Ofrecimiento del trabajo

Wihelm Ketteler

Poco después de haber muerto el que fue obispo de Maguncia, Mons. Guillermo Ketteler, L’Osservatore Romano hizo público el siguiente recuerdo de su vida:

En uno de sus viajes celebró la Santa Misa en un colegio de religiosas. Al darles la comunión, cuando se acercó una de las últimas monjas, se conmovió profundamente; a duras penas pudo contener la emoción y acabar la Santa Misa. Antes de marcharse manifestó a la superiora su deseo de saludar y despedirse de las religiosas. Fue hablando con cada una y pensando: “no es ésta., no es ésta.”. Preguntó si faltaba alguna. Y la superiora le respondió que sí: faltaba la hermana cocinera. El obispo dijo que le gustaría despedirse también de ella. Cuando la vio delante se dijo para si: “ésta es”. Hablando con ella, le preguntó si rezaba mucho. Y ella, con gran sencillez, le respondió:

• No puedo rezar mucho porque siempre estoy ocupada. Lo que sí hago es ofrecer el trabajo del día. Y para estar más atenta, ofrezco la primera hora del día por el Papa, la segunda por los padres de familia, la tercera por los obispos. y la última del día, cuando es mayor el cansancio, por los muchachos a quienes Dios quiere sacerdotes, para que le escuchen atentamente y respondan “si” con generosidad.

Cuando la hermana cocinera se marchó, el obispo le contó a la superiora la siguiente historia, con el compromiso de guardarla en secreto mientras él viviese.

• Había un joven, de dieciocho años, con dinero, ya que pertenecía a una familia bien acomodada económicamente. No pensaba más que en divertirse. Una noche, mientras estaba bailando, de repente, vio delante el rostro de una monja que rezaba por él y miraba fijamente su alma.

Impresionado, se marchó del baile. También él se miró y encontró su vida vacía. ¿Qué querrá Dios de mí? ­se preguntaba.

Poco después ingresaba en un seminario, se ordenó sacerdote, más tarde fue consagrado obispo y ahora está hablando con usted.

Hoy, al distribuir la comunión, he reconocido el rostro de aquella religiosa que vi en mi juventud: es la hermana cocinera. No le diga nada de esto. Ya verá en el Cielo los frutos de su trabajo. Pero anímela mucho a que siga siempre ofreciendo esa última hora del día por los muchachos a quienes Dios llama al sacerdocio, para que sean generosos y digan “sí” al Señor.

Lamentamos que hay pocos sacerdotes. ¿No será que hay poca gente que reza para que haya más? No es mala idea ofrecer a Dios horas de trabajo.