Los aventureros de las almas

Laocoon_Pio-Clementino_Inv1059-1064-1067Timeo daneos et dona ferentes: temo a los griegos aún cuando hacen regalos. La frase es del sacerdote de Troya, Laocoonte, que al ver fuera el caballo gigantesco que habían dejado los daneos (griegos) a la puerta de las murallas de la ciudad, a modo de regalo tras retirar, aparentemente, sus tropas tras nueve años de luchas, les advierte: Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes. («¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los dánaos incluso si traen regalos»).. Y no le faltaba razón al pobre Laocoonte, pues aquel caballo era ciertamente un regalo envenenado, pues guardaba en sus entrañas a los mejores guerreros griegos, que esperaban escondidos en el vientre del caballo para ser introducidos a la ciudad, como así sucedió. Lo demás fue fácil. Una vez dentro de Troya, atacaron sus puntos neurálgicos por sorpresa y abrieron a los griegos -que aguardaban emboscados-, las puertas de la de la ciudad. Troya que se les resistió durante 9 años de guerras, en una sola noche se les entregó sin resistencia, y todo por un “regalo”.

Así actúa el demonio también con nosotros cuando, como los astutos griegos, finge darnos regalos y ventajas a cambio de los verdaderos tesoros que se guardan en el alma:

El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer -que nada vale-, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. (Camino 708).

Además, después de habernos vencido, el demonio se ríe a carcajada limpia de nuestra necedad, y nos deja con ese regusto de amargura en el corazón, o con un dolor en el corazón al comprobar el sufrimiento que habíamos causado con nuestros actos a los demás y a nuestro Dios.

Cuenta una antigua leyenda árabe que un sultán al entrar vencedor en una ciudad recién conquistada se iba fijando en las doncellas más bellas para llevarlas a su harén. Sin embargo, la más bella de todas, Irene, se negó a ir con él por, ya que al ser cristiana no podía acertar aquello. Esto enojó tanto al sultán que la hizo encerrar en unas húmedas y oscuras mazmorras bajo su palacio, esperando que cediera a su propuesta en algún momento. Ella se mantuvo firme y segura al principio. Sin embargo, el frio primero y la enfermedad después empezó a debilitar su voluntad y su fe. Entonces el sultán, que parecía muy enamorado de ella, le propuso ser la reina y primera de todas sus mujeres si renegaba de su fe… y ella, agotada por la situación, accedió a lo que le pedía para ser la reina del harén del sultán.

A los pocos días estaba preparada la magna ceremonia en la que Irene sería hecha reina ante de toda la corte y el pueblo. Todos estaban expectantes. Cuando Irene se presento radiante de belleza todos se inclinaron. Ella iba avanzando lentamente hacia el trono donde le esperaba el sultán. Cuando estuvo a su altura, rápidamente y sin mediar palabra, el sultán sacó su espada y, delante de todos, de un golpe le cortó la cabeza a la bella Irene… Entonces el sultán dijo a todos, he actuado así para que sepáis quien soy yo: esta mujer fue capaz de vender sus creencias por ser reina, a mí sería capaz de cambiarme por un caballo. Así que ya sabéis lo que espera a los traidores… Y tras decir esto, el sultán se alejaba riendo a carcajadas por los pasillos del palacio pensando en la estupidez de Irene…

Eso mismo es lo que hace el demonio cuando perdemos lo más valioso por la apariencia de poder o de gloria o de placer que nos promete, todavía suenan las carcajadas en el infierno de las últimas veces que nos engañó… El enemigo de nuestra alma no quiere nuestro bien, convenzámonos de ello. Seamos fieles y venceremos

No te turbes si al considerar las maravillas del mundo sobrenatural sientes la otra voz -íntima, insinuante- del hombre viejo.   Es “el cuerpo de muerte”, que clama por sus fueros perdidos… Te basta la gracia: se fiel y vencerás. (Camino 707)

Además, tenemos el ejemplo de mucha gente que ha sido fiel a Dios a pesar de las dificultades y han vencido.

Hace poco escuché la anécdota sobre unos obispos encarcelados en algún país del Este, en la época en la que se perseguía cruelmente a la iglesia en aquellos países. Al parecer en algún momento, les propusieron renegar de su fe, y a cambio les ofrecieron dinero, cargos de influencia y mujeres, lo que quisieran -les decían-, pero debían de firmar un documento abjurando de su fe. Ya veis que el demonio siempre usa la misma táctica, no tiene otra cosa que ofrecer. Sin embargo, ellos se negaron en rotundo. Entonces uno de los guardianes enfurecido por su respuesta, cogió a uno de ellos, lo dejó medio desnudo y empezó a golpearlo con tal furia que le rompió la columna dejándolo paralítico. Y antes de irse, les amenazó de nuevo diciendo que si no firmaban les iba a pasar los mismo que a ese, a todos ellos. Aquellos obispos fueron fieles y nunca firmaron…

Por eso, tu y yo, aunque no estaremos probablemente nunca en estas situaciones tan extremas, pero cuando el enemigo acuda con la misma estrategia a nuestras luchas ordinarias y corrientes, lucharemos una y otra vez para ser fieles a Dios y escucharemos lo que nuestra Madre nos dice al oído: Te basta la gracia: se fiel y vencerás... Y, ya verás: el Señor no se va a dejar ganar en generosidad.

Un comentario sobre “Los aventureros de las almas

  1. El diablo es sin más ni más, el gran seductor porque intenta llevar al hombre al pecado presentando el mal como bien. Pero la caída lleva en sí nuestra responsabilidad, porque la conciencia tiene capacidad de distinguir lo que es bueno de lo que es malo.

    El mundo cuando se olvida de Dios, es dominado por el pecado. La acción del demonio está guiada por el odio hacia Dios y puede hacer graves daños cuando seguimos sus tentaciones. Por eso podemos decir que el mal principal del demonio es el mal espiritual, es decir el del pecado.

    La tradición cristiana nos dice que las fuentes de tentaciones son tres. La más terrible, cierto, es la del demonio. Después está el mundo, y finalmente está la «carne», esto es, nosotros mismos. Aquí encontramos también la importancia de la humildad y del discernimiento; y el Espíritu Santo nos da ese don y nos preserva de la soberbia de confiar demasiado en nosotros mismos.

    Creo que debemos tomar al demonio muy en serio, pero no pensar que sea omnipotente. La confianza cristiana, que se alimenta de oración, humildad y penitencia, debe ser sobre todo confianza en el amor de Dios. Y este amor es más fuerte que todo. Debemos tener conocimiento de que Su misericordia es tan grande como para vencer todo obstáculo.

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