¿Cuál escogerías?

lujoHoy os propongo este dilema (también aquí): si te dieran a elegir entre: 1) vivir la vida entera unido a Cristo, y después salvarte, o 2) vivir la vida entera sin Él, y, conociéndole al final de tus días, salvarte igualmente ¿Qué elegirías?

Si has escogido la segunda opción siento decirte que me parece que tienes una idea de la fe como algo molesto, fastidioso; algo que tienes que aceptar a cambio de un bien futuro; un renunciar a la “felicidad” de aquí, a cambio de la “felicidad eterna” del cielo. 

Sin embargo, conozco a uno que ha escogido la primera opción y dice que no se cambiaría por nada del mundo; el sabe que podría tener, si quisiera, mucho más de lo que tiene en cuanto a bienes materiales y consuelos sensibles; y -me dice- que en ocasiones se le presenta toda una vida distinta, llena de satisfacciones terrenas, y siente que lo tiene al alcance de su mano. Y, entonces, más que decir que no a todo eso, se dedica a decir que sí mil veces mientras mira el Crucifijo; y muchas veces el sí que pronuncia es un grito bañado en lágrimas; un sí que Alguien ha puesto en sus labios, y que es el regalo más grande que jamás ha recibido: sentir el cariño del Señor y de su Madre ya aquí en la tierra.

Para terminar, quizás pueda servir esto que leí hace poco:

Un poderoso rey viajaba por el desierto seguido de una larga comitiva que trasportaba su tesoro favorito de oro y piedras preciosas. En el camino, uno de los camellos agotado por el ardiente reverbero de la arena, se desplomó extenuado y el cofre que trasportaba rodó por la falda de la duna, esparciendo todo su contenido de perlas y piedras preciosas, entre la arena. El rey que no quería aflojar la marcha, invitó a sus pajes y escuderos a recoger las piedras preciosas que pudieran, para quedarse con ellas. Pero él no se detuvo y continúo su viaje por el desierto. Al poco, advirtió que alguien más le alcanzaba. Se volvió y vio que era uno de los pajes que, sudoroso y jadeante, le seguía. El rey le preguntó:

– ¿Y tú?, ¿no te has parado a recoger nada?

El joven le respondió con dignidad y orgullo:

– No. Yo sigo a mi Rey.

Un comentario sobre “¿Cuál escogerías?

  1. Gracias D. Rafael. Ya tengo el tema muy centrado, después de pasar la noche trabajando. Solo me queda hablar con los interesados que ellos dirán el día y la hora. Creo que gracias a Dios y sus oraciones todo va a salir bien. No he renunciado a esfuerzos y la mente la he tenido bastante clara a partir de un determinado momento y luego ha salido todo de una manera ágil. Estoy un poco cansadilla, pero ahora voy a descansar un rato, quiero ponerme en forma de manera inmediata.

    No quiero dejar de responder a su “entrada”.
    Pienso que Elegir a Cristo no asegura el éxito según los criterios del mundo, sino que asegura esa paz y esa felicidad que sólo Él dona.
    Como hijo de Dios , Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo de su realeza, que consiste en la victoria de la voluntad del amor de Dios Padre sobre la desobediencia del pecado. Elegir a Cristo no asegura el éxito según los criterios del mundo, sino que asegura esa paz y esa felicidad que sólo Él dona. En el centro del recorrido de esta revelación está el misterio de la muerte y la resurrección.
    Es precisamente ofreciéndose Él mismo como sacrificio de expiación, que Jesús se transforma en Rey universal, como declarará apareciendo ante los Apóstoles tras la resurrección: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra’ (Mt 28,18)”.
    La pregunta es ¿en qué consiste el ‘poder’ de Jesucristo Rey?, y la respuesta: No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo, sino que es el poder divino que da la vida eterna, que libera del mal, que derrota el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que hace prevalecer el bien sobre el mal, que ablanda a un corazón endurecido, que lleva la paz en el conflicto más amargo, que enciende la esperanza en la oscuridad más densa.
    El seguir o escoger a Cristo no se impone nunca, y respeta siempre nuestra libertad, Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, sino que asegura esa paz y esa felicidad que sólo Él puede dar.
    Precisamente esto es lo que han demostrado a lo largo de los siglos tantos hombres y mujeres que en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenales a través de sus diferentes máscaras, hasta sellar con el martirio su fidelidad, y con sus obras su santidad.

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