Dies natalis

forestfloorDice san Juan en su Evangelio que en esta vida “somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos”. Somos, pues, como el niño que en el seno de la madre espera con gozo el momento de su nacimiento.

No en vano se dice que los santos han «nacido» («día del nacimiento», dies natalis) el día de su muerte (ese suele ser el día en el que se les celebra). Y es que, en los santos, el amor ha vencido a la muerte:

«Si tengo una certeza indestructible, esta es la de que un mundo abandonado por el amor debe hundirse en la muerte, pero que allí donde el amor perdura, donde triunfa sobre todo lo que querría envilecerlo, la muerte ha sido definitivamente vencida» (Gabriel Marcel).

El pasaje del Evangelio en la solemnidad de Todos los Santos es el de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados». Efectivamente, los santos son aquellos que han tenido hambre y sed de justicia, esto es, en lenguaje bíblico, de santidad. No se han resignado a la mediocridad. Decía Pilar Urbano que

“un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí… un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza… un hombre que todo lo toma de Dios: un ladrón que le roba a Dios hasta el Amor con que poder amarle… El quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el ‘yo hago’, como el ‘hágase en mí’… El santo ni ama, ni cree, ni espera a solas: él siempre cuenta con el Otro. Por eso el santo confía… uno de esos que se fía de Dios. Pero hay que decir que, antes, Dios se ha fiado de él”. Y la meta es inabarcable, siempre en construcción: “¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar: cada día descubre nuevas metas, porque ni sabe ni quiere poner límites al Amor de Dios”. Y no le falta razón

2 comentarios en “Dies natalis

  1. El ejemplo de los santos despierta en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices de vivir junto a Dios, en su Luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir en la cercanía de Dios, vivir en su familia, y esta es la vocación de todos nosotros.
    Pero, ¿cómo podemos convertirnos en santos?. A esta pregunta se puede responder, ante todo, con un enunciado negativo: para ser santos no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario ante todo escuchar a Jesús y después seguirle, sin desalentarse ante las dificultades.

    La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, si bien sigue caminos diferentes, siempre pasa por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo.

    El ejemplo de los santos es para nosotros un aliento a seguir los mismos pasos y a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, pues la única causa de tristeza y de infelicidad para el hombre se debe al hecho de vivir lejos de Él, es decir, en pecado.

    El camino que conduce a la santidad es presentado por el camino de las Bienaventuranzas. En la medida en que acogemos la propuesta y le seguimos –cada uno en sus circunstancias– también nosotros podemos participar en la bienaventuranza. Con Él lo imposible se hace posible.

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