En la novena de la Inmaculada

Me pregunta un amigo protestante, puesto que solo hay un mediador: Jesucristo, por qué la insistencia católica de buscar la medición de la Virgen y de los Santos. Aprovechando que estamos en la Novena de la Inmaculada le recuerdo que cuando María da la indicación de obedecer a Jesús: “Haced lo que él os diga.” (Jn 2, 5), ella estaba precisamente intercediendo con Jesús en nombre de una pareja de recién casados que se habían quedado sin vino en la fiesta de su boda ¡Estaba, pues, actuando como mediadora, comunicando a Jesús sus necesidades! Y, aunque en un primer momento, Jesús se resiste a su petición, ella utilizando su encanto maternal logra superar su resistencia hasta el punto de realizar su primer milagro: ¡la conversión del agua en litros y litros  del mejor vino!

La práctica católica de pedir la intercesión de los santos se atestigua no sólo en la Escritura, sino también por el sentido común y la larga práctica de la fe:

3 comentarios sobre “En la novena de la Inmaculada

  1. SOLIDARIDAD, NO COMPLICIDAD: Todo parece indicar
    que en el mundo es más fácil la complicidad que la solidaridad.
    Ya los primeros padres, Adán y Eva, fueron cómplices y
    no supieron ser solidarios. Sin embargo. Dios nos ha elegido
    para una misma esperanza y nos ha bendecido a todos
    en el fruto bendito de una mujer que supo decir Sí a
    su Palabra.
    Se anuncia para nosotros el evangelio: Que esta
    anunciación nos halle a nosotros en nuestro lugar, en el
    lugar de nuestra responsabilidad, y que sepamos responder
    como María con un “hágase en mí según tu palabra”.
    Que la palabra de Dios se haga carne y sangre en nuestras
    vidas y que nosotros alumbremos a Cristo en medio
    de este mundo. Porque Cristo es el principio de la solidaridad
    más profunda.

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  2. Recientemente estaba en la capilla del Club Pinar, que el Padre Rafael conoce tan bien. Estaba en mis oraciones cuando entraron dos chicos jóvenes. Empezaron a orar entre susurros, pero en un tono que perturbaba mi concentración y suficientemente alto como para entenderles. Sinceramente, al principio me molestaba, pero en unos segundos pensé que lo que debía hacer era unirme a sus oraciones, y seguro que tres podrían más que dos. Lo cierto es que fue una gran experiencia, pues uno de los chicos llevaba la voz cantante e iba indicándole al otro, entre oración y oración, lo importante que era María; cómo ella había puesto toda su vida en manos de Dios, con una humildad absoluta, y cómo había entregado todo su amor a su hijo Jesús. También comentaba cómo María era capaz de obtener de su hijo toda la ayuda necesaria, pero sin forzarle. Recordaba las bodas de Canaá, en las que solicita humildemente a Jesús que eche una mano a los recién casados; pero sin decirle en qué modo. Simplemente permite que Jesús, Hijo de Dios, ante el ruego de su madre, tome la decisión más apropiada ante el problema. Y es así como nosotros debemos solicitar su ayuda para que muestre, ante su Hijo, nuestras necesidades. ¡Qué no hará Jesús por su Madre! Todo lo que Ella le pida, lo tendrá en consideración. pero como bien insistía el joven a su amigo, eso no significa que se conceda lo que deseamos, sino que, a través de su intercesión, Jesucristo tendrá en cuenta nuestros problemas, pero será Él y sólo Él quien decida cuál será la solución a tomar, cuál será la mejor opción para nosotros. Por ello, hemos de abandonarnos en sus manos, con el firme convencimiento de que lo que suceda habrá sido lo mejor. María Inmaculada, Virgen y Madre de Dios, nos enseña cómo depositar en su Hijo todas nuestras inquietudes, anhelos e ilusiones. Luego Él decidirá qué es lo que más nos conviene.
    Estoy muy agradecido a esos jóvenes por su enseñanza y oración, que se produjeron, además, delante de una muy hermosa y cálida imagen de Nuestra Señora.
    Creo que los Católicos somos mucho más afortunados que los protestantes. Poseemos un gran tesoro que está formado por Santa María Virgen, San José y el resto de los Santos, que nos ayudan a estar mucho más cerca de Dios. ¿O es que no son importantes para el buen gobierno los buenos embajadores?

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