acogió el don que el Hijo hizo de sí mismo en favor nuestro, y de que todo cuanto Jesús afirmó de sí mismo era cierto.

Los cristianos afirmamos que el Hijo de Dios se hizo hombre para rescatarnos de la esclavitud del pecado y reconciliarnos con Dios. Por tanto, creemos que Jesucristo es Dios y hombre perfecto. Con su encarnación ni ha dejado de ser Dios, ni ha perdido su condición humana. Hace muchos siglos, un concilio reunido en Calcedonia (451 d.C.) afirmó: “Siguiendo a los santos padres, hay que confesar a un solo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente y hombre verdaderamente”. A la pregunta del porqué de la encarnación, es decir, el porqué el Hijo de Dios se hizo hombre, respondemos: porque de esa manera en cuanto hombre y a favor de los hombres, el Hijo de Dios obedeció al Padre, reparando de esa manera el pecado de Adán, y el pecado que está detrás de todos los demás pecados que se cometen: la desobediencia. Es lo que afirma San Pablo: “Pues como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rom 5,19). Para entender esta afirmación hemos de tener en cuenta que según la revelación bíblica, el pecado de nuestros primeros padres (Adán y Eva), y en general todo pecado, lleva consigo un acto de soberbia y de desobediencia[15]. Cuando el hombre peca decide hacer su propia voluntad en detrimento de la voluntad divina. Es un verdadero y propio rechazo de Dios, un colocarse de algún modo en el lugar que sólo a Dios corresponde, con la finalidad de hacer la propia voluntad. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña a este respecto: “En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien” (n. 397). El pecado aleja al hombre de Dios y de los demás hombres. Pero hay más. El pecado de nuestros primeros padres (lo que tradicionalmente se conoce con el nombre de pecado original) ha tenido unas consecuencias inmensas, ya que a partir de entonces el hombre ha quedado inclinado al mal y herido en lo más profundo de su ser. En la carta a los Romanos, el apóstol san Pablo habla de la profunda división que experimenta el hombre herido por el pecado: “…no logro entender lo que hago; pues lo que quiero, no lo hago; y en cambio lo que detesto, eso hago… Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero…” (Rom 7, 15.19). Esta es la división que experimentamos todos los hombres.

El mal que existe en el mundo –las guerras, las injusticias de todo tipo, la mentira, las calumnias, la difamación, el robo, el adulterio, etc.– no es una realidad querida por Dios, sino fruto de la maldad humana. Si los hombres nos hubiéramos sujetado a la Ley de Dios, Ley que está grabada en nuestros corazones y que ha sido revelada en la historia, no existiría el mal.

Para rescatar al hombre de esta situación, Jesucristo hizo exactamente lo contrario de Adán. Quiso poner a Dios Padre en el centro de su vida, haciéndolo el objeto fundamental de su amor. La obediencia de la cual hemos hablado, actitud que caracteriza la vida de Cristo, es expresión de este amor. Con ese amor obediente Jesucristo ha reparado nuestra desobediencia y restaurado la humanidad. Si no se hubiera hecho hombre no habría podido amar y obedecer a Dios como merece ser amado y obedecido por los hombres. Pero su condición de Hijo de Dios hace que este amor, que es también amor del Hijo, tenga un valor infinito. En el amor y la obediencia de Jesucristo al Padre, la humanidad entera ama y obedece a Dios, y de este modo alcanza el fin para el cual fue creada, y en el cual consiste su dignidad. El acto supremo de amor y de obediencia de Jesucristo a Dios Padre es la cruz. Por fidelidad a la misión que el Padre le confió, Jesús experimentó el rechazo de los hombres, y, eventualmente, la muerte. Pero Jesús convirtió su muerte en el acto supremo de amor, un amor ofrecido, dado a Dios en lugar y a favor nuestro.

El don que Jesucristo hizo de sí mismo, don del cual nos hace partícipes gracias a la encarnación, ha sido aceptado por Dios Padre en la resurrección. Si Dios parecía haber callado en la hora de la cruz, y parecía haber dado la razón a cuantos desafiaban a Jesús –“Ha puesto su confianza en Dios; pues que le salve ahora, si es que de verdad le quiere. De hecho dijo: soy hijo de Dios” (Mt 27,43)– ahora demostraba que aceptaba el sacrificio de su Hijo. La suya no había sido una muerte violenta más, una realidad privada de sentido, sino un don, acogido por Dios, que trae consigo salvación y vida. La resurrección de Cristo es, con palabras de Benedicto XVI: “…una especie de salto cualitativo radical en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser del hombre… Más aún, la materia misma es transformada en un nuevo género de realidad. El hombre Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la esfera de lo divino y eterno… Aunque el hombre, por su naturaleza, es creado para la inmortalidad, sólo ahora su alma inmortal encuentra su espacio, esa corporeidad en la que la inmortalidad adquiere sentido en cuanto comunión con Dios y con la entera humanidad reconciliada[16]. Con su resurrección, Jesucristo ha hecho partícipe a la humanidad no sólo de su victoria ante el pecado y la muerte, sino que además la ha introducido en el ámbito de la plena comunión con Dios. Esta es la salvación que se nos ofrece en Cristo.

El modo como los hombres podemos hacernos partícipes de la salvación que se nos ofrece es mediante la fe y los sacramentos. Por la fe aceptamos a Cristo y su obra salvadora, y por los sacramentos esta obra se hace presente y eficaz.

Autor: Rafael Troconis.

 ——————————

[10] Se llaman étnico políticas (también gentilicias, cívicas o nacionales) porque sus miembros estaban vinculados a un grupo étnico (descendientes de los mismos progenitores), político (un mismo pueblo o nación) y religioso (una misma comunidad cultual). Las principales religiones étnico-políticas de la antigüedad fueron las de: Grecia, Roma, Egipto, Mesopotamia (Sumeria, Acadia, Babilonia), Canaán, Japón (Sintoísmo) y en América, las de los mayas y los incas, entre otros. Cfr. Guerra Gómez, Manuel. Historia de las religiones. BAC (Madrid, 1999), pp. 119-130.

[11] Ibid., pp. 93-106.

[12] Ibid., pp. 335-340.

[13] Sólo de modo aparente. En invierno la vegetación no muere como tampoco resucita en verano. Esta es sólo una forma figurada de hablar para describir el fenómeno de la adaptación de la vegetación a los ciclos de las estaciones.

[14] Es el caso de H.S. Reimarus (1694-1768), D.F. Strauss (1808-1874) y, finalmente, de R. Bultmann (1884-1976).

[15] En el relato del libro del Génesis, Adán desobedece la prohibición de Dios de comer de los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo hace instigado por el diablo, que le ha dicho que cuando coma será como Dios (Gen 3,5). Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, “El árbol del conocimiento del bien y del mal evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad” (n. 396).

[16] Joseph Ratzinger – Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Planeta-Encuentro (Madrid, 2011), p. 318.

Un comentario sobre “¿Quién es realmente Jesús de Nazaret? ¿Es Dios o es hombre?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s