Albin Toffler: La cuña invisible

Seguimos con La tercera ola, de Alvin Toffler. Para más información ver: La tercera ola de Alvin Toffler. Esta vez vamos a tratar del Capítulo III. La cuña invisible. En él, Toffler comienza diciendo:

“La segunda ola (…) separó violentamente dos aspectos de nuestras vidas que siempre, hasta entonces, habían sido uno solo. Al hacerlo, introdujo una gigantesca e invisible cuña en nuestra economía, nuestras mentes e incluso en nuestra personalidad sexual (…). La revolución industrial (…) destruyó la unidad subyacente de la sociedad, creando una forma de vida llena de tensión económica, conflicto social y malestar psicológico (…). Las dos mitades de la vida humana que la segunda ola separó fueron la producción y el consumo. Estamos acostumbrados, por ejemplo, a pensar en nosotros mismos como productores o consumidores. Esto no fue siempre cierto. Hasta la revolución industrial, la gran mayoría de todos los alimentos, bienes y servicios producidos por la especie humana, eran consumidos por los propios productores, sus familias, o una pequeña élite, que recogía los excedentes para su propio uso” (p. 45). “El industrialismo rompió la unión de producción y consumo y separó al productor del consumidor. La economía fundida de la primera ola se transformó en la economía dividida de la segunda ola. Las consecuencias de esta fusión fueron trascendentales (…). La economía se mercatizó” (p. 47), porque según Toffler, la plaza de mercado, que era antes un fenómeno secundario periférico, se situó en el “vértice mismo de la vida” (id.).

Este divorcio entre producción y consumo, que se convirtió en característica definidora de todas las sociedades industriales de la segunda ola, afectó incluso a nuestras mentes y a nuestras suposiciones sobre la personalidad. Se llegó a considerar el comportamiento como una serie de transacciones. En lugar de una sociedad basada en la amistad, el parentesco o la lealtad feudal o tribal, al paso de la segunda ola surgió una civilización basada en lazos contractuales, reales o sobreentendidos. Incluso maridos y mujeres hablan hoy de contratos matrimoniales” (p. 49).

“La brecha abierta entre estas dos funciones —productor y consumidor— creó al mismo tiempo una personalidad dual” (p. 49); y esto comportaría -según Toffler- la división funcional de los sexos: “Los hombres, preparados desde la niñez para su papel en el taller, donde se desenvolverían en un mundo de interdependencias, eran incitados a tornarse ‘objetivos’. Las mujeres, preparadas desde el nacimiento para las tareas de reproducción, cuidado de los hijos y labores domésticas, realizadas en considerable medida en completo aislamiento social, eran aleccionadas para ser ‘subjetivas’ (…) y se las consideraba frecuentemente incapaces de la clase de pensamiento racional y analítico que, supuestamente, acompañaba a la objetividad” (pp. 51-52).

Seguiremos más adelante con este interesante análisis sociológico.

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