Los silencios de Dios

Martes, 15 noviembre, 2011

Aunque a Dios le podemos preguntar todo lo que queramos, puede ocurrir que, algunas veces, Dios guarde silencio. C. S. Lewis, en “Una pena en observación”, reflexionaba sobre ese silencio de Dios ante nuestras preguntas: “Cuando le planteo [ciertos] dilemas a Dios, no hallo contestación… Es como si Dios moviese la cabeza… diciendo: «Cállate, hijo, que no entiendes.»”
La vida tiene sus misterios. Normalmente Dios calla cuando erramos en el modo de formular las preguntas.
Siempre recordaré —cuenta el filósofo José Ramón Ayllón— la pregunta de una conocida periodista, poco después de los atentados que conmocionaron al mundo en el año 2001: ¿Dónde estaba Dios el 11 de septiembre?” Su respuesta fue la única realmente a la medida del misterio del mal: “Dios estaba clavado en una Cruz, en agonía por ese atentado y por todas las barbaridades de la historia humana.”

Por ejemplo, ante el misterio del sufrimiento humano, en algunas ocasiones la pregunta adecuada quizá no sea “¿por qué?”, sino “¿por quién?”. El sufrimiento es algo personal e intransferible. Pero sí se puede compartir. Dios pudo hacerlo y se atrevió. Y lo sigue haciendo ahora. Pero su sufrimiento fue silencioso, como oveja muda… Por eso a veces no entendemos los silencios de Dios… Y por eso no entendemos el silencio del sufrimiento de Dios… Estamos demasiado ocupados lamentando el nuestro. ¿Quién consuela a Dios?

Bibliografía:

  • C. S. Lewis. “Una pena en observación”. Ed. Anagrama, 6ª Edición, septiembre 1997
  • Cfr. ideas semanales

Lo que vale al final

Martes, 15 noviembre, 2011

Alfonso Daudet, en “Cartas desde mi molino“, narra la siguiente conmovedora historia. Al hijo de rey de Francia, al Delfín, le había llegado la hora de morir. El capellán trata de inculcar conformidad y esperanza al niño. Pero el pequeño no entiende que, siendo el Delfín, tenga que morir.

- “Que muera en mi lugar Beppo, mi fiel amigo. Le pagamos bien y, como otras veces, ocupará mi puesto”.

El capellán le dice que la muerte es “personal e intransferible”.

- “Al menos, me pondré mis vestidos de armiño, para entrar en el cielo vestido de Delfín ­replica ingenuamente”.

Nueva intervención del sacerdote. Al fin, llorando y volviéndose hacia la pared, el niño exclama: - “Entonces, ser Delfín, no vale de nada”.

De cara a la realidad de la muerte “Ser Delfín no vale de nada”. Lo que vale es haber sido un buen Delfín. Vale haber hecho bien el papel que nos ha asignado Dios a cada uno. Con la muerte dejamos el papel y todo lo que lo rodea. Solo el cómo lo hayamos hecho, eso nos acompañará eternamente.

“Ven pronto. Estoy gravísimo”

Martes, 15 noviembre, 2011

Albéniz y Clara Sansoni

Don Federico Sopeña contó en una conferencia la siguiente anécdota de Isaac Albéniz:

Albéniz estaba casado desde muy joven. Un día su mujer, en España, recibió un telegrama puesto en París, donde Isaac ofrecía un recital de conciertos. En el telegrama le decía:

• “Ven pronto. Estoy gravísimo”.

Se puso la mujer en camino. Y cual no sería su sorpresa cuando al llegar a la estación, en París, se encontró a su marido fumando un enorme puro y rebosante de salud y de felicidad al verla.

• “Pero tú, ¿no estabas enfermo? ¿No decías que estabas gravísimo?”, ­le preguntó su mujer.

“Sí, ­-contestó Albéniz-. Gravísimo. Estaba empezando a enamorarme”.

Si el matrimonio no tiene importancia, es absurdo entrar en él. Y si es importante, es lógico defenderlo con toda el alma. La fidelidad es cuestión de voluntad: es fiel el que quiere serlo. No se puede ir por la calle con el corazón en la mano.

Y tampoco se puede vivir de rentas en el matrimonio: el amor o crece o muere. Cuando de verdad se ama, se quiere amar más: “si dices basta, estás perdido” (San Agustín). Alguien ha dicho que el amor abre hambre de infinito.

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