Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas

sunsetEn el Evangelio de la Misa de hoy, junto a san Juan Bautista encontramos unos publicanos, unos soldados y un grupo del pueblo. Para cada uno de estos grupos tendrá palabras adecuadas.

Los publicanos se ganaban la vida recaudando impuestos de sus paisanos judíos para los romanos. Se cobraban directamente de lo que recaudaban (no tenían sueldo). Y como podían tener la tentación de cobrarse de más para quedarse con un mayor tanto por ciento, Juan les dice: “no exijáis más de lo establecido. Lo establecido era lo justo, lo honesto.

Como los judíos de Palestina estaban exentos del servicio militar, es de suponer que estos soldados son extranjeros. La tentación fácil para ellos era abusar de la gente sencilla debido a su situación de su superioridad, por eso les dice: “no hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga”. Su paga era lo justo, lo honesto.

Estas dos profesiones, que  en aquel tiempo y lugar eran polémicas, podían ser santificadas, si se realizaban de forma justa y honesta. Tan sencillo como eso. Puede llamar la atención, en un primer momento, lo fácil que resulta santificarse trabajando: bastaría con ser honrados y ofrecer a Dios de corazón lo que realizamos cada día. Pero, no nos engañemos, todos sabemos lo costoso que resulta realizar nuestro trabajo bien siempre, cuando estamos cansados, cuando resulta pesado o rutinario… Entonces resulta muy fácil dejar las cosas a medias, o hacerlas chapuceramente o tratar de escaquearse de algo molesto, etc.

Al tercer y último grupo de gente, a los del pueblo corriente, san Juan Bautista les dice que compartan entre ellos lo que tienen, que piensen más en los demás y en servirles: “el que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo”. Él mismo Juan se pone como ejemplo de alguien que está desprendida de sí mismo y de su prestigio ante los demás: “yo os bautizo con agua; pero viene el que es más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias”. El atar o desatar las correas de las sandalias era un trabajo que realizaban los siervos más humildes. Este será el lema del Bautista: “conviene que Él crezca y que yo disminuya”.

“Casi todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo” (san Josemaría).

Este domingo tercero de Adviento tiene por nota la alegría. La alegría ha de ser algo habitual en nuestra vida: consecuencia de la filiación divina y expresa la realidad de haber abandonado en Él los problemas personales. Así llenaremos de su Luz el mundo, que donde estés no falte la alegría, ese buen humor que es fruto de la paz interior y de la entrega: Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría (Forja, 591)”

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