Todos tenemos una vieja sed de sonrisas

Miércoles, 9 noviembre, 2011

Se cuenta de don Miguel de Unamuno que fue a visitar al rey Alfonso XIII para agradecerle una condecoración que le habían concedido. En la entrevista advirtió al monarca que, al fin, le habían hecho justicia, ya que aquella condecoración la tenía más que merecida. El rey, sonriendo, le dijo: “Otros condecorados, don Miguel, dicen siempre que no se la merecen”. “Y tienen razón” ­replicó Unamuno… Y es que la jactancia entraña siempre dos errores o, quizás, dos maldades: el excesivo autoaprecio y el desprecio de los demás. Ni tanto ni tan poco. La realidad es que ni hay razón para creerse uno tanto ni para creer a los demás tan poco.

La soberbia ciega e incapacita para ver la verdad. Pero ¿a qué verdad nos referimos exactamente? El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada, afirmó de modo rotundo el Señor. También San Agustín comparaba la necesidad de la gracia divina a la de la luz para ver: es el ojo el que ve, pero no podría hacerlo si no hubiese luz. Aún así, la gracia no suprime la libertad, pues somos nosotros quienes queremos y actuamos. Las obras grandes que Dios quiere realizar con nuestra vida han de atribuirse al Artista, no al pincel. La gloria del cuadro pertenece al pintor; el pincel, si tuviera vida propia, tendría la dicha inmensa de haber colaborado con un maestro tan grande, pero no tendría sentido que se apropiara el mérito. Si somos realistas, si sabemos ver la realidad, todos tenemos muchas cosas buenas para disfrutar y para agradecer a Dios. La añoranza, el deseo, de lo que no tenemos no nos deja disfrutar ni agradecer lo que tenemos. Y eso, además de una ingratitud, es un negocio ruinoso.

La gratitud con Dios nos llevará como de la mano a las virtudes sociales. Jesucristo, con su vida y su predicación, reveló el aprecio por la amistad, la afabilidad, la templanza, el amor a la verdad, la comprensión, la lealtad, la laboriosidad, la sencillez… Estas virtudes hacen más grata y fácil la vida cotidiana: familia, trabajo, tráfico… En muchas ocasiones sólo podremos decir gracias, o una expresión parecida que comunica ese sentimiento del alma. En la alegría que ponemos en ese gesto está nuestro agradecimiento. Cuesta muy poco ser agradecidos y es mucho el bien que se hace: se crea un ambiente nuevo, unas relaciones cordiales. En la medida en que aumentamos nuestra capacidad de apreciar los favores y pequeños servicios que recibimos, sentiremos la necesidad de agradecer de alguna manera: que la casa esté en orden y limpia, que uno haya cerrado las ventanas para que no entre el frío o el calor, que encontremos la ropa limpia y planchada… Leer el resto de esta entrada »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 523 seguidores

%d personas les gusta esto: