Del ateismo a la fe (2): Una ley moral universal

Lunes, 27 febrero, 2012

Ya vimos en del ateismo a la fe (1), como comenzó el proceso de conversión de Francis S. Collins. En esta entrada seguimos narrando su interesante proceso intelectual de conversión según él mismo lo cuenta:

“El libro era Mero cristianismo, de C. S. Lewis. En los siguientes días, al pasar sus páginas luchando por absorber la amplitud y profundidad de los argumentos intelectuales expuestos por ese legendario erudito de Oxford, me di cuenta de que mis propios conceptos contra la plausibilidad de la fe eran los de un niñito. Claramente debía iniciar con una página en blanco y considerar la más importante de las preguntas humanas. Lewis parecía conocer todas mis objeciones, incluso a veces antes de que yo terminara de formularlas. Invariablemente las abordaba en las siguientes páginas. Cuando luego me enteré de que Lewis mismo había sido un ateo que se había dispuesto a refutar la fe con base en argumentos lógicos, comprendí cómo podía él saber tanto de mi camino: también había sido el suyo.

El argumento que más atrajo mi atención y más removió mis ideas sobre la ciencia y el espíritu hacia sus mismos fundamentos estaba allí mismo, en el Libro Uno: Lo correcto y lo incorrecto como una clave sobre el significado del universo. Si bien de muchos modos lo que Lewis describía como “ley moral” era una característica universal de la existencia humana, de otras maneras era como si la reconociera por primera vez.

Framcis dice a continuación que la experiencia cotidiana pone en evidencia este postulado de la existencia de una norma moral innata y universal. Ejemplo de ello, dice, son los furiosos debates que, en el área de la medicina,  rodean actualmente la pregunta de si es aceptable realizar investigaciones en las células madre de embriones humanos. Para algunos tal investigación viola la santidad de la vida humana; para otros el potencial de aliviar el sufrimiento humano constituye un mandato ético para proceder. Para Francis S. Collins no hay duda:

“Nótese que en cada uno de estos ejemplos, cada facción intenta apelar a una medida superior no mencionada. Esa medida es la ley moral, que también se podría llamar “la ley de la conducta recta”, y su existencia en cada una de estas situaciones parece incuestionable. Lo que se debate es si una acción u otra es una aproximación más cercana a las exigencias de esa ley. Los que son acusados de quedarse cortos, por ejemplo, el esposo que no es suficientemente cordial con la amiga de la esposa, generalmente explican con una variedad de excusas las razones por las que no los deberían molestar. Generalmente no responde el acusado: “Al diablo con tu concepto de conducta recta”.

Lo que tenemos aquí es muy peculiar: el concepto de lo correcto y lo incorrecto parece ser universal entre todos los miembros de la especie humana, si bien su aplicación puede producir resultados muy diferentes. Por lo tanto, parecería tratarse de un fenómeno casi como una ley, como la ley de gravedad o la de relatividad especial. Sin embargo, en este caso, si somos honestos con nosotros mismos, se trata de una ley que rompemos con asombrosa regularidad. Hasta donde comprendo, esta ley parece aplicarse peculiarmente a los seres humanos. … Es esa conciencia del bien y el mal, junto con el desarrollo del lenguaje, la conciencia de sí mismo y la capacidad de imaginar el futuro lo que los científicos generalmente refieren cuando tratan de enumerar las cualidades especiales del Homo sapiens.
Pero, ¿es este sentido del bien y el mal una característica intrínseca del ser humano o es sólo una consecuencia de las tradiciones culturales? Algunos argumentan que las culturas tienen diferencias tan grandes en las normas de conducta, que cualquier conclusión relacionada con una ley moral común carece
de fundamento. Lewis, estudioso de muchas culturas, llama a esto “una mentira, una mentira que suena bien. Si un hombre se pasara algunos días en una biblioteca con una Enciclopedia de religiones y ética, pronto descubriría la masiva unanimidad de la razón práctica en el hombre. En el himno babilónico a Samos, en las leyes de Manu, en el Libro de los muertos, los analectas, los estoicos, los  platónicos, los aborígenes australianos y los pieles rojas, recogería las mismas y triunfantemente monótonas condenas a la opresión, el asesinato, la traición y la falsedad; los mismos mandamientos de amabilidad a los ancianos, los niños, los débiles, el dar limosna y el ser imparciales y honestos”.

En este punto Francis S.Collins hace esta interesante reflexión:

“Permítame detenerme aquí para señalar que la conclusión de que la ley moral existe, está en serio conflicto con la filosofía posmodernista actual, que afirma que no existen el bien y el mal absolutos, y que toda decisión ética es relativa. Esta visión, que parece muy extendida entre los filósofos modernos pero que asombra a la mayoría del público en general, enfrenta una serie de trampas lógicas. Si no existe una verdad absoluta, ¿puede ser verdad el posmodernismo mismo? Ciertamente, si no existen el bien y el mal, no hay razón para argumentar sobre la disciplina de la ética, en primer lugar.

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