Spiderman 2 y la tentación de la mediocridad

Ya sabéis que llevo desde el 30 de mayo cerca de Viljandi (Estonia). Pues bien ¿a que no os imagináis qué película vimos en inglés con subtítulos en lituano? Spiderman 2 (lo del inglés y el lituano es porque aquí estamos de varios países: Lituania, Estonia, Finlandia, Portugal, España, Francia e Italia). Sí, ya sé que lo de ver Spiderman 2 no es muy original, pero lo mejor fue el debate que algunos tuvimos sobre la película al día siguiente mientras estábamos en la sauna, a unos 90 ºC. Y para entrar en materia aquí os pongo con un trailer de la película:

Algunos decían que la película refleja en cierto modo claro, esa especie de tristeza que el hombre moderno siente ante todo lo que Dios le otorga. Es una tristeza, al percibir la elevación del ser humano producida por Dios, que le paraliza, pesa, descorazona…  Se ve muy bien en la película como lo opuesto a esta tristeza no es la laboriosidad o la diligencia, sino precisamente la grandeza de ánimo y la alegría que es consecuencia del amor a lo qué hace grande y heróica su vida (la sobrenaturalidad que podemos dar a nuestra vida).

Si te fijas la diligencia coexiste muy bien con ese abandono de los ideales. En algunas personas se podría incluso buscar la razón del desmesurado y excesivo patos del trabajo, propio de nuestra época, en ese vacío de ánimo y en esa tristeza, que es precisamente un rasgo fundamental de la fisonomía espiritual de nuestro tiempo.

Estamos hablando de esa tristeza de la cual dice San Pablo que “lleva a la muerte” (2Cor 7,10). Se trata en el fondo de una carencia de grandeza de ánimo (de magnanimidad). Aparece también cuando uno no quiere proponerse la empresa grande propia de la naturaleza del cristiano. Es una especie de angustioso vértigo que nos acomete cuando nos damos cuenta de la altura adonde nos eleva Dios.

Es ese sentimiento que alguna vez hemos podido experimentar de no tener ni el ánimo ni la voluntad de ser tan grande como realmente se es. Preferiríamos empequeñecernos para sustraerse de este modo a la obligación de la grandeza. Es una humildad pervertida; no quiere aceptar los bienes sobrenaturales, en el fondo porque implican esencialmente una exigencia para el que los recibe.
Nuestro tiempo en la que medida que ha hecho de esta actitud precisamente un rasgo fundamental de su fisonomía espiritual y social, y en la medida en que por ósmosis pasa al terreno del afecto y al de la decisión espiritual, supone una aversión más o menos consciente, una auténtica huida de Dios. Sí, el hombre moderno huye ante Dios porque lo ha elevado a un modo de ser superior, divino, y le ha obligado, por tanto, a una norma superior de deber.

La monstruosidad radica en la franca detestatio boni divini, es decir en que el hombre tenga la convicción y el deseo expreso de que Dios no le debería haber elevado, sino “dejado en paz”. La gravedad radica en la renuncia malhumorada y triste, estúpidamente egoísta, del hombre a la “nobleza que obliga” de ser hijos de Dios. Pero como esta filiación divina, sin embargo, es a su vez un hecho irrevocable que nadie puede cambiar en nada. Y puesto que se trata de un hecho irrevocable, en último término, significa que el hombre no quiere ser lo que Dios quiere que sea, es decir, que no quiere ser lo que realmente es (Cfr. J.Pieper; Las virtudes fundamentales, p.394/5; Rialp  1988.)

Afortunadamente el guión de la película se resuelve bien esta tentación. Esperemos que también en nuestra vida resolvamos también adecuadamente la respuesta que hemos de dar en cada momento. Contamos para ello con el amor a nuestra Madre, que será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza. Madre ayúdanos a mantener siempre el ánimo de las cosas grandes y si caemos que recordemos que: A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María. (cfr. san Josemaría en Camino 492 y 495)

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