No dormirse en los laureles

Es peligroso dormirse en los laureles. Ha pasado con algunos deportistas: batieron marcas mundiales en atletismo o en natación, pensaban que ganarían siempre pero no fue así. Sin entrenamiento, no se ganan las competiciones.

Aquel hombre que estaba aprendiendo a volar y en la última clase el profesor le apagó el motor y le dijo. Aterrice. El con gran dificultad logró aterrizar. Años después cuando contaba la situación decía: yo no salvé mida en aquel momento delicado, la salvé en los entrenamientos previos que realicé. Ahí fue donde me salvé.

Pablo lo aconsejaba con vehemencia a los romanos: «ya es hora de despertaros del sueño» (Rm 13, 11). Es necesario estar despiertos para la lucha, activos para el combate, tener la guardia siempre activa….

NP y el cartel “Duerme” en el desayuno.

Nos dormimos cuando pensamos que algo no es importante. Consideramos que ya no es necesario tener los mismos detalles con nuestra esposa o con nuestra novia porque, total, ya son muchos años… o dejas de arreglarte para tu esposo porque –lo tienes comprobado– ya no se fija en casi nada; solo en el sillón cuando llega cansado de trabajar. Bajando la guardia florece el desamor, no solo en la vida matrimonial o de familia, sino también en la vida cristiana: dejas de levantarte en punto porque luego, con un poquito de acelero, llegas casi a tiempo; recortas ordinariamente tu oración unos minutos porque, total, no me apetece tanto y lo importante es que he estado ya un rato junto a Dios; tu mesa de trabajo es un desorden absoluto y del armario mejor no hablar pero, total, son mi mesa y mi armario

Procura, insisto, estar vigilante para que no se enfríe tu amor, y toma medidas ya mismo con respecto a cada una de esas cosas pequeñas. Tu entrega en eso será la hojarasca que hará brillar con nueva luz la hoguera de tu amor.

Recuerda lo que decíamos ayer acerca de poner a prueba nuestro amor.

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras“… Es fácil amar de palabra; es fácil enamorarse “de boquilla”… Dar la vida es muy, muy difícil. Por eso, las palabras de Juan: “Y el Verbo se hizo carne“… podríamos expresarlas también: “Y La Palabra se hizo obra; se hizo Verdad“. La Encarnación supone que, en la carne (de un Niño), la carta de Amor de Dios, su Palabra enamorada, se hizo Verdad palpable. Cuando Dios dice “te quiero”, no escribe una carta y luego se queda en casa; cuando Dios dice “te quiero”, su “te quiero” toma carne y se entrega por nosotros (esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… mi sangre que se derrama por vosotros…). Jesús, el Hijo, es el “te quiero” de Dios hecho obra y Verdad.

Y la Encarnación supone que, como natural respuesta, el “te quiero” que decimos a Dios debe poder tocarse y palparse… ¿Cómo? En nuestro cuidado del porte externo, en el orden en nuestras cosas, en nuestra mirada, en nuestra sonrisa, en nuestro buen humor, en nuestros detalles de cariño, en la entrega de mil menudencias que expresen ese “te quiero” que decimos al Señor… Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior. (Camino 173)

Un ejemplo. La película el Violinista en el tejado, tiene una escena en la que el protagonista está perplejo viendo lo enamorada que está su hija de un joven ruso comunista que a él no le acaba de agradar, pero los ve tan enamorados… Y entonces le surge la duda de si su mujer ha estado tan enamorada de él alguna vez, y ni corto ni perezoso se lo pregunta al llega a casa: “Oye ¿tú me has querido?” Ella se le queda mirando y le empieza a decir, que le ha dado cinco hijos, le ha sido fiel durante casi 30 años, le ha lavado la ropa, le ha dado de comer, le ha cuidado cuando estaba enfermo, le ha aguantado todos sus enfados y manías… y sigue hasta que se le queda mirando y le pregunta a él: dime, si esto no es querer ¿qué es querer?… Efectivamente el amor esta lleno de esas menudencias continuas que son la prueba fehaciente de la verdad de nuestra vida

2 comentarios sobre “No dormirse en los laureles

  1. Utilizamos la expresión “dormirse en los laureles” para hacer referencia a alguien que se ha relajado, descuidado, ha dejado de hacer algo que debería hacer o lo está haciendo pero con desgana y poca eficiencia.Cada uno de nosotros ha pasado alguna vez por cañadas oscuras: dolor profundo, angustias, preocupaciones, tristezas…, en resumen: falta de AMOR por alguien o por algo. Sin embargo, también es verdad que siempre ha estado cerca de nosotros Jesucristo, el Buen Pastor, ilustrado de modo excepcional en el salmo 23.
    Por Amor, tenemos que continuar, no descuidarnos en excusas que no son mas que falta de generosidad.

    El Espíritu nos da un placer y una paz que se expresa en forma de alegría gozosa, por encima de todas las posibles dificultades que la vida del hombre encuentra en su camino. La alegría-paz viene del amor (Gal 5, 22), pues todo empieza y acaba siendo pacífico y gozoso/alegre en el amor. Por amor las cosas y personas tienen un sentido: ha merecido la pena la vida. Por eso, el creyente es ante todo un ser alegre, alguien que sabe disfrutar y disfruta, en placer profundo, amando a los demás.

    Donde hay AMOR abunda la paz gozosa y generosa; vida abierta en confianza a los demás, vida compartida.

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