La muerte y Dios

soldier-wriring-in-a-trenchEl prefacio de la misa de hoy dice: “Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la esperanza de la inmortalidad futura”. En este sentido hay un testimonio conmovedor que también se enmarca en Rusia. En 1972, en una revista clandestina se publicó una oración encontrada en el bolsillo de la chaqueta del soldado Aleksander Zacepa, compuesta poco antes de la batalla en la que perdió la vida en la segunda guerra mundial. Dice así:

        ¡Escucha, oh Dios! En mi vida no he hablado ni una sola vez contigo, pero hoy me vienen ganas de hacer fiesta. Desde pequeño me han dicho siempre que Tú no existes… Y yo, como un idiota, lo he creído.

        Nunca he contemplado tus obras, pero esta noche he visto desde el cráter de una granada el cielo lleno de estrellas y he quedado fascinado por su resplandor. En ese instante he comprendido qué terrible es el engaño… No sé, oh dios, si me darás tu mano, pero te digo que Tú me entiendes…

        ¿No es algo raro que en medio de un espantoso infierno se me haya aparecido la luz y te haya descubierto?
No tengo nada más que decirte. Me siento feliz, pues te he conocido. A medianoche tenemos que atacar, pero no tengo miedo, Tú nos ves.
¡Han dado la señal! Me tengo que ir. ¡Qué bien se estaba contigo! Quiero decirte, y Tú lo sabes, que la batalla será dura: quizá esta noche vaya a tocar a tu puerta. Y si bien hasta ahora no he sido tu amigo, cuando vaya, ¿me dejarás entrar?

        Pero, ¿qué me pasa? ¿Lloro? Dios mío, mira lo que me ha pasado. Sólo ahora he comenzado a ver con claridad… Dios mío, me voy… Será difícil regresar. Qué raro, ahora la muerte no me da miedo”.

Un comentario sobre “La muerte y Dios

  1. Para el cristiano tiene nuevo sentido la muerte corporal. No es sólo un destino inevitable, al que uno se resigna, un decreto divino que se acepta, una condena en que se ha incurrido a consecuencia del pecado. El cristiano «muere para el Señor» como había vivido para él Rom 14,7s Flp 1,20. Y si muere como mártir de Cristo, derramando su sangre en testimonio, su muerte es una libación que tiene valor de sacrificio a los ojos de Dios Flp 2,17 1Tim 4,6. Esta muerte, por la que «glorifica a Dios» Jn 21,19, le vale la corona de vida Ap 2,10 12,11. De angustiosa necesidad que era, ha venido, pues, a ser objeto de bienaventuranza: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. ¡Descansen ya de sus fatigas!» Ap 14,13. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis!La esperanza de inmortalidad y de resurrección que comenzaba a clarear en el AT ha hallado ahora en Cristo su base firme. Porque no sólo la unión a su muerte nos hace vivir actualmente con una vida nueva, sino que nos da la seguridad de que «el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales» Rom 8,11. Entonces por la resurrección entraremos en un mundo nuevo, donde «no habrá ya muerte» Ap 21,4; o, más bien, para los elegidos resucitados con Cristo no habrá ya «muerte segunda» Ap 20,6 2,11: ésta será reservada a los réprobos, al diablo, a la muerte, al Hades Ap 21,8 20,10.14.
    Por eso para el cristiano morir es en definitiva una ganancia, puesto que Cristo es su vida Flp 1,21. Su condición presente, que le clava en su cuerpo mortal, es para él agobiante: preferiría dejarla para ir a morar junto al Señor 2Cor 5,8; tiene prisa por revestirse del vestido de gloria de los resucitados, para que lo que hay en él de mortal sea absorbido por la vida 2Cor 5,1-4 1Cor 15,51-53. Desea partir para estar con Cristo Flp 1,23.
    Fuente: La Biblia

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