Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

 En la tradición evangélica se nos transmite el modo de orar de Jesús, que se dirige a Dios llamándolo con el apelativo familiar arameo Abbá, Padre. Al estilo de los Salmos, alaba y bendice al Padre, creador del mundo y Señor de la historia, porque escoge como destinatarios de su revelación a los «pequeños», esos que no pueden reivindicar derechos y privilegios. A estos, Jesús se les presenta como el «Hijo», el único que hace posible el encuentro y la plena comunión con el Padre. Ante la perspectiva de su muerte inminente, Jesús halla la raíz de su libertad de Hijo en el abandono confiado en el Padre.

Según la tradición recogida en el Evangelio de Lucas, la oración de Jesús, que bendice al Padre por la elección de los pequeños, acontece bajo el impulso del Espíritu Santo. Con ocasión de su bautismo en el río Jordán, el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús y lo acompaña en su misión, que se caracterizará por el «bautismo» en el Espíritu Santo. Juan el Bautista proclama: «El que me envió a bautizar con agua me dijo: Sobre quien veas descender y posarse el Espíritu, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios» (Juan 1, 33-34).

La tradición del cuarto Evangelio muestra a Jesús que, en la tarde de la Pascua, se presenta a los discípulos como el Señor resucitado, encargándoles continuar la misión que Él había recibido del Padre. Con un gesto, que evoca la creación del ser humano -hecho vivo por el soplo de Dios-, Jesús comunica a los discípulos el Espíritu Santo, para la remisión de los pecados. El Resucitado cumple así la promesa, formulada a los discípulos antes de su muerte, de enviar otro Paráclito —«Consolador» y «Defensor»—, el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, a fin de llevar a cabo su revelación y testimonio en el mundo. Según la tradición de los tres primeros Evangelios, a los discípulos que compartan su proyecto y lo sigan en la persecución, Jesús les promete el don del Espíritu Santo, que les dará fuerza y sabiduría para ser sus testigos ante los magistrados y las autoridades.

A la luz de las palabras de Jesús, conservadas y transmitidas en los Evangelios, se intuye que Él vive una relación profunda y única con Dios, el Padre, hasta el punto de que puede presentarse como «el Hijo». Cuando habla del Espíritu Santo, Jesús reconoce que proviene de Dios, el Padre, al igual que Él mismo ha sido enviado por el Padre. En esta experiencia de Jesús se enraíza la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, de los primeros discípulos y de las comunidades cristianas, fundadas por san Pablo y los demás apóstoles en las ciudades del Imperio romano.

«Yo y el Padre somos una sola cosa»

La profundización de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, tiene lugar en las primeras comunidades cristianas, que se confrontan con la raíz judía, en la que se reconoce que Dios es «un solo Señor». En la tradición del Evangelio de Juan se proclama abiertamente que, solo por medio de Jesucristo, el Hijo, se conoce al único Dios vivo y verdadero. Dios, al que nadie ha visto y oído jamás, se deja ver y escuchar por medio de Jesucristo, el único que lo ha visto y oído. Jesús no es otro Dios, sino el Hijo que dice las palabras escuchadas al Padre y cumple las obras que el Padre le ha mostrado y mandado ejecutar. En el diálogo con los discípulos antes de su muerte, Jesús revela su contacto con Dios mediante esta declaración: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14, 9).

En la tradición joánica, atestiguada en la primera Carta que lleva el nombre de Juan, se explicita la revelación de Dios Padre en Jesucristo, el Hijo único de Dios. Solo quien se deja implicar en el dinamismo del amor que proviene de Dios descubre el rostro del Padre. El amor de Dios, que precede a toda respuesta humana, se manifestó en la historia en Jesucristo, el Hijo único enviado por el Padre, aquel que afrontó la muerte como expresión máxima de su amor. Quien tiene experiencia de este amor reconoce que Dios es amor. El sello y la confirmación de esta experiencia de amor de Dios Padre, en su Hijo Jesucristo, es el don permanente del Espíritu Santo.

 Fuente: Carta a los buscadores de Dios, de la Confer, Episc, Italiana

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