La serpiente en el paraíso del corazón

Sábado, 10 abril, 2010

No deja de sorprenderme cuando leo a los Padres antiguos, su atinada percepción de la realidad y de la psicología humana. Por eso, en estos tiempos bañados por la modernidad puede ser de gran ayuda la lectura atenta de sus escritos.

Por ejemplo, según los Padres cada uno de nosotros posee un paraíso, que sería el corazón creado por Dios, y cada uno de nosotros vive la experiencia de la serpiente, que se cuela para seducirnos. Esa serpiente tiene la forma de un mal pensamiento. «La fuente y el principio del pecado es el pensamiento» (en griego logismós), escribe Orígenes, junto con otros autores. Éstos comparan también el corazón humano a una «tierra prometida», en la que los filisteos lanzan las flechas, o sea, las sugestiones al mal. Estos pensamientos «carnales», «diabólicos», «impuros», no pueden tener su origen en nuestro corazón porque ha sido creado por Dios. Vienen «de fuera». Ni tan siquiera son verdaderos pensamientos sino más bien imágenes de la fantasía a las que en seguida se añade la sugestión de realizar alguna cosa mala.

San Máximo el Confesor ilustra esta situación con ejemplos sacados de la vida cotidiana. No es un mal la facultad de pensar ni el pensar mismo. No es un mal la mujer. No es un mal pensar en una mujer. Pero la imagen de una mujer en la mente de un hombre raramente permanece pura. Se mezcla cierto impulso carnal. Igualmente no es un mal el dinero ni el vino, y sin embargo pueden convertirse en piedra de ofensa. Como los pensamientos malvados vienen «de fuera» y no pertenecen a nuestro modo natural de pensar, van penetrando en el corazón sólo lentamente.

Los autores bizantinos indican, poco más o menos, cinco «grados».

El primer grado se llama «sugestión», «contacto». Es la primera imagen de la fantasía, la primera idea, el primer impulso. Un avaro ve el dinero y le viene una idea: «Voy a esconderlo». Del mismo modo vienen imágenes carnales, la idea de ser superior, el deseo de dejar de trabajar, etc. No decidimos nada; simplemente constatamos que se nos ofrece la posibilidad de hacer el mal, y el mal se presenta de una forma agradable. Los neófitos en la vida espiritual se asustan, se confiesan de haber tenido «malos pensamientos», incluso en la iglesia y durante la oración. San Antonio abad llevó al tejado a un discípulo suyo, que se lamentaba amargamente de sus malos pensamientos, y le ordenó agarrar el viento con la mano: «Si no puedes agarrar el viento, menos podrás coger los malos pensamientos». Quería así demostrar que en estas primeras sugestiones no hay ninguna culpa y que no podremos librarnos de ellas mientras vivamos. Se parecen a las moscas que molestan todavía más cuando, impacientes, las espantamos.

El segundo grado se llama «coloquio». Recordemos el relato del Génesis (capítulo 3) sobre Eva y su coloquio con la serpiente. Si no se hace caso a la primera sugestión, ésta se va como ha venido. Pero normalmente el hombre se deja provocar y empieza a pensar. El avaro antes citado dice: «Tomo este dinero y lo meto en el banco». Después le viene el pensamiento de que eso no es honesto porque también los otros deberían tener conocimiento de ese dinero. Después otra vez piensa que sería mejor mantener la cosa oculta. No es capaz de decidir nada, pero la cuestión del dinero sigue en su cabeza durante todo el día. Algo parecido le sucede al que ha montado en cólera. Durante mucho tiempo se preocupa del que le ha hecho enfadar. Se imagina que lo golpea, que lo ofende; después le perdona generosamente, y después de nuevo piensa sobre lo que podría hacer. Lo olvida sólo después de algún tiempo. ¿Qué culpa hay en estos «coloquios» interiores? El que no ha decidido nada no puede haber pecado. Pero ¡cuánto tiempo y cuántas energías se pierden con estos insensatos «diálogos» internos!

El tercer estadio se define como «combate». Un pensamiento que, tras un largo coloquio, se ha instalado en el corazón no se deja expulsar fácilmente. El hombre sensual tiene una fantasía tan contaminada con imágenes impuras que no consigue librarse de ellas. Es todavía libre para no consentir. Puede y debe salir victorioso, pero eso supone esfuerzo: debe combatir.

El cuarto estadio es el «consentimiento». Quien ha perdido la batalla, decide ejecutar a la primera ocasión lo que el pensamiento maligno le sugiere. En este estadio se comete pecado en el verdadero y pleno sentido y, aunque no se concrete exteriormente, el pecado permanece dentro. Se trata de lo que la moral llama «pecado de pensamiento».

El quinto estadio es la «pasión». Quien sucumbe a menudo a los malos pensamientos va debilitando progresivamente su carácter. Nace una constante inclinación al mal, que puede ser tan fuerte que resulte muy difícil oponerle resistencia. La pasión hace al hombre esclavo.

«Estad vigilantes, permaneced firmes en la fe», escribe san Pablo a los corintios (1 Cor 16,13). Un centinela vigilante está atento, cuida la entrada para que no entre ningún extraño. En el sentido espiritual, dice Evagrio, es necesario poner un guardián vigilante a la puerta del corazón. Éste no debe cerrar nunca los ojos y tiene que examinar todo pensamiento que se presenta: «¿Eres de los nuestros o un adversario?».

Los cinco «grados» de penetración, que ya hemos descrito, nos ofrecen una claridad moral. El pecado no se comete de inmediato, sino en el cuarto estadio, en el «consentimiento». No pecamos durante el «coloquio» ni durante el «combate», pero hemos perdido mucho tiempo y mucha energía discutiendo con los pensamientos, ofreciendo resistencia a sus sugestiones. Por eso, feliz el hombre que consigue vencer al pensamiento en la primera sugestión.

Evagrio escribió un libro, Antirrheticus (Instrucciones para «contradecir»). Contiene frases de la Escritura adecuadas para ser pronunciadas cuando viene un mal pensamiento. Así hizo Jesús cuando fue tentado por el espíritu maligno (…) Los monjes aprendían de memoria ese tipo de textos para tenerlos siempre a mano cuando se presentaba una tentación. Cuando no sabían qué decir, simplemente repetían el nombre de Jesús que, según ellos, «pone en fuga a todos los demonios». El recuerdo del Salvador sirve contra todos los males.

La resistencia activa a los malos pensamientos se llama «sobriedad espiritual», o simplemente «atención». (…) También en la escuela el éxito del maestro depende de que los estudiantes «estén atentos». La oración, elevación de la mente a Dios, es impensable sin atención. Los autores griegos emplean un juego de palabras que es intraducible. En griego, atención es prosoché, y oración se dice proseuché. Entonces dicen que la primera es madre de la otra. En la liturgia bizantina, antes de una función importante, el diácono canta esta invitación: Prosoché, ¡estad atentos!

Los autores hesiquiastas, que buscaban la paz interior (hesichía), no eran pacifistas. Aseguran que no existe más paz que la del combate continuo. El asceta es un atleta. Con la práctica aumenta su fuerza, aprende a oponer resistencia al adversario: entonces la lucha se hace fácil y hasta gozosa en cierto sentido.

Fuente: EL CAMINO DEL ESPÍRITU, por Tomas Spidlik

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One Response to “La serpiente en el paraíso del corazón”


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