Cuaresma, un tiempo de especial alegría

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Seguimos en Cuaresma, un tiempo de especial alegría. Porque convertirnos no solo es dar la espalda al amor propio desordenado -ese afán de imponernos, de querer tener siempre la razón o creernos mejores que los demás, etc-, y  así dar la espalda al pecado. San Maximiliano Kolbe cuando jugaba al ajedrez solía alegrarse mucho de las derrotas. Si le preguntaban por qué se alegraba tanto, daba a entender que al perder podía ejercer su agere contra, es decir, su rechazo del amor propio, para poder volverse plenamente hacia el Señor. A Santa Teresa del Nino Jesús le gustaba contarle a Jesús sus propios defectos con mucho detalle: «¿Es importante, Señor Jesús —pregunta santa Teresa del Niño Jesús— que constantemente tropiece? Gracias a ello veo mi debilidad y eso me reporta muchos provechos. Gracias a ello tú ves, Jesús, cuán mínimas son mis posibilidades y por eso me tomas con mayor deseo en tus manos». Convertirnos es, sobre todo, ponernos en camino a la fuente de la alegría. Es darnos cuenta de que todo un Dios nos ofrece un maravilloso plan de amor redentor y misericordioso. Es advertir que Dios no permitiría el mal en nuestras vidas, si no fuera porque sabe que puede sacar realidades mejores que antes de él. El canto litúrgico del pregón pascual se hace eco de este sentir tan cristiano, cuando grita ¡Oh Feliz culpa!

El padre Huvelin, confesor del Beato Carlos de Foucauld, cuenta como un día se levantó con un ansia ardiente de impartir la absolución sacramental y que desde primera hora estuvo esperando para poder confesar a alguien. Ya llegada a la noche, Dios le hizo saber que esa gracia era un pálido reflejo del ansia, constante e insaciada, que Él mismo tiene de perdonarnos. Vamos a darle esa alegría a Dios. Vamos a colmar esa ansía de Dios de ver que ha valido la pena el sacrificio de su Hijo en la Cruz por nuestros pecados, que no ha sido algo inútil, ya que por eso ansía absolvernos de nuestros pecados. Pensemos más en esto que en nosotros. En la parábola del hijo pródigo se expresa muy vivamente esta realidad, cuando vemos a Dios en la figura del Padre que feliz y gozoso sale al encuentro de su hijo llenándole de besos y celebrando un gran banquete de fiesta en su honor. De este modo el hijo descubre la grandeza del Amor que le tiene su padre, algo que quizás no hubiera llegado a descubrir de otro modo. Al ver como reacciona su Padre, y la alegría que le da su reencuentro, descubre el amor que le tiene su Padre; mucho mayor de lo que él nunca hubiera podido imaginar. Y es que si comparamos nuestra relación con Dios como una cuerda, que al romperse por el pecado, los extremos se separan, sin embargo, si se vuelven a anudar los cabos de cuerda rotos, resulta que  al final los extremos están más cerca que al principio de romperse.

Por eso, la actitud de un cristiano nunca puede ser derrumbarse, desistir o tirar la toalla. Y mucho menos la rabieta por ir lento o la tristeza de no avanzar. Todo eso es fruto del amor propio. No, la actitud correcta es la humildad confiada del niño pequeño que sube a traspiés y como pude por la escalera de la santidad que le lleva al Cielo. Y se dice: “Si, soy un desastre, Señor, ya lo ves. Pero contigo Señor, podré”. Y nos llenamos de alegría sabedores de que Dios ha venido para curar no a los sanos si no a los enfermos, no a los santos si no a los pecadores.

Por eso, cuando vayas al sacramento de la conversión (a confesarte), cuídate de no ir centrado en ti mismo, huye de esa actitud egocéntrica de acercarte a confesar como el que toma una aspirina para quitarse el dolor de conciencia, o del que va a limpiarse de la suciedad para sentirse limpio y mejor consigo mismo. Ese sale tranquilo del confesonario pero no alegre. Tu acércate pensando en Él. El Santo Cura de Ars decía que con nuestro pecado «Crucificamos a Cristo (de nuevo en nuestra alma), pero cuando vamos a confesarnos, vamos a liberarlo de la cruz», vamos a darle a Él la alegría de quitarle de la Cruz; y aunque es verdad que le hicimos esas heridas, ahora con nuestra contrición las curaremos, con nuestro dolor de amor ayudamos a que cicatricen más rápido. Y entonces saldremos gozosos del confesonario, con la misma alegría que sintieron Zaqueo y el Buen Ladrón al saber que habían hecho feliz al Señor y que con su conversión le habían dado el consuelo que necesitaba.

Madre, haz que sepa esta cuaresma poner en su sitio al Señor, que sepa tratarle como se merece, que sea para mi Dios, Dios; que sea Jesús, Jesús… Todo lo demás depende en el fondo de esto Madre mía.

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