Los origenes de la vida en el planeta Tierra

Aquí volvemos, un lunes más con la aportación sobre el libro “¿Cómo habla Dios?” de Francis S. Collins. Seguimos con la PARTE II de libro, que está dedicada a las grandes preguntas de la existencia humana. Dejado atrás el capítulo dedicado a las cuestiones sobre el origen del universo, comienza ahora, F. Collins, una serie de preguntas acerca de la vida en la tierra. Tras una introducción en la que plantea el “argumento del diseño” como algo no definitivo, plantea una serie de preguntas muy interesantes. La de hoy hace referencia al origen de la vida en el planeta Tierra:

«La ciencia empieza a responder la cuestión de la complejidad de la vida con una línea de tiempo. Ahora sabemos que el universo tiene aproximadamente catorce mil millones de años. Hace un siglo ni siquiera sabíamos cuánto tiempo hacía que llevaba girando nuestro planeta. Pero el posterior descubrimiento de la radiactividad y de la descomposición natural de ciertos isótopos químicos ofreció un medio elegante y ciertamente preciso de determinar la edad de varias piedras en la Tierra. La base científica de este método se describe en detalle en el libro de Brent Dalrymple La edad de la Tierra, y depende de las conocidas y muy largas medias vidas por las que tres elementos químicos radiactivos se descomponen constantemente y se transforman en elementos estables y diferentes: el uranio se convierte lentamente en plomo, el potasio lentamente se convierte en argón y el más exótico estroncio se convierte en un elemento raro llamado rubidio. Al medir la cantidad de cualquiera de estos pares de elementos, podemos estimar la edad de cualquier piedra. Todos estos métodos independientes dan resultados que son sorprendentemente coincidentes, y apuntan a que la Tierra tiene una edad de 4.550 millones de años, con un error estimado de solamente un uno por ciento. Las piedras más viejas que han sido fechadas en la superficie actual de la Tierra tienen aproximadamente cuatro mil millones de años, pero casi setenta meteoritos y un número de piedras lunares han sido fechadas en cuatro mil quinientos millones de años.

Toda la evidencia actualmente disponible sugiere que la Tierra era muy inhóspita durante sus primeros quinientos millones de años. El planeta estaba constantemente a merced del devastador ataque de asteroides y meteoritos gigantes, uno de los cuales de hecho consiguió desgajar a la Luna de la Tierra. No es sorprendente, por lo tanto, que las piedras de hace cuatro mil millones de años o más no muestren evidencia alguna de formas de vida. Sólo ciento cincuenta millones de años después, sin embargo, se encuentran múltiples formas de vida microbiana. Presumiblemente, esos organismos unicelulares eran capaces de almacenar información, quizá usando ADN, y eran autorreplicantes y capaces de evolucionar hacia muchos tipos diferentes.» Recientemente, Cari Woese expuso la plausible hipótesis de que en ese momento concreto de la vida de la Tierra, el intercambio de ADN entre los organismos ya se había logrado.

Esencialmente, la biosfera consistía en un gran número de células minúsculas independientes, pero que interactuaban extensamente entre sí. Si un organismo en particular desarrollaba una proteína o una serie de proteínas, eso proporcionaba una cierta ventaja y esas nuevas características podían ser rápidamente adquiridas por sus vecinos. Quizá en ese sentido, la evolución temprana era más una actividad comunal que individual. Esta clase de «transferencia horizontal de genes» está bien documentada en las formas más antiguas de bacterias que existen ahora en el planeta (las arqueobacterias), y pueden haber ofrecido una oportunidad para que se diseminaran rápidamente nuevas propiedades.

¿Pero cómo surgieron los organismos autorreplicantes en primer lugar? Es justo decir que en el momento presente sencillamente no lo sabemos. Ninguna hipótesis actual se acerca a explicar cómo en el espacio de apenas ciento cincuenta millones de años el ambiente prebiótico que había en la Tierra dio lugar a la vida. Eso no quiere decir que no se hayan planteado hipótesis razonables, pero su probabilidad estadística de servir de explicación del desarrollo de la vida aún parece remota.

Hace cincuenta años, unos famosos experimentos realizados por Stanley Miller y Harold Urey reconstruyeron una mezcla de agua y compuestos orgánicos que podrían representar las circunstancias primigenias de la Tierra. Al aplicar una descarga eléctrica, estos investigadores fueron capaces de formar pequeñas cantidades de elementos biológicos importantes, como aminoácidos. El hallazgo de pequeñas cantidades de compuestos similares dentro de meteoritos llegados del espacio exterior también ha sido propuesto como un argumento de que pueden surgir moléculas orgánicas complejas de procesos naturales en el universo.

Más allá de este punto, sin embargo, los detalles se hacen muy imprecisos. ¿Cómo podría ensamblarse espontáneamente una molécula autorreplicante, portadora de información, a partir de esos compuestos? El ADN, con su columna vertebral de azúcar fosfatada y sus bases orgánicas, intrincadamente organizadas, perfectamente colocadas una encima de la otra, y en pares en cada uno de los peldaños de la doble hélice, parece una molécula totalmente improbable de haber surgido «por casualidad», sobre todo porque el ADN parece no poseer un medio intrínseco de copiarse a sí mismo. Más recientemente, muchos investigadores han apuntado, en cambio, hacia el ARN* como la primera forma potencial de vida, ya que el ARN puede portar información y en algunos casos también puede catalizar reacciones químicas en formas que el ADN no puede. El ADN es algo como el disco duro de una computadora: se supone que es un medio estable en el cual almacenar información, y sin embargo, y al igual que en una computadora, los errores y las meteduras de pata son siempre posibles. En contraste, el ARN se parece más a un dispositivo móvil, anda por todas partes con su programación, y es capaz de hacer cosas solo. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos sustanciales de muchos investigadores, no se ha logrado la formación de los elementos básicos del ARN en un experimento tipo Miller-Urey, ni tampoco ha sido posible diseñar un ARN (ARN: ácido ribonucleico, ADN: ácido desoxirrihonucleico.) totalmente autorreplicante.

Las profundas dificultades para dibujar un camino convincente para los orígenes de la vida han llevado a algunos científicos, entre quienes destaca Francis Crick (quien junto a James Watson descubrió la doble hélice del ADN), a proponer que las formas de vida deben de haber llegado a la Tierra del espacio exterior, ya sea en pequeñas partículas que flotaban a través del espacio interestelar y que fueron capturadas por la gravedad de la Tierra, o quizá incluso que hayan sido traídas aquí intencional (o accidentalmente) por algún antiguo viajero espacial. Si bien esto podría explicar la aparición de la vida en la Tierra, no hace nada para solucionar la pregunta final del origen de la vida misma, ya que eso sencillamente traslada a tan notable acontecimiento a otro tiempo y lugar aún más remotos.

Aquí viene al caso una objeción que con frecuencia esgrimen algunos críticos sobre cualquier posibilidad que exista de explicar el origen espontáneo de la vida en la Tierra con base en la segunda ley de la termodinámica. Esta ley especifica que en un sistema cerrado, en donde la energía no puede entrar ni salir, la cantidad de desorden (más formalmente llamado «entropía») tenderá a incrementarse con el tiempo. Como las formas de vida son altamente ordenadas, algunos han dicho que sería por tanto imposible que la vida hubiera surgido sin un creador sobrenatural. Pero esto revela una mala comprensión del verdadero significado de la segunda ley: el orden puede incrementar en ciertas partes del sistema (como sucede cada día cuando tendemos las camas o guardamos los trastos), pero eso requeriría una entrada de energía, y la cantidad total de desorden en el sistema completo no puede disminuir. En el caso del origen de la vida, el sistema cerrado es esencialmente el universo entero, la energía está disponible del sol y por lo tanto el incremento local en el orden que representaría la primera unión de macromoléculas de ninguna manera violaría dicha ley.

Dada la incapacidad de la ciencia hasta la fecha para explicar la profunda cuestión de los orígenes de la vida, algunos teístas han identificado la aparición del ARN y el ADN como una posible oportunidad para la acción creativa divina. Si la intención de Dios al crear el universo era guiar a las criaturas con las que podría tener fraternidad, es decir, los seres humanos, y si la complejidad requerida para empezar el proceso de la vida estaba más allá de la capacidad de las sustancias químicas del universo para ensamblarse a sí mismas, ¿no podría Dios haber intervenido para iniciar el proceso?

Ésta podría ser una hipótesis atractiva, dado que ningún científico serio actualmente afirmaría que existe una explicación naturalista del origen de la vida. Pero eso es verdad ahora, y podría no serlo mañana. Es necesario advertir algo cuando se inserta una acción divina específica por parte de Dios en esta o cualquier otra área donde al entendimiento científico le falte algo por el momento. Desde los eclipses solares en la antigüedad, al movimiento de los planetas en la Edad Media, a los orígenes de la vida actualmente, este enfoque de «Dios rellena los espacios en blanco» con demasiada frecuencia le ha hecho un mal servicio a la religión (y por extensión, a Dios, si eso es posible). La fe que coloca a Dios en los espacios vacíos que se abren en el entendimiento presente del mundo natural puede estar destinada a una crisis si los avances posteriores de la ciencia rellenan esas lagunas. Enfrentados con un entendimiento incompleto del mundo natural, los creyentes deben ser precavidos al invocar a la divinidad en áreas del misterio actual, a menos que construyan innecesariamente un argumento teológico que esté condenado a la destrucción posterior. Existen buenas razones para creer en Dios, incluyendo los principios matemáticos y el orden en la creación. Son razones positivas, basadas en conocimiento, en vez de supuestos por ausencia basados en una falta (temporal) de conocimiento.

En resumen, aunque la cuestión del origen de la vida es fascinante, y la incapacidad de la ciencia moderna de desarrollar un mecanismo estadísticamente resulta intrigante, éste no es el lugar para que una persona reflexiva se juegue su fe.”

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