¿Qué podemos esperar?

 

 

Las preguntas se multiplican. Cada cual tiene las suyas. Si bien se piensa, cambian las palabras, pero el grito se mantiene, común y compartido por todos: albergamos un gran anhelo de vida, de felicidad, de seguridad y de tranquilidad, pero el dolor, la fragilidad y la muerte parecen hechos aposta para descabalar todo eso. ¿Tenemos que resignarnos? ¿Apagar las ganas de vivir, refrenando nuestros impulsos? ¿Hemos de reconocer que esta no es nuestra casa y remitir todo a un después, cuando al fin estaremos en casa? Ahora bien, esta casa, lejana y no experimentable, ¿existe realmente o es una ilusión, más o menos como sucede con tantos proyectos que forjamos con nuestras ambiciones y acaban dejándonos un amargo sabor de boca? Alguno va más allá, pensando: dejemos de soñar y contentémonos con lo que podemos tener en mano. Paciencia, por tanto, si hemos de robarlo violenta o astutamente a otros. Esta es la vida. ¿No es más sabio resignarse?

Nuestra experiencia cotidiana se ve tentada con frecuencia a caer en la resignación o en el cinismo; sin embargo, siente continuamente una fuerte necesidad de esperanza. ¿Pero qué significa esperar?

La esperanza tiene que ver con la alegría de vivir. Supone un futuro que aguardar, que preparar, que desear (…) La esperanza (…) da sentido y motiva todo sentimiento nuestro, toda aspiración, todo proyecto (…) nos proporciona un hilo conductor que aglutina e ilumina todo. Si hay esperanza, hay paciencia, además de la oportuna vigilancia que sabe calibrar las cosas e impulsa a aplicarse en cada una. No se puede vivir sin esperanza: sería como vivir sin conseguir dar una respuesta inicial a la pregunta sobre «por qué estoy en el mundo». Todos tenemos necesidad de un horizonte de sentido, a fin de poder afirmar algo verdadero sobre nuestro futuro.

Tiene sentido esperar que lo que deseamos se hará realidad; al igual que tiene sentido esperar el éxito en cada uno de los asuntos que pretendemos. Existe una esperanza a nivel personal y una esperanza a nivel histórico-cósmico. El tiempo y las circunstancias son importantes para dar un contexto y un contenido a nuestras esperanzas. Existe una esperanza que nace y crece gracias al trato con las personas; es más, ciertos contactos, abiertos al diálogo y a la colaboración, generan esperanza, porque nos hacen sentirnos acogidos y buscados, y nos estimulan a la acción.

Ahora bien, ¿cabe pensar y desear la esperanza como don que nos viene de modo imprevisible, como una intervención no solamente humana? ¿Un don que trasciende nuestras posibilidades, nuestros proyectos, nuestros horizontes? En los momentos más felices, así como en los más profundos, incluso cuando los padecemos, soñamos con una esperanza que cree y que ama: la esperanza de quien se siente amado, buscado, sostenido cotidianamente, con un crescendo de sentido, de alegría, de operatividad constructiva, que va más allá del final de todo. ¿Es esta la esperanza que viene de Dios?

(Seguiremos)

Fuente: Conferencia Episcopal Italiana, Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, el Anuncio y la Catequesis, CARTA A LOS BUSCADORES DE DIOS. Presentación: BRUNO FORTE

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