La abolición del hombre: “El camino”

El capítulo 2 (El Camino) del libro que estamos analizando: La abolición del hombre, de Clive Staples Lewis, se trata de un capítulo extenso y rico en ideas. En síntesis Lewis dedica este capitulo 2 a evidenciar la contradicción interna del planteamiento de los autores de El libro verde, que ya vimos al tratar de los hombres sin pecho:

La mayoría de los que menoscaban los valores tradicionales o (como suelen llamarlos) “sentimentales”, tienen sus propios valores que parece ser inmunes a tal proceso de descrédito. Proclaman estar cortando con el desarrollo “parasitario” del sentimiento, de la aquiescencia religiosa y de los tabúes heredados con el fin de que los valores “reales” o “fundamentales” puedan salir a flote. Intentaré a continuación descubrir qué sucede si se afronta este problema seriamente.” …

Lewis tras entregarse en una lógica rigurosa a desvelar el trasfondo contradictorio que encierra el planteamiento de Gayo y Tito en El libro Verde, aclara al final del capítulo la otra postura más fuerte y rigurosa de quienes en realidad pretenden un pragmatismo total carente de valores éticos:

Con el fin de evitar malos entendidos, tengo que añadir que, a pesar de ser yo mismo teísta, e incluso cristiano, no estoy aquí esbozando ningún argumento indirecto a favor del teísmo. Tan sólo estoy argumentando que si debemos tener “de algún modo” valores, debemos aceptar los principios últimos de la Razón Práctica como algo con validez absoluta; así, cualquier tentativa, siendo escépticos en este punto, de volver a introducir el valor más bajo, sobre una base supuestamente más “realista”, está condenada al fracaso. Que esta posición implique un origen sobrenatural del Tao o no, no es una cuestión que me interese precisar aquí.

Entonces, ¿cómo se puede esperar que la mente moderna acepte la conclusión a la que hemos llegado? Este Tao al que parece que debemos atender como algo absoluto es, simplemente, un fenómeno como cualquier otro: el reflejo en las mentes de nuestros antepasados del ritmo que la agricultura imponía a sus vidas o, incluso, de su fisiología. Hasta ahora sabemos cómo se producen, en teoría, tales fenómenos: pronto lo sabremos con detalles; y, eventualmente seremos capaces de producirlos a voluntad. Por supuesto, cuando no sabíamos de qué modo se creó la mente, aceptamos este accesorio mental como un dato, incluso como un amo. Aun así, muchos objetos en la naturaleza que fueron nuestros amos se han convertido en nuestros esclavos.

¿Por qué no también éste? ¿Por qué se debe quedar corta nuestra conquista de la naturaleza, en estúpida reverencia, ante este elemento último y resistente de la “naturaleza” que hasta ahora se ha llamado conciencia del hombre? Nos amenazan con oscuros desastres si nos apartamos de ella: pero nos han amenazado en ese sentido los oscurantistas a cada paso de nuestro caminar, y todas las veces se ha mostrado falsa tal amenaza. Dicen que nos quedaremos sin valores si nos apartamos del Tao. Muy bien: probablemente, descubriremos que podemos desenvolvernos con comodidad sin ellos. Consideremos todas las ideas sobre lo que tenemos que hacer únicamente como una interesante rémora psicológica: apartémonos de todo eso y empecemos a hacer lo que nos plazca. Decidamos por nosotros mismos lo que debe ser el hombre y hagamos que lo sea: pero no sobre la base de un valor imaginado, sino porque queremos que sea eso y no otra cosa. Una vez dominado nuestro entorno, dominémonos a nosotros mismos y elijamos nuestro propio destino.

Esta es una posición muy plausible: y a los que la sostienen no se les puede acusar de contradictorios como a los escépticos sin corazón que aún esperan encontrar valores “reales” cuando han desechado los tradicionales.

Esto último supone el rechazo total del concepto de valor. Necesitaré otra lección para considerarlo.”

Seguiremos la próxima semana.

Cfr. Texto del capítulo 2 El Camino:

Bajo una única perspectiva trabaja el gentilhombre

Confucio, Anales I.2

El resultado práctico de la educación según el espíritu de El libro verde es la destrucción de la sociedad que acepta dicho espíritu. Pero esto no supone, necesariamente, la refutación de la teoría del subjetivismo de los valores. La verdadera doctrina debe ser tal, que si la aceptamos, estamos dispuestos a morir por ella. Nadie que hable desde el Tao podría rechazarla por tal motivo. Pero todavía no hemos llegado a ese punto. Existen dificultades teóricas en la filosofía de Gayo y Tito.

A pesar de lo subjetivos que puedan ser al considerar algunos de los valores tradicionales, Gayo y Tito, por el simple hecho de escribir El libro verde, han explicitado que deben existir otros valores en absoluto subjetivos. Ellos escriben con el fin de provocar determinadas imágenes mentales en las nuevas generaciones: y no porque piensen que dichos esquemas mentales sean intrínsecamente justo o buenos, sino, ciertamente, porque consideran a dichas generaciones como el medio hacia un estado de la sociedad que estiman deseable. No sería difícil (aunque sí fatigoso) recoger en varios pasajes de El libro verde cuál es su ideal; pero no es necesario hacerlo. Lo importante no es precisar la naturaleza del fin que persiguen, sino el hecho de que tal fin exista o no. Y debe existir, pues en caso contrario, este libro (siguiendo un razonamiento estrictamente pragmático) habría sido escrito sin propósito alguno.

Además, este fin debe tener un valor real ante sus ojos. Eludir llamarlo “bueno” y utilizar, en su lugar, calificativos como “necesario”, “progresista” o “eficaz” sería un subterfugio. A través de una argumentación, se les podría conminar a responder a las preguntas: ¿necesario para qué? ¿progresando hacia dónde? ¿con qué eficacia?; como último recurso, tendrían que admitir que el estado de la cuestión es, en su opinión, bueno para sus propios intereses. Y esta vez no podrían mantener que “bueno” simplemente refleja sus emociones sobre el tema, dado que el objetivo último de su libro es el de condicionar al joven lector para que comparta sus aseveraciones; y esto sería empresa o de un loco o de un mezquino, salvo que consideraran que dichas aseveraciones fueran, de algún modo, válidas o correctas.

De hecho Gayo y Tito se encontrarían sosteniendo, con un dogmatismo completamente acrítico, todo el sistema de valores que estuvo de moda entre los jóvenes de educación moderada de las clases profesionales en el periodo de entreguerras. Su escepticismo en relación a los valores es sólo superficial: es aplicable respecto a los valores de los demás, pero sobre su propio sistema de valores no son en absoluto escépticos. Y este fenómeno es muy habitual.

La mayoría de los que menoscaban los valores tradicionales o (como suelen llamarlos) “sentimentales”, tienen sus propios valores que parece ser inmunes a tal proceso de descrédito. Proclaman estar cortando con el desarrollo “parasitario” del sentimiento, de la aquiescencia religiosa y de los tabúes heredados con el fin de que los valores “reales” o “fundamentales” puedan salir a flote. Intentaré a continuación descubrir qué sucede si se afronta este problema seriamente.

Sigamos usando el ejemplo anterior -el de la muerte por una causa justa pero no, por supuesto, porque la virtud sea el único valor o el martirio la única virtud, sino porque éste es el experimentum crucis que analiza diferentes sistemas de pensamiento del modo más clarificador. Supongamos que un “innovador” de valores considera dulce et decorum y greater love hath no man como meros sentimientos irracionales que deben ser desterrados a fin de poder descender al terreno “realista” o “fundamental” de este valor. ¿Dónde encontraría un terreno así? En primer lugar, podría decir que el valor real se encuentra en la utilidad que para la comunidad tiene un sacrifico de este tipo. “Bueno” -podría decir- “significa útil para la comunidad”. Pero, por supuesto, la muerte de la comunidad no es útil para la propia comunidad: únicamente podría serlo la muerte de algunos de sus miembros. Lo que realmente se quiere decir es que la muerte de algunos hombres es útil para otros hombres. Eso es muy cierto: ¿pero cual es el fundamento por el que se les pide a algunos hombres que mueran en el beneficio de otros? Cualquier apelación al orgullo, al honor, a la dignidad o al amor es excluida por hipótesis. Hacer uso de ello implicaría reconsiderar el sentimiento, y la tarea del “innovador” es, una vez desligado de todo eso, explicar a los hombres, en términos de puro razonamiento, por qué se les pide que mueran para que otros puedan vivir. Podría decir: “A menos de que algunos corramos el riesgo de morir, todos nosotros moriremos con seguridad”. Pero eso será cierto tan sólo en un número muy limitado de casos; y aún siendo cierto, se podría rebatir de modo muy razonable contestando con la pregunta: “¿Por qué he de ser yo uno de los que corran ese riesgo?” Llegados a este punto, el “innovador” debería preguntarse por qué, después de todo, el egoísmo debería ser más “racional” o “inteligente” que el altruismo. Sea bienvenida la pregunta. Si por Razón entendemos el proceso (es decir, el proceso de inducir por inferencia de proposiciones, derivadas en último extremo de datos sensoriales, proposiciones ulteriores) que siguen realmente Gayo y Tito cuando se ocupan de menoscabar los sentimientos, entonces la respuesta debe ser que rechazar sacrificarse uno mismo no es más racional que acceder a hacerlo. Ni tampoco es menos racional.Ninguna elección es en absoluto racional o irracional. No se puede seguir ninguna conclusión práctica de las proposiciones referentes a hechos aislados. Esto preservará a la sociedad no puede llevar a haz esto salvo que medie el la sociedad debe ser protegida. Esto te costará la vida no puede llevar directamente a no hagas esto: sólo conducirá a ello si existe un deber consciente o un instinto de autoconservación. El “innovador” intenta obtener conclusiones en modo imperativo a partir de premisas formuladas en modo indicativo: y aunque lo intente eternamente no podrá tener éxito, porque tal cosa no es posible. Por consiguiente, deberemos ampliar la palabra Razón para incluir lo que nuestros antecesores llamaron Razón Práctica y confesar que juicios tales como la sociedad debe ser protegida (aunque éstos se puedan sostener sin la clase de Razón que Gayo y Tito exigen) no son simples sentimientos, sino que constituyen la racionalidad misma; o, en caso contrario, debemos eludir, de una vez por todas, el intento de encontrar un núcleo de valor “racional” más allá de los sentimientos que hemos menoscabado. El “innovador” no elegir á la primera alternativa, puesto que los principios prácticos que todos los hombres conocen como Razón son, simplemente, el Tao que él pretende sustituir.

Más bien decidirá evitar la búsqueda del núcleo “racional” e indagar en otros campos más “realistas” y “fundamentales”.

Y esto probablemente creerá haberlo encontrado en el Instinto. La preservación de la sociedad y de la propia especie son fines que no penden del precario hilo de la Razón: dependen del Instinto. Por eso es por lo que no es necesario rebatir al hombre que no los reconoce. Tenemos una exigencia instintiva de preservar nuestra especie. Esta es la razón por la que los hombres deben trabajar para la posteridad. No tenemos una exigencia instintiva para mantener las promesas o para respetar la vida de cada individuo; por eso, tener escrúpulos en relación a la justicia o a la humanidad -lo que de hecho es el Tao- es algo que se puede eliminar sin más cuando entra en conflicto con nuestro fin real: la preservación de las especies. Esta es la razón por la que, de nuevo, la situación moderna permite y requiere una nueva moral sexual: los viejos tabúes jugaron un papel importante como ayuda para preservar las especies; pero los anticonceptivos han modificado esta situación y de este modo, se pueden abandonar muchos de aquellos tabúes, puesto que, por supuesto, el deseo sexual, siendo instintivo, debe ser satisfecho mientras no entre en conflicto con la preservación de las especies. Parece como si, de hecho, una ética basada en el instinto diera al “innovador” todo aquello que desea y evitara todo aquello que no desea.

En realidad no hemos subido un solo peldaño. No insistiré en que llamamos Instinto a lo que no conocemos (pues decir que las aves migratorias encuentran su itinerario por instinto es sólo decir que no sabemos cómo lo encuentran), y aquí se está usando de un modo adecuado en cuanto que expresa un impulso irreflexivo o espontáneo ampliamente percibido por los miembros de una especie determinada. ¿De qué manera nos ayudará el Instinto, así concebido, a encontrar valores “reales”? ¿Se puede sostener que debemos obedecer al Instinto, que no podemos obrar de otro modo? En tal caso, ¿por qué se escriben libros verdes? ¿por qué tal conjunto de exhortaciones para conducirnos adonde es ineludible ir? ¿por qué tales elogios para quienes se han abandonado a lo inevitable? ¿O es que se sostiene que si obedecemos al Instinto estaremos felices y contentos? Sin embargo, la verdadera cuestión que estamos considerando es la de afrontar la muerte, la cual (al menos por lo que el “innovador” conoce) elimina cualquier posible satisfacción: y si tenemos un deseo instintivo de bien para la posteridad, entonces, este deseo, por la propia naturaleza del problema, nunca se puede satisfacer, puesto que su objetivo se alcanza, en todo caso, cuando se está muerto. Parece más bien que el “innovador” no quiere decir que debamos obedecer al Instinto, ni que nos satisfará el hacerlo, sino que sería conveniente obedecerlo.

Pero ¿por qué tenemos que obedecerlo? ¿Existe otro instinto de orden superior que nos obligue a hacerlo; y un tercero de mayor orden aún que nos obligue a obedecer a este segundo: una recurrencia infinita de instintos? Se puede presumir que esto es imposible, pero no existen otras opciones. A partir de la proposición de carácter psicológico “Algo me impulsa a hacer esto y lo otro” no se puede ingenuamente inferir el principio práctico “Debo obedecer a este impulso”. Aunque fuera cierto que los hombres tienen un impulso espontáneo e irreflexivo para sacrificar su propia vida en beneficio de sus congéneres, otra cuestión muy distinta es si deben controlar o consentir este impulso; puesto que incluso el “innovador” admite que muchos impulsos (los que entran en conflicto con la preservación de la especie) se deben controlar.

Y admitir esto nos lleva a una dificultad aún más esencial.

Decirnos que obedezcamos al “Instinto” es decirnos que obedezcamos a la “gente”. Y la gente dice cosas muy variopintas, al igual que los instintos.

Nuestros instintos están en conflicto. Si se sostiene que el instinto de preservar la especie debe ser obedecido a expensas del resto de instintos, ¿de dónde se deriva esta regla de precedencia? Hacer caso a tal instinto, que nos habla en su propia causa, y decidir a su favor sería una simpleza. Cada instinto, si se le presta atención pretenderá ser satisfecho a expensas del resto.

Por el simple hecho de prestar atención a uno en vez de a otro habremos prejuzgado el problema. Si en dicha comparación no tenemos en cuenta la dignidad comparativa de cada uno, nunca la podremos extraer de ellos. Y el conocimiento no puede ser instintivo en sí mismo: el juez no puede ser una parte de lo que se juzga; en caso de serlo, la decisión no tiene valor y no existe un terreno en el que situar la preservación de las especies por encima de la autoconservación o del instinto sexual.

La idea de que, sin apelar a una instancia superior a los propios instintos, es posible encontrar un fundamento por el que dar preponderancia a un instinto frente al resto se presenta muy complicada. Para ello, nos aferramos a palabras baldías: lo llamaremos el instinto “básico” o el “fundamental”, o el “primario” o el “más profundo”. No sirve para mucho. O estas palabras ocultan un juicio de valor que va más allá del instinto y, por tanto, no puede derivar de él, o bien, simplemente, recogen la intensidad que despierta en nosotros, la frecuencia con que se manifiesta o su amplia difusión. Según lo primero, todo intento de basar el valor en el juicio se ha desechado; según lo segundo, estas observaciones sobre los aspectos cuantitativos de un hecho de carácter psicológico no nos conducen a una conclusión práctica. Es el viejo dilema. O estas premisas ocultan un imperativo o la conclusión se queda 18 simplemente en lo indicativo.

Finalmente, no tiene mucha utilidad preguntarse si existe algún instinto por el que preocuparse por la posteridad o por preservar la especie. Yo no lo descubro en mí mismo; además, soy un hombre poco propenso a pensar en el futuro lejano: prefiero leer con placer a Mr. Olaf Stapledon. Y me parece aún más difícil pensar que la mayoría de la gente que se ha sentado en el asiento de enfrente en el autobús o que ha hecho cola a mi lado, sienta un impulso irreflexivo para hacer algo por la especie o por la posteridad. Sólo la gente educada de un modo particular ha podido tener en consideración la idea “posteridad”. Es difícil atribuir al instinto nuestra actitud hacia un objeto que existe sólo para los hombres reflexivos. Lo que poseemos por naturaleza es un impulso para proteger a nuestros hijos o nietos: un impulso que se hace cada vez más débil conforme la imaginación se retrotrae hasta morir en los “desiertos del abrumador futuro”. Ningún padre, guiado por este instinto, podría soñar, por un instante siquiera, en anteponer las exigencias de sus hipotéticos descendientes a las del bebé que en ese momento chilla y patalea en la habitación. Los que aceptamos el Tao deberíamos, quizás, decir que tendrían que hacerlo: pero eso no está claro para los que consideran al instinto como la fuente de todo valor. En la medida en que pasamos del amor maternal a la planificación racional del futuro estamos pasando del terreno del instinto al de la elección y la reflexión: y si el instinto es el origen del valor, la planificación del futuro debería ser una cosa menos respetable y digna de menor consideración que el modo de hablarle a un bebé o los mimos de una madre cariñosa; o que las anécdotas de colegio más banales de un padre ya mayor. Si nos basamos en el instinto, estas cosas son lo sustancial, y la preocupación por el futuro la sombra; la enorme sombra danzante de la felicidad infantil proyectada sobre la pantalla de un futuro incierto. No digo que esta proyección sea algo malo: pero, en tal caso, no creo que el instinto sea la cimentación de los juicios de valor. Lo que es absurdo es exigir que la preocupación por el futuro encuentre su justificación en el instinto y después mofarse en cada momento del único instinto en el que se supone que se sustenta, apartando a los niños del regazo de la madre y llevándolos a la guardería o al parvulario en aras de progreso de la raza venidera.

La verdad, así, se pone de manifiesto finalmente; ni a través de determinadas operaciones, manejando proposiciones de hecho, ni apelando al instinto puede el “innovador” encontrar fundamento para su sistema de valores. Ninguno de los principios que le son necesarios los va a encontrar en tales posiciones: pero sí los debe encontrar en algún otro sitio. “Todo cuanto alcanzan a abarcar los cuatro mares lo siento como hermano mío”Humanum a me alienum puto dice el estoico. “Haz tú como si lo hicieran contigo” dice Jesus. “La humanidad debe ser preservada” dice Locke. Todos los principios prácticos que hay detrás del problema que se le plantea al “innovador” acerca de la posteridad, o de la sociedad, o de la especie, están, desde tiempo inmemorial, en el Tao. (XII,5) dice Confucio del Chiintzu, el cuor gentil o gentilhombre.

Y en ningún otro sitio; salvo que uno acepte sin resquicio de duda que esto es al mundo de la acción lo que los axiomas son al mundo de la teoría, no se puede encontrar ningún género de principios prácticos. Y además, no se puede llegar a ellos como conclusiones: son premisas. Se les puede considerar -puesto que no existe una “razón” para ellos de la clase de razón que exigen Gayo y Tito- sentimientos: pero, en tal caso, se deben dejar de comparar los valores “reales” o “racionales” con el valor sentimental. En tal supuesto, todo valor sería sentimental; y se debe admitir (so pena de desestimar cualquier valor) que todo sentimiento no es algo “simplemente” subjetivo. Se les debe considerar, por otra parte, tan racionales -o, más bien, tan la racionalidad misma-, como las cosas más obvias y razonables, aquellas que ni exigen ni admiten verificación alguna. Pero entonces se debe admitir que la Razón pueda ser práctica, que un debería no se debe despachar tranquilamente porque no pueda generar un es que lo acredite. Si nada es evidente en sí mismo, nada se puede demostrar. Del mismo modo, si nada es obligatorio por sí mismo, nada es en absoluto obligatorio.

A alguien le podría parecer que he encubierto, simplemente, bajo otro nombre lo que siempre se entendió por instinto básico o fundamental. Pero las implicaciones van mucho más allá del simple juego de palabras. El “innovador” ataca los valores tradicionales (el Tao) en defensa de lo que él, en principio, cree que son (bajo un punto de vista muy particular) valores “racionales” o “biológicos”. Pero como hemos visto, todos los valores que utiliza para atacar el Tao, y que cree sustitutorios del mismo, se derivan del propio Tao. Si él realmente se ha remontado de nuevo a la línea de partida, siendo ajeno a la tradición humana en el terreno de los valores, ningún subterfugio le puede haber ayudado a avanzar ni siquiera un metro en la concepción por la que un hombre debería morir por la comunidad o trabajar para la posteridad. Si falla el Tao, fallan con él las propias concepciones del “innovador” respecto a los valores. Ninguna de ellas puede exigir una autoridad distinta a la del Tao. ´ Unicamente gracias a ciertos aspectos del Tao que él ha heredado está capacitado para atacarlo. La cuestión es, por tanto, qué autoridad tiene él para aceptar ciertos aspectos del Tao y rechazar otros.

Puesto que los aspectos que rechaza no tienen autoridad alguna, tampoco la tienen los que acepta; y si lo que acepta es válido, también lo es lo que no acepta.

El “innovador”, por ejemplo, valora muy positivamente los anhelos de posteridad. No puede encontrar otra exigencia de posteridad válida que no sea el instinto o (en el sentido moderno) la razón. De hecho, está deduciendo nuestro deber hacia la posteridad a partir del Tao; nuestro deber de hacer el bien a todos los hombres es un axioma de la Razón Práctica, y nuestro deber de hacer el bien a nuestros descendientes se deduce claramente de ella.

Pero, entonces, sea cual fuere la modalidad del Tao que haya llegado hasta nosotros, junto al deber frente a nuestros hijos y descendientes está el deber para con nuestros padres y nuestros ancestros. ¿En base a qué aceptamos lo uno y rechazamos lo otro? Nuevamente, el “innovador” puede anteponer un criterio económico: alimentar y vestir a la gente es el gran fin; en pos de él, se deben dejar de lado los escrúpulos respecto a la justicia y a la buena fe. El Tao, por supuesto, concuerda con él en la necesidad de alimentar y vestir a la gente; a menos de que el “innovador” se apoyara en el Tao, nunca podría haber aprendido tal deber. Pero junto a éste, en el Tao se encuentran esas exigencias de justicia y buena fe que está dispuesto a desdeñar. ¿Cuál es su justificación? ´ El puede ser jingoista, racista, nacionalista radical; uno que sostiene que el progreso de su pueblo es el fin al que hay que supeditar todo lo demás. Pero ningún tipo de observación de los hechos, ninguna apelación al instinto podrá cimentar esta opinión. Una vez más, está, de hecho, deduciéndolo a partir del Tao: un deber contraído con nuestra gente, por el simple hecho de serlo; parte de la moral tradicional. Pero, junto a este deber -y limitándolo- , en el Tao subyacen los inalienables deseos de justicia y la norma por la que, en la Larga Carrera, todos los hombres son nuestros hermanos. ¿De dónde le viene al “innovador” la autoridad para seleccionar y decidir? Puesto que no encuentro respuestas para estas preguntas, extraigo las siguientes conclusiones. Lo que he llamado por convenio Tao y que otros llaman Ley Natural o Moral Tradicional o Principios Básicos de la Razón Práctica o Fundamentos Últimos, no es uno cualquiera de entre los posibles sistemas de valores. Es la fuente única de todo juicio de valor. Si se rechaza, se rechaza todo valor. Si se salva algún valor, todo él se salva. El esfuerzo por refutarlo y construir un nuevo sistema de valores en su lugar es contradictorio en sí mismo. Nunca ha habido, y nunca habrá, un juicio de valor radicalmente nuevo en la historia de la humanidad. Lo que pretenden ser nuevos sistemas o (como ahora se llaman) “ideologías”, consisten en aspectos del propio Tao, 21 tergiversados y sacados de contexto y, posteriormente, sublimados hasta la locura en su aislamiento, aun debiendo al Tao, y sólo a él, la validez que poseen.

Si el deber para con mis padres es una superstición, entonces también lo es el deber respecto a la posteridad. Si la justicia es una superstición, también lo es el deber hacia mi país o mi pueblo. Si la búsqueda de conocimiento científico es un valor real, entonces también lo es la fidelidad conyugal. La rebelión de las nuevas ideologías contra el Tao es la rebelión de las ramas contra el árbol: si los rebeldes pudieran vencer se encontrarían con que se han destruido a sí mismos. La mente humana no tiene más poder para inventar un nuevo valor que para imaginar un nuevo color primario o, incluso, que para crear un nuevo sol y un nuevo firmamento que lo contenga.

¿Significa esto, entonces, que no se puede progresar respecto a nuestra percepción del valor?, ¿que estamos obligados para siempre por un código inmutable establecido de una vez por todas? ¿Y es posible, en todo caso, hablar de obediencia a lo que he llamado el Tao? Si juntamos, como yo he hecho, las morales tradicionales de Oriente y Occidente, la cristiana, la pagana y la judía, ¿no hallaríamos muchas contradicciones y algunos absurdos entre ellas? Debo admitir que sí. Algo de crítica, la eliminación de algunas contradicciones, incluso algo de desarrollo real es necesario. Pero hay dos formas muy distintas de criticar.

Un teórico del lenguaje podría aproximarse a su lengua nativa, desde su “exterior”, considerando la genialidad de la misma como algo que no ejerce un derecho sobre él y consintiendo el deterioro al “por mayor” de la lengua y de su uso en aras de una conveniencia comercial o de una mayor precisión científica. Esto es una cosa. Un gran poeta, que ha “amado, y ha sido bien educado en su lengua materna”, puede introducir también grandes modificaciones en ella, pero sus cambios en el lenguaje están hechos con el espíritu del propio lenguaje: actúa desde el “interior”. Es la propia lengua que padece las modificaciones la que las inspira. Y esto es otra cosa bien distinta; tan distinta como lo es la obra de Shakespeare de nuestro Curso Básico de Lengua. Es la diferencia entre la modificación desde dentro y la modificación desde fuera del lenguaje: entre lo orgánico y lo quirúrgico.

Del mismo modo, el Tao admite el desarrollo desde su interior. Quienes comprenden y han sido guiados por el espíritu del Tao pueden modificarlo en las diversas direcciones que su propio espíritu les sugiere. Y sólo éstos pueden saber qué direcciones son éstas. El que es ajeno a él, nada sabe del tema. Sus intentos de modificar se contradicen por sí mismos, como hemos visto. Lejos de ser capaz de armonizar las discrepancias en su formulación profundizando en su espíritu, simplemente extrae algún precepto que le llama la atención a causa de los accidentes de tiempo y espacio, y lo conduce a la muerte, pues no puede dar razón de él. Sólo desde el interior del Tao mismo se tiene autoridad para modificar el Tao. Esto es lo que indicaba Confucio cuando dijo “Es inútil aceptar consejo de quienes siguen un Camino distinto”.

Por la misma razón Aristóteles advirtió que sólo aquellos que hubieran sido correctamente educados podrían estudiar ética: para el hombre corrupto, el que es ajeno al Tao, el auténtico punto de partida de esta ciencia es invisible.

Puede ser hostil pero nunca crítico: no sabe lo que está en discusión. Y por esto se ha dicho: “La gente que no conoce la ley es detestable”, y también “El que cree no será maldito”. Una mente abierta es útil en los asuntos que no conciernen a las cuestiones últimas. Pero una mente abierta respecto a las cuestiones últimas que plantean tanto la Razón Teórica como la Razón Práctica es una idiotez. Si un hombre mantiene una posición abierta frente a estas cuestiones, por lo menos debe mantener la boca cerrada, pues sobre ellas nada podrá decir: desde fuera del Tao no hay fundamento para criticar el propio Tao ni para criticar ninguna otra cosa.

Existen casos particulares en los que, sin duda, es cuestión delicada el decidir dónde termina la legítima crítica interna y dónde empieza la nefasta crítica externa. En cualquier caso, siempre que se desafía a un precepto de la moral tradicional a mostrar su validez como si recayera sobre él el peso de la prueba, haremos elegido la postura errónea. La tentativa legítima del reformista es la de demostrar que el precepto en cuestión entra en conflicto con algún otro precepto que los defensores del primero admiten como más esencial incluso; o bien que no materializa el juicio de valor al que debería de encarnar. El ataque frontal “¿Por qué?, ¿qué bien hace? ¿quién lo ha dicho?” no es nunca admisible; y no porque sea severo u ofensivo, sino porque ningún juicio de valor se puede justificar a ese nivel. Si se insiste en tal tipo de proceso se acabaría con todos los valores y, de este modo, se acabaría con las bases que fundamentan tanto la crítica como el objeto de la misma. No se le debe poner una pistola en la sien al Tao. Tampoco debemos posponer la obediencia a un precepto en tanto se verifica su validez. Sólo aquellos que practican el Tao lo entenderán. El hombre instruido, el cuor gentil, y sólo él, es capaz de reconocer la Razón cuando ésta se presenta. Es Pablo, el fariseo, el hombre “perfecto hasta el punto de lindar con la ley” quién reconoce cómo y dónde es deficiente la ley.

Con el fin de evitar malos entendidos, tengo que añadir que, a pesar de ser yo mismo teísta, e incluso cristiano, no estoy aquí esbozando ningún argumento indirecto a favor del teísmo. Tan sólo estoy argumentando que si debemos tener “de algún modo” valores, debemos aceptar los principios últimos de la Razón Práctica como algo con validez absoluta; así, cualquier tentativa, siendo escépticos en este punto, de volver a introducir el valor más abajo, sobre una base supuestamente más “realista”, está condenada al fracaso. Que esta posición implique un origen sobrenatural del Tao o no, no es una cuestión que me interese precisar aquí.

Entonces, ¿cómo se puede esperar que la mente moderna acepte la conclusión a la que hemos llegado? Este Tao al que parece que debemos atender como algo absoluto es, simplemente, un fenómeno como cualquier otro: el reflejo en las mentes de nuestros antepasados del ritmo que la agricultura imponía a sus vidas o, incluso, de su fisiología. Hasta ahora sabemos cómo se producen, en teoría, tales fenómenos: pronto lo sabremos con detalles; y, eventualmente seremos capaces de producirlos a voluntad. Por supuesto, cuando no sabíamos de qué modo se creó la mente, aceptamos este accesorio mental como un dato, incluso como un amo. Aun así, muchos objetos en la naturaleza que fueron nuestros amos se han convertido en nuestros esclavos.

¿Por qué no también éste? ¿Por qué se debe quedar corta nuestra conquista de la naturaleza, en estúpida reverencia, ante este elemento último y resistente de la “naturaleza” que hasta ahora se ha llamado conciencia del hombre? Nos amenazan con oscuros desastres si nos apartamos de ella: pero nos han amenazado en ese sentido los oscurantistas a cada paso de nuestro caminar, y todas las veces se ha mostrado falsa tal amenaza. Dicen que nos quedaremos sin valores si nos apartamos del Tao. Muy bien: probablemente, descubriremos que podemos desenvolvernos con comodidad sin ellos. Consideremos todas las ideas sobre lo que tenemos que hacer únicamente como una interesante rémora psicológica: apartémonos de todo eso y empecemos a hacer lo que nos plazca. Decidamos por nosotros mismos lo que debe ser el hombre y hagamos que lo sea: pero no sobre la base de un valor imaginado, sino porque queremos que sea eso y no otra cosa. Una vez dominado nuestro entorno, dominémonos a nosotros mismos y elijamos nuestro propio destino.

Esta es una posición muy plausible: y a los que la sostienen no se les puede acusar de contradictorios como a los escépticos sin corazón que aún esperan encontrar valores “reales” cuando han desechado los tradicionales.

Esto último supone el rechazo total del concepto de valor. Necesitaré otra lección para considerarlo.

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