“¡Mirad que hermoso es nuestro Dios!”

El próximo Domingo celebraremos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Y estaremos de Fiesta. Por eso, os propongo para ese día simplemente abrir los ojos y contemplar el Misterio: “¡Mirad que hermoso es nuestro Dios!”.

Si Dios es Amor, intuimos que Dios tiene que ser así: uno y trino al mismo tiempo. No puede haber amor más que entre al menos dos personas. Por lo tanto, en Dios debe haber al menos uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. Los cristianos creemos en un Dios que es único, pero no solitario. ¿A quién amaría Dios si estuviera absolutamente solo? ¿Tal vez a sí mismo? Pero entonces su amor se parecería mucho al egoísmo o al narcisismo ¿no? Y cómo podríamos decir entonces: “¡Mirad que hermoso es nuestro Dios!”.

“¡Misterio! ¡Misterio!”… Solemos decir y decimos bien. Pero nos equivocamos cuando pensamos en un dogma incomprensible aprendido de memoria: “tres personas distintas y un solo Dios verdadero”… “Misterio” significa también luz: luz exuberante, inmensa y por eso impenetrable y maravillosa… No has advertido que también esa persona que amas es un misterio, y que eso es precisamente lo que la hace ser tan hermosa y digna de ser contemplada y amada… No es a caso el amor humano también un misterio.

Te copio de José Fernando Rey: “El Misterio de la Santísima Trinidad es la belleza de Dios: ¿No podemos extasiarnos ante la contemplación de una cascada en un paraje hermoso? ¡Cuánto más ante la contemplación de un Dios que es una fuente inagotable de Amor y Vida (el Espíritu Santo) que fluye a la vez mansa y apasionadamente entre el Padre y el Hijo sin nunca detenerse! ¡Qué inmenso gozo, observar sobrecogidos y en silencio el modo en que esa fuente ha tocado, con los pies de carne del Hijo de Dios, la superficie de la Tierra! ¡Y qué locura de alegría, estremecerse de júbilo ante el sagrado momento en que, sobre el monte Calvario, la Humanidad de Cristo “reventó”, dando lugar a un divino “escape” de Espíritu Santo, que aún hoy, dos mil años después, inunda la tierra! ¿Cómo no contemplar en silencio, llenos de gratitud, la manera en que Dios, sumergiéndonos por las aguas del Bautismo en su Espíritu ya derramado, nos ha acogido en un abrazo eterno dentro de su mismo Misterio, a la vez que se introdujo en nosotros, habitando trino en nuestras almas en gracia?”. Me ha parecido una descripción muy apropiada del Misterio de la Belleza de Dios. A que después de leerlo es más fácil exclamar: “¡Mirad que hermoso es nuestro Dios!”

Te copio también esta descripción de un sacerdote santo: “Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva? (Surco, 891)… Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban… En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar. (Forja, 995)

Santa María, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo, abre nuestros ojos a la fiesta de la hermosura de Dios, y que nunca olvidemos la inmensa alegría en que seremos algún día recibidos.

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