Nadie es padre como lo es Dios

El próximo XIV Domingo del tiempo ordinario Isaías nos presenta (Is 66,10-14), la amable figura de Dios que como una madre lleva a sus hijos en el regazo, los alimenta y los consuela: Alégraos con Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis; para que os alimentéis de su pechos, os llenéis de sus consuelos y os deleitéis con la abundancia de su gloria (…) Como niños seréis llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas; como un hijo a quien su madre consuela, así os consolaré yo.

El Catecismo insiste en su número 239 al afirmar que la “ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) (…) El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre (…) Nadie es padre como lo es Dios” (CIC, 239).

Dios es Nuestro Padre, y esta es la única verdadera fuente del don de la paz. Por eso, el fundamento de la vida espiritual de muchos cristianos es el sentirse hijos pequeños de Dios. Así por ejemplo, el mismo San Josemaría dice que “Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad” (cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, pag 404).

Dios por medio de Isaías también hace una promesa: Porque así dice el Señor: “Yo haré correr la paz sobre ella, como un río, y la gloria de las naciones como un torrente desbordado. En Jerusalén seréis consolados. Al ver esto se alegrará vuestro corazón y vuestros huesos florecerán como un prado; y los siervos del Señor conoceréis su poder”. Esta promesa se cumple en el Evangelio de este domingo cuando san Lucas nos presenta la misión de los 70 ó 72 discípulos. El número 72 tal vez aluda a los descendientes de Noé (cfr Gn 10) que formaban las naciones antes de la dispersión de Babel (cfr Gn 10,32). En todo caso parece que señala la universalidad de la misión de Cristo. Efectivamente, este relato fundamenta la misión apostólica de todos los discípulos y no solo de los doce apóstoles.

Estos 72 discípulos, somos nosotros mismos. Somos nosotros ese el río de paz que Dios Padre envía al mundo. Hace poco leí este relato: “Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío dentro de su ligero vestidito y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me enfadé y le dije a Dios quejosamente. «Por qué permites estas cosas?¿Por qué no haces nada para solucionarlo?» Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: «Ciertamente he hecho algo. Te he hecho a ti». La misión es grande: “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”.

Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios. Hijos de Dios, comprometidos con la paz entre todos los hermanos del mundo, que eso somos. Terminamos con una reflexión sobre la naturaleza de la paz que propuso el Concilio Vaticano II: “La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). (…) La paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar. La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres” (GS 78).

Madre, Reina de la Paz, ¡voy a empezar!. Y empezaré siendo cauce de tu sonrisa, agradeciendo a este hermano mío la ayuda que me ha ofrecido, aunque él o yo pensemos que no era necesario hacerlo.

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