“Los hombres sin pecho” (La abolición del hombre, de C.S. Lewis)

El autor parte de la lectura casual de un pequeño libro de Lengua destinado a niños y niñas del ciclo escolar básico. Se trata de una obra cualquiera, con el único valor de ser representativa de toda una moda, que empezó hace treinta años, y cuya tesis principal es que el lenguaje no se refiere a nada objetivo: parece que nos estamos refiriendo a algo muy importante y, en realidad, sólo estamos haciendo referencia a nuestros propios pensamientos.

Lewis, en este primer capítulo, se propone desmontar esta idea, y más en concreto, el relativismo moral, mostrando la permanencia e inmutabilidad de la naturaleza humana y de los principios éticos fundamentales. Su crítica, breve y certera, resulta de gran interés.

Por cierto, la variedad de citas de diversas religiones que emplea en el capítulo, no significa que coloque a todas en el mismo nivel de validez, sino que le sirven únicamente para mostrar su tesis básica.

sentenció a muerte a la palabra
y así condenó al niño

Carol

En este enlace encontrarás en la red algo del Capítulo 1: Los hombres sin pecho. A continuación pongo algunos fragmentos que me han parecido más interesantes del capítulo 1:

En el segundo capítulo, Gayo y Tito citan la conocida historia de Coleridge en la cascada. Recordemos que había dos turistas presentes: uno la llamó “sublime” y el otro, “linda”; y que Coleridge mentalmente aprobó el primer juicio y rechazó con disgusto el segundo. Gayo y Tito opinan lo siguiente: “Cuando el hombre dijo ‘Esto es sublime’, parecía referirse a la cascada … En realidad … no estaba hablando de la cascada, sino de sus propios sentimientos. En efecto, lo que estaba diciendo en realidad era ‘Tengo ciertos sentimientos, asociados en mi mente a la palabra ‘sublime’… o más brevemente: ‘Tengo sentimientos sublimes’”. He aquí varios temas bastante profundos, tratados un poco a la ligera. Pero los autores aún no han terminado. Añaden: “Esta confusión está siempre presente en el lenguaje, en el uso habitual que hacemos de él. Parecemos estar diciendo algo muy importante sobre una cosa y, en realidad, sólo decimos algo sobre nuestros propios sentimientos”.

Antes de entrar a considerar el verdadero alcance de este trascendental parrafito (destinado, recordemos, a “los últimos años escolares”), debemos eliminar una simple confusión en que Gayo y Tito han caído. Pues incluso desde su propio punto de vista -o desde el que sea-, el hombre que dice “esto es sublime” no puede querer decir “tengo sentimientos sublimes”. Incluso si se concediera que cualidades como la sublimidad fueran única y simplemente algo que proyectamos en las cosas desde nuestras propias emociones, aun así, las emociones que activan la proyección son los correlatos y, por lo tanto, casi los contrarios, de las cualidades proyectadas. Los sentimientos que hacen que un hombre califique un objeto como sublime no son sentimientos sublimes, sino de veneración. Si se va a reducir “esto es sublime” a una declaración sobre los sentimientos del hablante, la interpretación adecuada sería tengo sentimientos de humildad. Si Gayo y Tito fueran consecuentes en aplicar a todo la perspectiva propuesta, llegarían a obvios absurdos. Se verían obligados a afirmar que la frase “tú eres despreciable” significa “tengo sentimientos despreciables”. De hecho, tus sentimientos son despreciables, vendría a significar mis sentimientos son despreciables. Pero no queremos detenernos en esto. Sería injusto para Gayo y Tito enfatizar lo que sin duda fue una mera inadvertencia. El estudiante que lea ese fragmento en El libro verde creerá dos proposiciones: Primero, que todas las frases que contienen un predicado de valor son afirmaciones o negaciones acerca del estado emocional del hablante. Segundo, que todas estas afirmaciones y negaciones carecen de importancia. Es cierto que Gayo y Tito no se extienden sobre ello en esa forma. Sólo se refirieron a un predicado específico de valor (sublime) como una palabra que describe las emociones del hablante. Dejan a los alumnos la tarea de aplicar por sí mismos este análisis a todos los predicados de valor, y no sitúan obstáculo alguno en su camino que les dificulte hacerlo. Los autores quizá desean, quizá no, tal generalización de su enfoque: puede que nunca en su vida se hayan concedido cinco minutos para pensar seriamente el problema. No me interesa lo que deseaban, sino el efecto que su libro inevitablemente tendrá en la mente del estudiante. De la misma manera, tampoco han dicho que los juicios de valor carezcan de importancia. Sus palabras son que ‘Parecemos estar diciendo algo muy importante’ sobre las cosas, cuando en realidad, ‘solamente decimos algo sobre nuestros propios sentimientos’.

(…)

Hasta ahora, he supuesto que profesores como Gayo y Tito no comprenden del todo lo que están haciendo ni es su intención producir las consecuencias de largo alcance que de hecho producen. Hay, por cierto, otra posibilidad. Lo que he llamado (suponiéndolos partícipes de un determinado sistema tradicional de valores) el “simio con pantalones” y el “imbécil urbano” pueden ser precisamente el tipo de hombre que de verdad desean producir. Las diferencias entre nosotros pueden ser completas. Es posible que Gayo y Tito realmente sostengan que los sentimientos humanos comunes acerca del pasado, de los animales o de las grandes cataratas son contrarios a la razón, despreciables, y que se los debería erradicar. Quizá su intención es borrar los valores tradicionales y comenzar con un conjunto nuevo. Esta posición se analizará más adelante. Si tal es la postura que sostienen Gayo y Tito, debo, por el momento, conformarme con señalar que es una posición filosófica, y no literaria. Al incluirla en su libro, han sido injustos con el padre o el director que compra y obtiene la obra de filósofos aficionados cuando esperaba la de gramáticos profesionales. Cualquiera se molestaría si su hijo regresara del dentista con los dientes intactos y la cabeza atestada de los obiter dicta del dentista sobre el bimetalismo o la teoría de Bacon.

(…)

Hasta hace muy poco todos los profesores, e incluso todos los hombres, creían que el universo era tal que determinadas reacciones emocionales nuestras podían ser congruentes o incongruentes con él. Creían, de hecho, que los objetos no sólo recibían, sino que podían merecer nuestra aprobación o desaprobación, nuestra reverencia o desprecio. Sin duda, Coleridge concordaba con el turista que llamó sublime a la catarata y discrepaba del que la llamó linda porque pensaba que la naturaleza inanimada era tal que ciertas respuestas ante ella podían ser más “justas” o “pertinentes” o “apropiadas” que otras. Y creía (con razón) que los dos turistas pensaban lo mismo. La intención del que llamó sublime a la catarata no era simplemente describir sus propias emociones: también afirmaba que el objeto merecía estas emociones. Si no fuera por esta afirmación, no habría nada con qué estar de acuerdo o en desacuerdo. Estar en desacuerdo con la frase ‘esto es bello’, si estas palabras sólo describieran los sentimientos de una persona, sería absurdo: si hubiera dicho ‘me siento mal’, Coleridge no habría contestado ‘No; yo me siento bastante bien’. Shelley asume la misma posición cuando, tras comparar la sensibilidad humana con una lira eólica, añade que se diferencia de una lira común porque posee un poder de ‘ajuste interno’ que le permite ‘acomodar sus cuerdas a los movimientos de aquello que las toca’. ‘¿Puedes ser un hombre honrado -pregunta Traherne- a menos que seas justo en otorgar a las cosas la estimación que les es debida? Todas las cosas se hicieron para ser nuestras y nosotros para apreciarlas según su valor’.

(…)

Por lo tanto, el problema educacional es totalmente distinto según se esté dentro o fuera del Tao. Para los que estén dentro, la tarea consiste en ejercitar en el alumno aquellas respuestas que son de por sí apropiadas, sin importar si alguien las está o no las está dando. Ejercitar precisamente aquellas respuestas en cuyo ejercicio consiste la naturaleza del hombre. Los que están fuera, si son lógicos, deben considerar que todos los sentimientos son igualmente no racionales, meras nieblas entre nosotros y los objetos reales. Como resultado, deben decidir eliminar cuanto sea posible los sentimientos de la mente del alumno. O inculcar ciertos sentimientos por razones que no tienen relación alguna con su ‘justicia’ o ‘pertinencia intrínseca’. Este último camino los compromete en la dudosa tarea de crear en otros por ‘sugerencia’ o por conjuro, un espejismo que su propia razón ya ha disipado.

Quizá esto quede más claro si consideramos un caso concreto. Cuando un padre romano le decía a su hijo que era dulce y apropiado (dulce et decorum) morir por la patria, creía en lo que decía. Le comunicaba a su hijo una emoción que él compartía y que creía estaba de acuerdo con el valor que su juicio discernía en una muerte noble. Le daba a su hijo lo mejor que tenía, dándole de su espíritu para humanizarlo como le había dado de su cuerpo para engendrarlo. Pero Gayo y Tito no pueden creer que al llamar dulce y apropiada a esta muerte se esté diciendo ‘algo importante acerca de algo’. Su propio método de crítica se volvería en su contra si lo intentaran. Pues la muerte no es algo que se come y por lo tanto no puede ser dulce en sentido literal, como también es muy improbable que las sensaciones reales que la preceden sean dulces, ni siquiera por analogía. Y en cuanto al decorum -aquello que es apropiado-, es sólo una palabra que describe lo que otras personas sentirán acerca de nuestra muerte cuando piensen en ella, lo que no ocurrirá a menudo y, sin duda, no nos hará ningún bien. Sólo quedan dos caminos disponibles para Gayo y Tito: “O bien deben llegar hasta el final y desacreditar este sentimiento como lo hacen con cualquier otro. O bien deben empeñarse en producir, desde fuera, un sentimiento que, careciendo de valor para el alumno, puede costarle la vida, y ello porque a nosotros (los sobrevivientes) nos es útil que los jóvenes lo sientan.”

Si toman este segundo camino, la diferencia entre la antigua y la nueva educación será importante. Donde la antigua educación iniciaba, la nueva solamente condiciona. La antigua trataba a los alumnos como los pájaros adultos tratan a sus polluelos cuando les enseñan a volar; la nueva, más bien como un avicultor trata a los polluelos, criándolos para tal o cual propósito del que los pájaros nada saben. En síntesis, la antigua era una especie de propagación -hombres transmitiendo humanidad a otros hombres-; la nueva, sólo propaganda. Habla a favor de Gayo y Tito el que adopten la primera alternativa. Ellos abominan de la propaganda; no porque su propia filosofía permita condenarla (o condenar cualquier otra cosa), sino porque son mejores que sus principios. Es probable que sospechen vagamente (lo examinaré en mi próxima conferencia) que, si llegara a ser necesario, podrían ponderar ante los alumnos el coraje y la buena fe y la justicia sobre la base de lo que llamarían fundamentos “racionales”, “biológicos” o “modernos”. Mientras tanto, dejan pendiente el tema … continúan desmitificando.

(…)

El efecto de El libro verde y otros de su género es producir lo que se puede llamar hombres sin pecho. Es una atrocidad que habitualmente se les llame intelectuales. Esto les permite decir que quien los ataca, también ataca la inteligencia. No es así. No se distinguen de otros hombres por una habilidad especial para descubrir la verdad ni por un ardor virginal para buscarla. En realidad sería extraño que así fuera: la devoción perseverante por la verdad y el sentido del honor intelectual no se pueden mantener por mucho tiempo sin la ayuda de un sentimiento que Gayo y Tito podrían desacreditar con la misma facilidad con que denigran cualquier otro. No se destacan por un exceso de pensamiento, sino por defecto de emoción fértil y generosa. Sus cabezas no son más grandes que lo normal: la atrofia del pecho las hace parecer así.

Y todo el tiempo -tal es la tragicomedia de nuestra situación- seguimos clamando precisamente por aquellas cualidades que tornamos imposibles. No se puede abrir un periódico sin encontrar la afirmación de que lo que nuestra civilización necesita es más “impulso” o dinamismo o autosacrificio, o “creatividad”. Con una especie de atroz simplismo, extirpamos el órgano y exigimos la función. Formamos hombres sin pecho, y esperamos de ellos virtud y arrojo. Nos burlamos del honor, y después nos sorprende descubrir traidores entre nosotros. Castramos, y esperamos fertilidad.

4 comentarios sobre ““Los hombres sin pecho” (La abolición del hombre, de C.S. Lewis)

  1. el libro es muy pertinente hoy día. el relativismo moral se perece mucho a la ideología necesaria en “un mundo feliz” de aldous huxley. como profesores y maestros tenemos mucha tarea por hacer. gracias Rafael por el artículo

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