El corazón de un niño

Esta entrada es continuación de la paternidad y el amor

 Jesús nos dijo: “Si no os hacéis como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.” (Mateo 18, 3) -cuenta Michael D. O’Brien-. Pero ¿qué quiso decir con esto? ¿Nos estaba hablando a todos? ¿Incluso a los hombres? ¿Qué hay de la madurez, de la dignidad, de la autoridad? ¿Qué será de esas cualidades si nos “hacemos como niños”? Y aunque quisiéramos esto, ¿cómo lo hacemos?

¡Haciéndolo! Sí, aquí estamos otra vez, enfrentando nuestras naturalezas masculinas, nuestra forma principal de interactuar con el mundo: Siempre haciendo, reparando, fabricando, defendiendo, proveyendo, construyendo. El mundo de la acción exterior. Ninguna de las actividades mencionadas es mala en sí misma. De hecho, son nuestra responsabilidad y pueden ser enaltecedores actos de amor. Pero si sólo es una acción exterior, entonces no estamos viviendo la plenitud de nuestra humanidad en Cristo.

¿Cómo podemos llevar nuestra vida interior a esta condición como la de un niño? Si observamos cuidadosamente en el pasaje del Evangelio de Mateo el contexto en el que Jesús está hablando, descubrimos que está respondiendo a una pregunta de los apóstoles sobre quién es el más grande en el Reino. Jesús va más allá de su curiosidad y sus motivos egoístas para llegar al fondo del problema. Nos está diciendo que el Reino de Dios no consiste en hacer grandes cosas por Dios, ni ser reconocidos como apóstoles “exitosos”, ni ninguna de las otras formas habituales de evaluar nuestras acciones. “El Reino de Dios está dentro de vosotros.” (Lucas 17, 21). El Reino se encuentra en el centro del alma; es un estado de ser temporal, conectado a un estado de ser eterno. El “ojo de la aguja” o la “puerta angosta” se ensancha entre las dimensiones temporales y eternas del Reino cuando vivimos como un niño que mira hacia arriba, hacia el Padre, con un espíritu abierto y confiado, con nuestra pequeña “mano” firmemente aferrada a la suya, sin importar las pruebas exteriores.

¿Cómo podemos alcanzar esta condición interior? Es más, ¿cómo podemos permanecer en ella y permitir que crezca dentro de nosotros? En pocas palabras, con la práctica. ¿Y dónde podemos practicar mejor que en medio de las pruebas? A veces las pruebas surgen en forma extraña, nos toman por sorpresa, nos sobrecargan con demasiadas cosas al mismo tiempo, nos dejan paralizados con dilemas irresolubles. Algunas son creadas por nosotros mismos, otras nos son impuestas por la complejidad y el frenesí de la vida moderna. Es precisamente en esas ocasiones que debemos hacer una pausa y mirar hacia adentro por un momento (o tantos momentos como sea posible). Allí, en el interior, podemos aprender a tranquilizarnos, a estar en silencio y saber que Él es Dios. Allí también invocamos las gracias necesarias para las situaciones que enfrentamos, pidiendo a nuestro Padre el “pan” que necesitamos en ese momento. De esta manera podemos aprender a confiar más y más en Él, y menos en nuestra propia voluntad.

Durante estos breves momentos –a veces demasiado breves–, de calma interior, a mí me resulta de gran ayuda verme a mí mismo como un niño pequeño, un niño que trepa al regazo de su padre y se queda allí, con el oído pegado a su corazón. Luego se expande y se convierte en el corazón de Cristo latiendo suavemente en mi oído. En otras oportunidades me veo a mí mismo trepando al regazo de Nuestra Señora y descansando en sus brazos. Otras veces es San José. Sólo toma unos segundos, lo necesario para respirar hondo, exhalar, sentir cómo cede la tensión, “oír” los latidos de los grandes corazones. Intento descansar allí tanto tiempo como sea posible antes de ser llamado de vuelta al mundo de las acciones exteriores, entonces debo saltar de sus regazos y ocuparme de mis responsabilidades de adulto. Pero después de esos descansos, encuentro que de cierta manera ellos vienen a mí, abrazándome, tomando mi mano, incluso cuando mis manos están muy ocupadas con muchas cosas. No es algo que se haga una sola vez. Tiene que ser renovado con frecuencia, diariamente, y en mi caso a cada hora cuando las cosas se ponen difíciles.

Cuando estoy descansando de esta manera en el regazo de Nuestra Señora, a veces lloro, a veces río, pero la mayoría de las veces simplemente suspiro y me dejo estar en ese lugar de protección y consuelo total. Por favor, no me interpreten mal. No soy ningún santo, y ciertamente no soy vidente. Puedo treparme a su regazo (o dejar que ella me levante) no porque soy un santo, sino porque he aceptado la dura verdad de que soy un pecador. Y porque estoy tan necesitado de misericordia, no me engaño pensando que puedo presentarme ante la corte celestial con mi mejor traje, duchado, perfumado e irresistiblemente encantador. No, yo soy el hijo pródigo. Y en esto también podemos descubrir en qué consiste ser un niño en el centro del alma. Si soy pequeño, débil en las tentaciones, víctima de la confusión y la impotencia ante los problemas que me acosan, puedo descubrir que nuestro Padre es el padre del hijo pródigo, y que nuestra Madre es la madre del hijo pródigo. Cuando acepto que necesito misericordia, puedo recibirla. Entonces me lleno de alegría y puedo salir de nuevo a jugar como un niño en los campos del Señor, en ese mundo hermosamente creado por él, con aquellos que él me ha dado para amar.

¿Qué es esto tan misterioso que ocurre cuando nos presentamos tal como somos ante Dios y sus santos? No es una experiencia tangible, aunque sus efectos si pueden serlo. Con frecuencia, ni siquiera se percibe a nivel emocional, pero es experimentado por el espíritu. Es algo del corazón y el alma, que no necesariamente se “siente” como solemos sentir las cosas. Es inexplicable pero real. Sus frutos son reales, así que con el tiempo gradualmente he llegado a confiar en ello como en algo real. Llamémoslo gracia. Es más, preguntémonos si tales gracias no son, además de una encantadora bendición, una verdadera necesidad.

Sólo tenemos que pedir esas gracias y nos serán otorgadas. Pueden venir de otras maneras, con otras imágenes, o sin ninguna imagen. Pero nos serán otorgadas. Pueden confiar en ello. Estas gracias actúan profundamente en combinación con otras gracias, recibidas por medio de los innumerables “lenguajes” de la oración. Me resulta más fácil “trepar a sus regazos” cuando rezo frente al Santísimo Sacramento expuesto. Pero podemos hacerlo en cualquier lugar, en cualquier momento. Yo rezo el Rosario todas las noches con mi familia. A veces rezo por mi cuenta un segundo Rosario, cuando siento temor o estoy abrumado por demasiadas cargas. A menudo rezo otro con mi esposa a la noche, cuando nos estamos quedando dormidos. He aprendido que Nuestra Señora es una gran maestra de paternidad. Ella es la Madre de la “iglesia doméstica”, que es la familia. Otro título que le dio Juan Pablo II durante el Año de la Familia es “Reina de la Familia”, un título que revela uno de sus roles. Si ella es la madre de mi familia y de la tuya, ¿por qué dudamos de acercarnos a ella? Deberíamos correr hacia ella con toda confianza.

Corran hacia ella, padres, y dejen que los tome en sus brazos. No tengan miedo de ser niños muy pequeños. Y cuanto más grandes sean sus responsabilidades, más pequeños deben hacerse. Es un don inestimable ser tan pequeño que puedes ser alzado por los brazos de esta Señora. Sí, nosotros, los grandes hombres capaces de matar osos, luchar con leones y completar nuestros formularios de impuestos, lo más audaz y valiente que podemos hacer es permitirnos convertirnos en niños en brazos de la Mujer que nuestro Padre del cielo nos ha dado. No debemos tener miedo de ser tan débiles, porque entonces somos verdaderamente fuertes, con la fuerza de Cristo, que una vez estuvo cobijado en esos mismos brazos.

FIN

Fuente: © Michael O’Brien.  Adaptación de una charla dada por Michael O’Brien en Vancouver, Columbia Británica, en noviembre de 1999, durante una convención nacional sobre la familia patrocinada por la arquidiócesis de Vancouver.

Traducido por Catholic Translator: http://catholictranslations.blogspot.com

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Un comentario en “El corazón de un niño

  1. Por mi situación personal y sin que me dé vergüenza el contarlo, muchas veces he considerado mi filiación divina y la infancia espiritual. Hablando en la oración con Dios, la Virgen María y S. José, me he manifestado como “niña” que necesita de sus padres amor y ternura, incluso les he dicho que me den “mimos”, por eso las mradas al cuadro de la Virgen al entrar en casa son muy frecuentes y les beso y les digo que les quiero con toda mi alma, les pido perdón por lo que salió mal y ellos me dan el abrazo que necesito para seguir adelante.

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