Epulón, Lázaro, tú y yo

Miércoles, 22 septiembre, 2010

El próximo será ya el 26 Domingo del tiempo ordinario. En el Evangelio Jesús narra la parábola de Lázaro y el rico Epulón. Y vemos a Abrahán recordando a Epulón: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado y tú atormentado. Este domingo, como el anterior, se centra sobre las riquezas. Pero quién es Lázaro, y cómo es Epulón en sus ratos libres.

Empecemos por Epulón. Podemos suponer que -cuando no está comiendo-, Epulón oye música o lee para descansar en casa, sale a hacer deporte, le gusta estar con los amigos, y no falta los domingos a misa. Le vemos rezar por las noches, y si quieres, podemos imaginar que se confiesa de vez en cuando. Aunque es curioso pero cuando prepara su examen de conciencia, ni siquiera advierte, no cae en la cuenta, vamos que ni se le pasa por la cabeza, ese fastidioso asunto del mendigo de su puerta. Sí, se acusa de… “de lo de siempre, padre; ya sabe usted… Que si hablamos mal de alguien” –te has fijado en que emplea el plural, así, sin quererlo, busca la complicidad del confesor, de modo que este al sentirse incluido no se atreva a decirle nada-; “que si alguna discusión con mi señora, que si no he rezado lo suficiente, ya sabe usted…” Y así, va Epulón por este mundo, hasta que concluya sus días… ¡Ahí le tienes! Ya ves que la cosa no parece tremenda, ni como para mirar a otro lado, va sencillamente “tirandillo“.

¿Y quién es Lázaro? ¿Cómo es la vida de Lázaro? ¿Qué hace cuando no está en la puerta de nuestro Epulón? Pues… nada. Curiosamente, no hace nada, porque no suele salir de allí. Se queda esperando con una paciencia infinita a que Epulón le abra: “he aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20). Se queda esperando crucificado, cubierto de llagas, manso y humilde…

Ya te habrás dado cuenta de quién es Lázaro y de quien eres tú ¿verdad? Te diré, por si no lo sabías, que Lázaro ama locamente a Epulón. Por él abandonó todos los tesoros que tenía junto a su Padre; por él se hizo hombre y vino a este mundo; por él nació pobre, vivió pobre, y muere pobre. Por él, por ti, está ofrecido en una Cruz pidiendo a Dios perdón por los pecados de su “oveja descarriada”… Pero, ay, si Epulón no abre la puerta… ¿de qué le servirá tanto Amor? Habrá de conformarse con los langostinos y el caviar.

Mientras tanto tu Madre y la mía, pasea sus ojos de ti a mí y de mi a Él, de un hijo a otro. Espera algo… ¿se lo daremos?

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