La prisa y la indisposición interior

tunel y metroDurante años había preparado las piezas que hicieron vibrar los muros del más famoso auditorio de la gran ciudad de Nueva York. Los aplausos se prolongaron durante larguísimos minutos. El intérprete reconocía agradecido el clamor del público mediante reverencias llenas de ceremonia. Aún se vio obligado a hacer sonar dos piezas todavía más bellas. Por cortesía. Porque podía.
No sé a qué mente estrambótica se le pudo ocurrir la siguiente triquiñuela. Sin duda que fue una idea genial de imprevisibles consecuencias.
Decidieron vestir con andrajos al afamado virtuoso y ponerlo a la salida de una populosa estación de metro. Como si de un vagabundo se tratase. Debía tocar exactamente los mismos temas del memorable concierto, con idéntica pasión e intensidad. Como en el mismo cielo.
La audición gratuita duró cerca de una hora. ¿Adivinas cuál fue el resultado? Tan solo tres personas se pararon a escucharle, y ninguna más de un minuto. No llegó a sacar ni siquiera 10 dólares. El mismo que había quebrado los muros del teatro, conmovidos por la hermosura de su sonido, no fue capaz de captar la atención de casi ninguno de los viandantes.

Ya decía Chesterton que la mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta. ¿Cuáles fueron las causas de tan grande indiferencia (o de tanta mediocridad)? Podemos acusar al menos dos.

  • Por un lado, la prisa de los oyentes. La calle no parece ser el lugar adecuado para encontrar a un virtuoso del violín. Los peatones andan acelerados, movidos por la urgencia de llegar a tiempo a sus citas. Con el ritmo de vida actual, difícilmente se repara en lo que requiere tiempo, salvo que uno se lo proponga. Tal es la fuerza de lo pragmático; de lo que hay que hacer. Ya. Sin dilación. Al momento. Y entonces, ¿quién puede detenerse a nada distinto, aunque sea muy superior y mucho más bonito?
  • La segunda razón de que ignoraran al artista tiene que ver con la anterior. No escucharon porque faltaba disposición interior. La preparación para ir al auditorio comienza con la compra de la entrada; un acto a menudo muy doloroso para el bolsillo. Después, el modo de vestirse y la compostura del lugar. La misma calidad de los materiales de la sala de conciertos busca el objetivo de la mejor escucha, y las almas se preparan a conciencia para ese acontecimiento.

Del mismo modo, las prisas y la falta de disposición interior –entre otras cosas– imposibilitan el trato veraz y pacificador con Jesucristo. Cuando el alma está agitada por tantas cosas, urgentísimas todas, solo encuentra a Dios en el cansancio. Mientras se vea atosigada, clamará al cielo pidiendo clemencia. Es una intensa experiencia de Dios, porque siempre escucha. Pero también excepcional y algo dramática.
¿No podremos serenarnos para encontrarle en remansos más tranquilos? ¿No podremos disponernos interiormente para hacer un íntimo pacto de paz y hallar en Cristo el puerto seguro de nuestras inquietudes?

Fuente: Fulgencio Espa, en “Enero con Él”

2 comentarios sobre “La prisa y la indisposición interior

  1. ¡Hoy en día tenemos tantos problemas y asuntos que resolver!
    El valor de la serenidad nos hace mantener un estado de ánimo apacible y sosegado aún en las circunstancias más adversas, esto es, sin exaltarse o deprimirse, encontrando soluciones a través de una reflexión detenida y cuidadosa, sin engrandecer o minimizar los problemas.
    Cuando las dificultades nos aquejan fácilmente podemos caer en la desesperación, sentirnos tristes, irritables, desganados y muchas veces en un callejón sin salida.
    La serenidad no se da con el simple deseo, si así fuera, no tendríamos tiempo de sentirnos intranquilos o desesperados. Revisemos cuatro ideas básicas para generar serenidad en nuestro interior:
    – Evitar “encerrarse” en sí mismo: Encontramos mejores soluciones cuando buscamos el apoyo y el consejo de aquellas personas que gozan de nuestra confianza , porque sabemos de antemano que su opinión estará siempre de acuerdo a la razón, la verdad y la justicia.
    – Concentrarse en una labor o actividad: Parece contradictorio pensar en mantener la atención rodeados de tanta tensión y preocupación, pero es posible salir de ese estado encaminando nuestros esfuerzos a realizar nuestras labores con la mayor perfección posible. Lo que necesitamos es liberar nuestra mente, salir del círculo vicioso y estar en condiciones de analizar las cosas con calma. No existe mejor distracción que el propio trabajo y la actividad productiva.
    – Gozar de la alegría ajena: Normalmente las personas que nos rodean se percatan de nuestro estado de ánimo. ¿Por qué volvernos chocantes y agresivos? Nadie tiene la culpa y los otros no son indolentes a nuestro sentir, simplemente intentan hacernos pasar un momento agradable, no debemos alejarnos, ni rechazar estas pequeñas luces que iluminan nuestro día.
    – Cuidarnos físicamente: Parece elemental y obvia esta observación, pero hay personas que se sienten afectadas de tal modo que dejan de comer y dormir por sus preocupaciones. Todos sabemos que las personas se vuelven más irritables ante la falta de alimento y descanso, por lo tanto, este descuido merma nuestra capacidad de análisis y decisión.

    Seguramente todos hemos tenido la experiencia de “distraernos del problema” sin darnos cuenta; cuando volvemos a ser conscientes del mismo, nos sentimos liberados de la ansiedad y el pesimismo, es entonces cuando podemos pensar y decidir.
    La serenidad hace a la persona más dueña de sus emociones, adquiriendo fortaleza no sólo para dominarse, sino para soportar y afrontar la adversidad sin afectar el trato y las relaciones con sus semejantes.
    ME LO DICE MI EXPERIENCIA.

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