“Lumen fidei”

lumen fidei
“Lumen fidei”: la primera encíclica del Papa Francisco se presentará el 5 de julio

El próximo viernes 5 de julio, a las 11,00 de la mañana, en el Aula Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, tendrá lugar la presentación de la primera Encíclica del Papa Francisco, “Lumen fidei”.
Intervendrán en esta rueda de prensa el Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los obispos con Mons. Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe y Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización.
La Encíclica estará disponible a partir de ese día en italiano, francés, inglés, alemán, español y portugués.
(Fuente: María Fernanda Bernasconi – RV).

5 comentarios en ““Lumen fidei”

  1. –Algo me suena eso de los sacramentales…

    –Dicho en otras palabras: apenas tiene usted idea de lo que son los sacramentales. Se confirma mi convicción de que su ignorancia apenas tiene límites.

    Les voy a hablar de los sacramentales 1) porque son una de las maravillas de la Iglesia, es decir, del mundo de la gracia, y 2) porque hoy están muy desconocidos y menospreciados por la inmensa mayoría de los cristianos, también de los practicantes. Reforma o apostasía.

    La doctrina fundamental sobre los sacramentales la encontramos hoy en el Concilio Vaticano II, en la constitución Sacrosanctum Concilium (60-61). Pero se nos da más desarrollada en el Catecismo de la Iglesia Católica (1667-1673), que a continuación transcribo y comento.

    1667. «La Santa Madre Iglesia instituyó los sacramentales. Estos son signos sagrados que, imitando de alguna manera a los sacramentos, significan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida» (SC 60; Código Dº Canónico, 1166; Código Dº Oriental, 867).

    Teólogos mediavales, como Hugo de San Víctor (+1141), llamaban a los sacramentales «sacramentos menores», para distinguirlos de los siete sacramentos. Fueron instituidos por la Iglesia, Esposa de Cristo y administradora de los tesoros de su gracia (cf. 1Cor 4,1), para fomentar la vida espiritual de los fieles, fundamentada en los sacramentos. Los sacramentales, en el orden de la gracia, no tienen como los sacramentos una eficacia ex opere operato, es decir, por la misma eficacia de la obra realizada, pero tampoco su virtualidad santificante depende sobre todo de la disposición personal de quien los recibe, sino que santifican principalmente por la intercesión de la Santa Iglesia, ex opere operantis Ecclesiæ. Pero es tan grande ante el Señor la fuerza de la intercesión de la Iglesia, de la comunión de los santos, que podría decirse que santifican quasi ex opere operato.

    1668. Han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de cosas útiles al hombre. Según las decisiones pastorales de los obispos, pueden también responder a las necesidades, a la cultura, y a la historia propias del pueblo cristiano de una región o de una época. Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita (que recuerda el Bautismo).

    –¿Cree usted en los sacramentales? –Por supuesto. Yo creo en todo lo que la Iglesia enseña. –Permítame una pregunta complementaria: ¿tiene usted a mano agua bendita, por ejemplo, en su casa? –No, en realidad no. –Pues entonces usted no cree en los sacramentales. O dicho quizá más exactamente, su fe en los sacramentales está muerta. De momento, no le vale para nada. Convendrá que pida a Dios que con su gracia despierte y resucite esa fe.

    1669. Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo bautizado es llamado a ser una «bendición» (cf. Gén 12,2) y a bendecir (cf. Lc 6,28; Rm 12,14; 1Pe 3,9). Por eso los laicos pueden presidir ciertas bendiciones (cf. SC 79; Can. 1168); la presidencia de una bendición se reserva al ministerio ordenado (obispos, presbíteros o diáconos) en la medida en que dicha bendición afecte más a la vida eclesial y sacramental.

    Lo mismo dispone el Derecho Canónico: «Es ministro de los sacramentales el clérigo provisto de la debida potestad; pero, según lo establecido en los libros litúrgicos y a juicio del Ordinario, algunos sacramentales pueden ser administrados también por laicos que posean las debidas cualidades» (c. 1168; cf. Bendicional, Prenotandos generales, 16 y 18).

    1670 Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con a ella. «La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los acontecimientos de la vida […] sean santificados por la gracia divina que emana del misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios» (SC 61).

    En una comunidad monástica, por ejemplo, que viva por supuesto según su Regla y tradición, se establece una atmósfera sagrada, es decir, santificante en casi todas las acciones y las cosas que configuran la vida ordinaria personal y comunitaria, y que de este modo quedan evangelizadas. Está bendecida la campana que marca las horas, hay oraciones y bendiciones especiales para los cálices y objetos litúrgicos, para el inicio del trabajo, el comienzo de un viaje, el fin del día antes del sueño, los alimentos, los hábitos religiosos, los frutos del campo, los ganados, las máquinas, los huéspedes y visitantes, los novios y los matrimonios, los niños y los enfermos, la esposa embarazada, etc. Y el agua bendita está presente en la iglesia, las salas comunes y las celdas personales. Efectivamente, casi todos los aconteceres de la vida ordinaria quedan santificados por los sacramentos y los sacramentales, y protegidos del Maligno. Y como ya vimos, en un cierto sentido, la vida monástica es modelo para todo el pueblo cristiano (173-177).

    * * *

    Sólo la espiritualidad católica de lo sagrado integra los sacramentales en la vida cristiana. Pero hoy en gran medida está debilitado el sentido de lo sagrado entre los cristianos, incluso entre los practicantes. Por el contrario, el cristiano católico «se hace como niño» para entrar en el Reino, valora en modo máximo la virtualidad santificante de lo sagrado. Sabe que la Iglesia le ofrece en los sacramentos y sacramentales unos signos privilegidos para la santificación, es decir, para la unión con Dios. Y por eso acude a ellos, asiéndose fuertemente de la mano de su madre la Iglesia. Como un niño que en el peligro corre a refugiarse en su madre, así el católico, sabiéndose asediado por el diablo, tiende, bajo la acción del Espíritu Santo, a buscar el auxilio de la Madre Iglesia; también en los sacramentales, ya que éstos, como dice el Vaticano II, son auxilios «de carácter espiritual obtenidos por la intercesión de la Iglesia» (SC 60). El católico, el cristiano que se hace como niño, busca al Santo en lo sagrado, allí donde el Señor ha querido manifestarse y comunicarse con especial intensidad, certeza y significación sensible.

    El cristiano católico aprecia, busca, procura, usa, construye, conserva, defiende, venera todas las sacralidades cristianas, sacramentos, ministros, templos, fiestas religiosas. En igualdad de condiciones, prefiere que la Misa sea celebrada en un templo consagrado que en una sala ordinaria. Prefiere escuchar la predicación de un Obispo, presbítero o diácono, que la predicación de un laico –en igualdad de condiciones–, porque sabe que el Señor, por el sacramento del Orden, potencia precisamente a los que han sido ordenados sacramentalmente para el ministerio de la Palabra divina (Vat. II, CD 12-13; PO 2;4). Vive el Año litúrgico con gran intensidad. Para él no es lo mismo estar en domingo o en miércoles. Prefiere, por ejemplo, intensificar en Cuaresma sus penitencias personales, pues espera recibir de Dios, en ese tiempo «de gracia y penitencia», especiales ayudas de conversión, expiación y nuevas gracias.

    José María Iraburu, sacerdote

  2. HABLA EL PAPA

    Debemos orar con coraje al Señor, también con insistencia como hizo Abraham. Lo dijo esta mañana el Papa Francisco durante la Misa en la Casa de Santa Marta. El Papa observó que orar es también “negociar con el Señor”, volverse hasta inoportunos como nos enseña Jesús. En la Misa, concelebrada por el cardenal Kurt Koch y por mons. Brian Farrell, participaron, entre otros, un grupo de sacerdotes y colaboradores del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

    Abraham habla al Señor con coraje e insistencia para defender a Sodoma de la destrucción. El Papa Francisco desarrolló su homilía partiendo de la Primera Lectura de hoy observando que “Abraham es un valiente y ora con valor”. Abraham, dijo el Papa, “siente la fuerza de hablar cara a cara con el Señor y trata de defender aquella ciudad”. Y lo hace con insistencia. En la Biblia, constató el Santo Padre, se recuerda que “la oración debe ser valiente”:
    “Cuando hablamos de coraje siempre pensamos en el coraje apostólico, ir a predicar el Evangelio, estas cosas… Pero existe también el valor ante al Señor. Aquella parresia ante el Señor: ir al Señor con valor para pedirle cosas. Esto hace un poco sonreír, está bien pero hace reír porque Abraham habla con el Señor en una manera especial, con este coraje y uno no sabe: si estamos ante un hombre que reza o ante un ‘comerciante fenicio’, porque regatea el precio, va, va… E insiste: de cincuenta logra bajar el precio a diez. Él sabía que no era posible. Sólo había un justo: su nieto, su sobrino… Pero con aquel coraje, con aquella insistencia, ¡iba adelante!”.

    A veces, puntualizó el Papa, se recurre al Señor para “pedir algo por una persona”, se pide esto y aquello y después uno se olvida. “Pero aquella – advirtió el Papa – no es oración”, porque “si quieres que el Señor conceda una gracia, debes ir con valor y hacer aquello que hizo Abraham con su insistencia”. El Obispo de Roma recordó que es el mismo Jesús quien nos dice que debemos orar como la viuda con el juez, como aquel que va de noche a tocar la puerta del amigo. Con insistencia: “Jesús nos lo enseña así ”. Y de hecho, observó, Jesús elogia a la mujer sirio-fenicia que con insistencia pide la curación de su hija. Insistencia, afirmó el Pontífice, también si esta nos agota, y “es verdaderamente agotador”. Pero esto, dijo, “es una actitud de la oración”. Santa Teresa, recordó, “habla de la oración como un negociar con el Señor” y esto “es posible sólo cuando hay familiaridad con el Señor”. “Es agotador, es verdad – repitió – pero ésta es la oración, esto es recibir una gracia de Dios”. El Papa subrayó el argumento que Abraham utiliza en su oración: “Toma los argumentos, las motivaciones del mismo corazón de Jesús”:
    “¡Convencer al Señor con las virtudes propias del Señor!¡Eso es bello! La exposición de Abraham va al corazón del Señor y Jesús nos enseña lo mismo: ‘El Padre sabe las cosas. El Padre – no se preocupen – manda la lluvia sobre los justos y sobre los pecadores, el sol para los justos y para los pecadores’. Con aquel argumento Abraham va adelante. Yo me detendré aquí: orar es negociar con el Señor, también volverse inoportuno con el Señor. Orar es alabar al Señor por sus cosas bellas y pedirle que nos mande esas cosas bellas. Y si Él es tan misericordioso, tan bueno, ¡que nos ayude!”

    “Yo – concluyó Francisco – quisiera que todos nosotros, durante la jornada, por cinco minutos, no más, tomemos la Biblia y leamos lentamente el Salmo 102”, recitado hoy entre las dos Lecturas:
    “‘Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura…’. Y con esto aprenderemos las cosas que debemos decir al Señor cuando pidamos una gracia. ‘Tú que eres misericordioso, Tú que perdonas, concédeme esta gracia’: como hizo Abraham y como hizo Moisés. Vayamos adelante en la oración, valientes, y con estos argumentos que vienen directamente del corazón de Dios”. (MZ, RC-RV)

  3. TRASPLANTE

    Dos pacientes del Centro Médico Rambam en Haifa, uno árabe y otro judío, en sus respectivas necesidades de trasplantes de riñón, recibieron el órgano que necesitaban de los familiares.Dos pacientes que muy necesitados de trasplantes de riñón, uno árabe y otro judío, lograron salvar la vida el uno gracias al otro. La esposa de Mohammad Eckert, Rasha, de 30 años de edad, donó su riñón a David Ben-Yair de 57 años de edad, mientras que el hijo de David, Shmuel de 34 años, dio su riñón a Mohammed. El procedimiento se realizó en la Unidad de Trasplante Médico del hospital Rambam por el Dr. Rawi Ramadán, un médico árabe que es el director de la Unidad de Trasplante del Rambam. Dos hombres, que no se conocían entre sí antes de esto, están conectados entre sí a través de un vínculo de gratitud.
    El procedimiento que se llevó a cabo, conocido como un trasplante de cruce, no es común en Israel y se lleva a cabo cada vez que no hay ninguna coincidencia entre un paciente y los miembros de su familia. ”Probamos cada paciente que tiene un donante vivo con el fin de evaluar si tal trasplante se puede hacer dentro de la familia”, el Dr. Ramadán dijo a Jewish Press, ”pero a veces uno de los pacientes tiene un tipo de sangre o de anticuerpos que no coinciden con el otro miembro de la familia. En este caso particular, el padre judío tenía anticuerpos en su sangre que no coinciden exactamente con su hijo”.

    Rawi Ramadan
    Y añadió: “Con las tecnologías médicas de hoy en día, podríamos haber realizado el trasplante dentro de la misma familia, pero nos hemos visto obligados a darles un muchos de medicamentos pre-operatorios, los cuales protegen a corto plazo pero tienen muchos efectos secundarios a largo plazo. Por lo tanto, era mejor para hacer el intercambio entre las familias judías y árabes, ya que tanto los pacientes recibieron la misma calidad de los riñones y hemos sido capaces de tratarlos con una mínima cantidad de medicamentos contra el rechazo”. El Dr. Ramadán dijo al diario Israel Hayom que cuando se discutió la idea de cruce del trasplante, los cuatro residentes de Haifa no dudaron: “Para ellos, no importa quien donaba a quién. En lo que a ellos respecta, donaron un riñón a un miembro de la familia, y con ella salvaron una vida“.

  4. EVANGELIO DE HOY

    • Mateo 8,27: El miedo de los discípulos: “¿Quién es este hombre?” Jesús preguntó: “¿Por qué tenéis miedo?” Los discípulos no saben qué responder. Admirados, se preguntan: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?” A pesar de haber vivido tanto tiempo con Jesús, no saben todavía quién es. ¡Jesús sigue siendo un extraño para ellos! ¿Quién es éste? • ¿Quién es Jesús para nosotros, para mí? Esta debe ser la pregunta que nos lleva a continuar la lectura del Evangelio, todos los días, con el deseo de conocer más y más el significado y el alcance de la persona de Jesús para nuestra vida. De esta pregunta nace la Cristología. No nació de altas consideraciones teológicas, sino del deseo que los primeros cristianos tenían de encontrar siempre nuevos nombres y títulos para expresar lo que Jesús significaba para ellos. Son decenas y decenas los nombres, los títulos y los atributos, desde carpintero hasta hijo de Dios, que Jesús recibe: Mesías, Cristo, Señor, Hijo amado, Santo de Dios, Nazareno, Hijo del Hombre, Esposo, Hijo de Dios, Hijo del Dios altísimo, Hijo de María, carpintero, Profeta, Maestro, Hijo de David, Rabuni, Bendito el que viene en el nombre del Señor, Hijo, Pastor, Pan de vida, Resurrección, Luz del mundo, Camino, Verdad, Vida, Rey de los judíos, Rey de Israel, etc., etc. Cada nombre, cada imagen es un intento para expresar lo que Jesús significaba para ellos. Pero un nombre, por muy bonito que sea, nunca llega a revelar el misterio de una persona, mucho menos de la persona de Jesús. Jesús no cabe en ninguno de estos nombres, en ningún esquema, en ningún título. El es mayor que todo, supera todo. No puede ser enmarcado. El amor capta, la cabeza ¡no! Es a partir de la experiencia viva del amor, que los nombres, los títulos y las imágenes reciben su pleno sentido. Al final, ¿quién es Jesús para mí, para nosotros?

    Para la reflexión personal

    • ¿Cuál era el mar agitado en el tiempo de Jesús? ¿Cuál era el mar agitado en la época en que Mateo escribió su evangelio? ¿Cuál es hoy el mar agitado para nosotros? Alguna vez, ¿las aguas agitadas de la vida han amenazado con ahogarte? ¿Qué te salvó? • ¿Quién es Jesús para mí? ¿Cuál es el nombre de Jesús que mejor expresa mi fe y mi amor?

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