¿Es Dios sólo una idea fantasiosa?

Lunes, 12 marzo, 2012

Seguimos comentando el libro “¿Cómo habla Dios?” de Francis S. Collins. En el capítulo 2, La guerra de las concepciones del mundo, plantea algunas de las dudas y cuestiones que frecuentemente les hacen o se hacen los creyentes. En esta entrada intentaremos dar respuesta a la primera de la cuestiones: 1) ¿Es Dios sólo una idea fantasiosa alrededor del cumplimiento de nuestros deseos? ¿Realmente existe Dios? ¿O la búsqueda de la existencia de un ser superior, tan presente e impregnada en todas las culturas que se han estudiado, representa un anhelo humano universal pero sin fundamento por algo fuera de nosotros mismos que le diera sentido a una vida carente de él y aliviara el dolor de la muerte?

Si bien la búsqueda de la divinidad se ha visto relegada en cierta forma en tiempos modernos por nuestras ocupadas y sobre estimuladas vidas, sigue siendo una de las luchas humanas más universales. C. S. Lewis, en su maravilloso libro Sorprendido por la alegría, describe este fenómeno en su propia vida como esa sensación de intenso anhelo, iniciada en su vida por algo tan sencillo como unas cuantas líneas de poesía, que él identifica como “alegría”. Él describe esa experiencia como “un deseo insatisfecho que es en sí mismo más deseable que cualquier otra satisfacción”.Francis S. Collins hace un balance personal de sus experiencias al respecto:

“Puedo recordar claramente algunos de esos momentos en mi vida, (…) Cuando tenía como diez años, recuerdo haber sido transportado por la experiencia de poder ver a través de un telescopio que un astrónomo amateur colocó en un campo alto en nuestra granja. Vi los cráteres de la luna y la maravillosamente diáfana luz de las Pléyades, fue en ese momento cuando tuve la sensación de la vastedad del universo. A los quince, recuerdo una nochebuena en que el contrapunto de un hermoso villancico de navidad se elevaba dulce y verdadero sobre la melodía más familiar, dejándome con una sensación de inesperado sobrecogimiento y un anhelo por algo que no podía nombrar. Mucho más tarde, siendo un estudiante graduado y ateo, me sorprendió la experiencia de la misma sensación de sobrecogimiento y anhelo, esta vez mezclada con una particular sensación de dolor, al escuchar el segundo movimiento de la tercera sinfonía Heroica de Beethoven. Mientras el mundo se condolía por la muerte de los atletas israelíes asesinados en los juegos olímpicos de 1972, la filarmónica de Berlín tocaba las poderosas notas de este lamento en do menor en el estadio Olímpico, mezclando juntos nobleza y tragedia, vida y muerte. Durante unos momentos, me sentí elevado sobre mi concepción materialista del mundo hacia una dimensión espiritual indescriptible, una experiencia que me resultó realmente sorprendente.

Más recientemente, para un científico que en ocasiones tiene el notable privilegio de descubrir algo que antes no era conocido por el ser humano, existe una clase especial de alegría asociada con esa clase de vislumbres de percepción. Habiendo percibido el resplandor de la verdad científica, encuentro a la vez una sensación de satisfacción y un anhelo de comprender una Verdad aun más grande. En tales momentos, la ciencia se convierte en algo más que un proceso de descubrimiento: transporta al científico hacia una experiencia que desafía una explicación exclusivamente naturalista.

En este momento Francis, se hace la pregunta clave:

Entonces, ¿qué debemos concluir de estas experiencias? Y ¿qué es esta sensación de anhelo por algo más grande que nosotros mismos? ¿Es esto solamente y nada más que alguna combinación de neurotransmisores que aterrizan precisamente en los receptores adecuados y disparan una carga eléctrica en alguna parte profunda del cerebro? ¿O al igual que la ley moral descrita en el capítulo anterior, un presentimiento de lo que nos espera, una señal colocada en lo profunda del espíritu humano que apunta hacia algo mucho más grande que nosotros?

El punto de vista ateo es que tales anhelos no deben ser tomados en cuenta como indicaciones de algo sobrenatural, y que nuestra traducción de esas sensaciones de sobrecogimiento ante una creencia en Dios no representan nada más que buenos deseos, la invención de una respuesta porque queremos que sea verdad. Este particular punto de vista alcanzó su máxima audiencia en los escritos de Sigmund Freud, quien argumenta que el deseo de Dios surge de las experiencias de la infancia. En su libro “Totem y Tabú”, Freud dice: “El psicoanálisis de seres humanos individuales nos enseña con especial insistencia que el Dios de cada uno se forma a semejanza de su padre, que su relación especial con Dios depende de la relación con su padre en la carne, y oscila y cambia junto con esa relación, y que en el fondo, Dios no es otra cosa que un padre exaltado”.

El problema con el argumento que apunta a Dios como una fantasía es que no concuerda con el carácter de Dios en las religiones más importantes de la Tierra. En su elegante y reciente libro, La cuestión de Dios, Armand Nicholi, un profesor de Harvard con capacitación en psicoanálisis, compara la visión de Freud con la de C. S. Lewis. Lewis argumentaba que esa fantasía muy probablemente diera lugar a una clase de Dios muy diferente al que describe la Biblia. Si estamos buscando benevolentes mimos e indulgencia, no es lo que encontraremos allí. En cambio, conforme llegamos a aceptar la existencia de la ley moral, y nuestra obvia incapacidad para vivir a su altura, nos damos cuenta de que estamos en graves problemas y que estamos potencialmente separados del Autor de esa ley hasta la eternidad. Más aun, ¿no es verdad que conforme crece un hijo, tiene sentimientos ambivalentes hacia sus padres, incluyendo el deseo de ser libres?

Finalmente, en términos lógicos sencillos, si uno acepta la posibilidad de que Dios sea algo que los humanos pueden desear, ¿elimina eso la posibilidad de que Dios exista? Absolutamente no. El hecho de que yo haya deseado una esposa amorosa no la hace a ella imaginaria. El hecho de que un granjero desee la lluvia no lo hace dudar de la realidad del subsiguiente chubasco.

De hecho, uno le puede dar vueltas a este argumento de la fantasía en su cabeza. ¿Por qué existiría un hambre tan universal y exclusivamente humana si no estuviera conectada con alguna oportunidad de ser satisfecha? Nuevamente, Lewis lo expresa bien: “Las criaturas no nacen con deseos a menos que existan satisfactores para ellos. Un bebé siente hambre; bien, existen los alimentos. Un patito desea nadar; existe el agua. El hombre siente deseo sexual; existe el sexo. Si encuentro un deseo dentro de mí que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui creado para otro mundo“.
¿Pudiera ser que este anhelo por lo sagrado, que es un aspecto universal e intrigante de la experiencia humana, no fueran buenos deseos sino un indicio que señalara hacia algo superior a nosotros? ¿Por qué tenemos un “vacío con la forma de Dios” en el corazón y en la mente, a no ser que tenga por fin ser rellenado?

En nuestro moderno mundo materialista, es fácil perder de vista esa sensación de anhelo.

El autor termina este apartado con un texto poético, muy sugerente de Annie Dillard.

(seguiremos)

3 Responses to “¿Es Dios sólo una idea fantasiosa?”

  1. Jaimemarlow Says:

    “Si encuentro un deseo dentro de mí que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui creado para otro mundo”.

    O que has sido creado mal, añado yo.


  2. [...] 1) ¿Es Dios sólo una idea fantasiosa alrededor del cumplimiento de nuestros deseos? ¿Realmente ex… [...]


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