De vuelta a casa

Un tipo de argumentos sobre la existencia de Dios, que podríamos denominar sociológicos, son los testimonios de conversión. Estos relatos, por su sinceridad y carga emocional siempre impactan, creyentes o no, a los que pueden presenciarlos. Aquí os dejo con este. 
 Hasta hace seis años mi vida era una vida ordinaria, común y corriente como la de cualquier otro. Aparentemente no era ni mejor ni peor persona que los demás y sin embargo vivía en la más absoluta oscuridad. En mi mente pensaba que ser libre y acorde a los tiempos implicaba hacer continuamente lo que me apetecía, no sacrificarme jamás por los demás, ser proabortista, liberal y por supuesto profundamente anticlerical. A decir verdad la Iglesia me producía una especie de urticaria y en cualquier conversación que se presentaba allí estaba yo para ser el azote del clero. Y eso que como tantas otras personas me educaron en colegios católicos, pero la riada del pensamiento relativista me arrastró por el camino fácil.
 Lo que yo no sabía era que Dios me estaba esperando a la vuelta de la esquina y que iba a transformar mi vida y todo mi ser de una forma que no podía imaginar. Y esa esquina no era otra que el Domingo de la Pascua de Resurrección del año 2005…. Mis padres viven en Vilafranca del Penedés y esa Semana Santa fui a visitarlos… Mi pobre madre aún siendo asediada siempre por nosotros los progres jamás dejó de ir a Misa los días de precepto, y aquel día no iba a ser una excepción. Pero ese día me levanté generosa y pensé en acompañarla sólo para hacerla feliz. Total una hora de mi tiempo tampoco valía tanto. Efectivamente mi madre estaba exultante de felicidad y nos fuimos las dos caminando a la Iglesia. La Iglesia de Vilafranca del Penedés es una Basílica bastante grande. Casi encima del altar tiene un Cristo colgando de unos hilos de acero que salen del extremo de sus manos. Nos sentamos en el cuarto banco, yo cerca del pasillo central y mi madre a mi derecha. Aún no había empezado la Misa y yo estaba sumida en mis pensamientos: “Hay que ver, qué cosas hace el hombre, como no encuentra a Dios se dedica a construirlo a base de edificios como éste… Y el hombre del madero… ¡un crucificado! Cualquiera que lo piense se da cuenta de que es un disparate. Eso suponiendo que haya existido…” Empezó la Misa. Aparecieron dos Sacerdotes, uno de ellos era el Arzobispo de Tarragona. Y yo seguía a lo mío: “Anda que el ropaje que usan… ¿y nadie les dirá lo ridículos que están?” Entonces tomando un hisopo empezaron a caminar por el pasillo bendiciendo a izquierda y derecha. “Y ahora con un ¡sonajero gigante! ¡qué bueno! Esto está la mar de entretenido…” Pero de pronto una de las gotas de agua bendita cayó en mi cabeza, justo en el centro como si siguiera el eje del cuerpo. En ese momento fue como si Dios vertiera sobre mí un manantial de luz, de Amor, de energía que me recorrió desde la cabeza hasta los pies. Y lo supe TODO. En apenas unas décimas de segundo tuve la certeza de Su existencia, de Su Amor, de su entrega por nosotros, de la magnitud de la Cruz… y de mi miseria. Sólo recuerdo que mi madre tiró de mí para sentarme porque estaba en estado de shock. Los dos días siguientes no puedo recordarlos pues mi mente y mi corazón ya estaban en Mi Padre Celestial.
Poco a poco el Señor fue mostrándome el camino. Empecé por tener una cadencia natural hacia la oración íntima y a estar en la Iglesia. Meses más tarde me dio a conocer un amor infinito a la Virgen María y aprendí a rezar el Rosario convirtiéndose en un hábito diario. Empecé a comulgar esporádicamente y al mismo tiempo el amor hacia la institución de la Iglesia Católica empezó a crecer en mi corazón. Y casi diré que fue a lo único a lo que opuse un poco de resistencia pues tantos años de rebeldía habían hecho mella en mí. Y sin embargo no podía evitarlo: la amaba. Hace tres años encontré la Parroquia a la que pertenece mi corazón, María Virgen Madre. La virgen me llamó a ella una mañana a la vuelta de dejar a mi hija en el colegio, la vi abierta y entré. ¡Dios mío! Fue como entrar en mi hogar. Por fin había encontrado mi sitio. Casi todos los días iba a Misa y en ocasiones comulgaba pero ahora por cada vez que lo hacía sentía una felicidad tan grande que no cabía en mi. Comprendí en mi corazón que en cada trocito de pan estaba Dios y tenía la certeza absoluta, por eso me llenaba de alegría cada vez que comulgaba. No obstante había un detalle que convenía aclarar. Estaba casada en segundas nupcias y el escueto primer matrimonio había sido un capricho de juventud, pero un capricho sellado con el Sacramento del Matrimonio, aún cuando ninguno de los dos contrayentes éramos creyentes. Así, como empujada por una fuerza ajena a mí, esperé un día a que acabara la Misa y fui al encuentro del Párroco para aclarar mi situación como miembro de la Iglesia. Sabía que no debería comulgar pero habiendo tantas personas en mi situación pensé que se hacía la vista gorda y que cualquiera podía hacerlo. El Padre Santiago Martín escuchó mi pregunta con atención. Sin titubear un momento y con la voz dulce y el cariño de un hombre firme me respondió que yo no debería comulgar hasta que no hubiera resuelto mi situación familiar. “Gracias”-fue todo lo que conseguí articular, porque acababa de recibir un sonado bofetón en el alma. Salí de la Iglesia impávida, como si nada hubiera sucedido. Pero había sucedido pues se me había caído el mundo encima. Me senté en el coche y le dije a Dios:
“¿Cómo que no puedo comulgar? ¿A caso no me has rescatado Tú y me has devuelto a la vida? ¿O sea que Tú que eres Dios te compadeces de mí y éstos que son hombres no permiten que me acerque a Ti? ¿Pero quiénes se creen que son?”- A mi querido Sacerdote juzgué tan duramente que si Dios me hubiera juzgado como yo lo hice con él no me hubiera perdonado nunca. Pero los seres humanos somos así, soberbios, orgullosos, vanidosos… Me sentí tan afectada que enseguida empecé a decaer en mis oraciones. Al tercer día del episodio ya no quise rezar nada. Hasta que al medio día de ese mismo día caí en la cuenta de que mi soberbia se había apoderado de mi, de que mi entrega a Dios no era tal en realidad y de que me comportaba como una auténtica estúpida castigando a la Virgen sin rezarla. Como si ella me necesitara a mi, ¡era yo la que la necesitaba a ella! A ella y a mi Señor y a mi Padre Celestial y a todos… Se me clavó un dardo en el corazón al ver que no había sabido sortear una pequeña piedra en el camino y comprendí que la obediencia es para Dios una ofrenda muy agradable. Con la humildad ahuyentando a la soberbia volví a Misa sabiendo que me iba a sentir vacía, hueca del Amor de Dios en la Santa Misa. Y he aquí que ocurrió el milagro. A veces nos olvidamos de que Dios siempre da el ciento por uno y eso hizo conmigo… una vez más. En el momento de la consagración de aquella primera Misa sin eucaristía para mí cerré los ojos y ¡sentí a Jesús tan cerca de mí que el corazón no me cabía en el pecho! ¿Cómo era posible? ¡Le sentía conmigo, allí mismo! Y así un día tras otro. Desde entonces todas las mañanas me levanto pensando en que voy a ir a verle y me siento la mujer más feliz del mundo.
Hoy todavía no puedo comulgar pero el Señor sigue regalándome la Comunión espiritual todos los días con la misma intensidad. A veces pienso que jamás podré alcanzar ese grado de intimidad que tengo con Él cuando comulgue de verdad, pero seguro que para entonces me tiene reservada otra sorpresa así que continúo a delante con el proceso de nulidad.
            Desde que me convertí han pasado ya casi seis años y aunque fui consciente del daño que le había estado haciendo al Señor a lo largo de todos los años anteriores no he podido apenarme ni por un momento porque el Amor que tengo en mi corazón es tan grande que sólo puedo ser FELIZ. Su Misericordia es mucho más grande que cualquiera de nuestros pecados. Y Ahora vivo con la alegría del cristiano. Y el colmo de esa felicidad está en mi consagración como Franciscana de María pues al poco de convertirme le preguntaba yo al Señor porqué me había llamado teniendo familia ya que lo que verdaderamente deseaba era consagrar mi vida a Dios… Y he aquí que de una forma completamente insospechada para mí he hecho las promesas de los Franciscanos de María. Y ahora cuando me preguntan quién soy respondo:
Me llamo Mercedes. Tengo 38 años y soy Franciscana de María.
Ved en mi testimonio el infinito Amor de Dios a los hombres y sabed que no hay nada que pueda ensombrecer Su Amor. Ni si quiera el más horrendo pecado cuando un corazón sincero se abre a Su Misericordia.

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