¡Que bien se está contigo!

Miércoles, 24 febrero, 2010

Este segundo Domingo de cuaresma, vemos al Señor en el Monte Tabor donde los apóstoles contemplaron Su Gloria. ¡Que bien se está aquí! Dijo Pedro. Por unos instantes, se les anticipó toda la belleza, y la paz, y la dicha que estaba reservada para ellos… Y se enamoraron… Dios se esconderá después en el dolor de su pasión y muerte, pero Dios antes nos ha ofrecido un punto de apoyo, ver su gloria, un punto de apoyo mucho mejor y más sólido que cualquiera de los que él pueda buscar, y entonces el hombre no se cae, salta.

La Eucaristía es también Dios escondido, y esta oración eucarística nos habla también del Tabor de su presencia eucarística: ¡Qué bien se está contigo Señor!

¡Que bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario!
¡Que bien se está contigo! ¿Por qué no vendré más?
Desde hace muchos años vengo a verte a diario
Y aquí te encuentro siempre, amante solitario
Solo, pobre, escondido, pensando en mí quizás
Tú no me dices nada, ni yo te digo nada,
Si ya lo sabes todo ¿qué te voy a decir?
Sabes todas mis penas, todas mis alegrías
Sabes que vengo a verte con las manos vacías
Y que no tengo nada que te pueda servir.
Siempre que vengo a verte, siempre te encuentro solo,
¿será que nadie sabe, Señor, que estás aquí?
¡No sé!, pero sé en cambio que aunque nadie te amara,
ni te lo agradeciera, aquí estarías siempre esperándome a mí.
¿Por qué no vendré más? ¡Qué ciego estoy, qué ciego!
Si sé por experiencia que cuando a Ti me llego
Siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor
¿A dónde voy, Dios mío, cuando a mi Dios no vengo?
Si Tú me esperas siempre, Si a Ti siempre te tengo,
Si jamás me has cerrado las puertas de tu amor.
Por otros se recorren a pie largos caminos,
Acuden de muy lejos cansados peregrinos,
Pagan grandes sumas que no han de recobrar.
Por Ti nadie pregunta, de Ti nadie hace caso,
Aquí, si alguno entra sólo es de paso.
Aquí eres Tú quien paga si alguno quiere entrar.
¿Por qué no vendré más? Si sé que aquí a tu lado
Puedo encontrar Dios mío, lo que tanto he buscado:
Mi luz, mi fortaleza, mi paz, mi único bien.
Si jamás he venido que no haya encontrado.
Si jamás he sufrido, si jamás he llorado, Señor,
Sin que Tu También llorases conmigo.
¿Por qué no vendré más, Jesucristo, bendito?
Si Tú lo estás deseando, si yo lo necesito.
Si sé que no se nada, cuando no vengo a Ti
Si aquí me enseñarías la ciencia de los santos,
Esa ciencia bendita que aprendieron tantos
Que fueron tus amigos y gozán ya de Ti.
¿Por qué no vendré más? Si sé, yo con certeza
que tu eres el modelo que mi alma necesita,
que nada se hace duro mirandote a Ti a quí.
El sagrario es la celda donde estás encerrado.
¡Qué pobre, que obediente! ¡Qué manso, que callado!
¡Que solo, que escondido! ¡Nadie se fija en Ti!
¿Por qué no vendré más? ¡Oh bondad infinita!
¡Riqueza inestimable que nada necesita
y que te has humillado a mendigar mi amor!
¡Ábreme ya esa puerta, sea ya esa mi vida,
Olvidada de todos, de todos escondida!
¡Que bien se está contigo!
¡Que bien se está, Señor!

Unidos a María, “Madre del Amor Hermoso”, fijaremos estos días nuestra mirada en Jesús de Nazareth. Hora es ya de levantar los ojos de nuestro propio pecado, y, fijándolos en la hermosura del Hijo de Dios, dejar que se iluminen hasta caer rendidos, enamorados… Hasta saltar. ¡Bendita Cuaresma!


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