“La ley natural no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en nosotros por Dios” (S. Tomás de Aquino)

Jueves, 17 noviembre, 2011

jugando con el sol

jugando con el sol

Se cuenta que en cierta ocasión el demonio se encaró con Dios acusándole de injusto:

-“No hay derecho -le dijo. Yo te ofendí una vez y me has condenado para siempre. Los hombres te ofenden miles y miles de veces, y siempre les perdonas”.

A lo que Dios le respondió:

-“Y tú, ¿me pediste perdón alguna vez?”

Un erro, mucho más frecuente de lo que pensamos, es decidir cosas suplantando a los demás. Por ejemplo, podemos decidir lo que le gusta a una persona o no: “venga, no digas que no te gusta, yo sé que sí”. O lo que tiene que hacer: “tú no sabes ni lo que quieres, hazme caso y haz esto”. O lo que le ofende: “no disimules porque estoy seguro de que te duele, pero quieres hacerte la superwoman”. Todos estos ejemplos sabéis que no se alejan mucho de la realidad. Son cosas que pasan cada día. ¿Verdad que no te gustaría que nadie decidiera lo que tienes que hacer, lo que te gusta o lo que te ofende? Otra cosa es que nos aconsejen o nos sugieran algo.

Pues bien, parece ser que algunas personas saben mejor que Dios mismo lo que le ofende y lo que no le ofende. Incluso se atreven a tomar decisiones por Él. Son las mismas que se atreven a decir, sin inmutarse ,que tal o cual cosa ya no es pecado, que aquello ya no puede ofender a Dios, porque los tiempos han cambiado o por cualquier otro motivo que se les venga a la cabeza en ese momento. Parecen olvidar que Dios nos dejó bien claro lo que le ofende -los Diez Mandamientos- y que por mucho que pasen los años, como el ofendido es Dios y Dios no cambia, traspasar esos Diez Mandamientos siempre ofenderá a Dios por mucho que algunos digan que no son pecado.

Pero, además, conviene recordar que esos Mandamientos no son arbitrarios. No matar, no mentir, no robar o no adulterar son mandatos de Dios precisamente porque al transgredirlos  destruyen la imagen de Dios que hay en el hombre, es decir, hacen daño también al hombre. Y este daño es objetivo, por mucho que en alguna ocasión nos pueda apetecer mucho robar o estrangular a alguien. El pecado ofende a Dios y ofende también al hombre, rompe su ser y su destino. Le descamina y le roba el tesoro más preciado: que es ser hijo de Dios.

Además como dice el catecismo: “La ley natural [los Diez Mandamientos] no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar. Esta luz o esta ley, Dios la ha dado a la creación” (S. Tomás de Aquino, dec. praec. 1) (cfr. CEE 1955).

A algunas personas les puede pasar lo mismo que cuando a un niño le hacen un regalo. El niño dice “es mío” y va con el regalo a todas partes y a nadie se lo deja. Algo parecido nos puede pasar con la inteligencia y la capacidad de decisión: que las usemos para nosotros mismos. La inteligencia y la capacidad de decisión podemos usarlas para muchas y variadas cosas. Como todo lo nuestro, la inteligencia podemos ponerla al servicio de los demás o de nosotros mismos. Igualmente las decisiones pueden ir orientadas pensando exclusivamente en nosotros mismos o podemos también tomar decisiones que ayuden a los demás a ser mejores, a ser más felices. 

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