Foto robot de la soberbia

Es el vicio que más daña a cada persona y a la sociedad. Consiste en el amor desordenado de uno mismo, o, como expresa Santo Tomás de Aquino, en «el apetito desordenado de la propia excelencia» (5. Th, 2-2, q. 162, a. 2, c.): es la desordenada afición a lo propio, y el tenerse por mejor y más digno de consideración de lo que realmente es. Por eso, en el origen de la soberbia -en su núcleo- hay un error, una falsa medida, una mentira sobre sí mismo con la que cada uno se engaña. ¿Cómo se fragua y crece esta mentira sobre uno mismo? Veámoslo con más detalle.

En primer lugar esta la complicidad a esa tendencia que todos tenemos a considerar con detenimiento nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos. De modo que si no estamos atentos, la imagen que de nosotros nos hacemos se embellece falsamente y nos vamos encontrando cada vez más dignos de nuestro propio amor. Apreciamos cada vez más nuestras cualidades físicas, nuestra inteligencia, nuestros conocimientos, nuestras acciones, nuestra experiencia, los servicios que hemos prestado…, incluso nuestra piedad. A medida que nos aficionamos a pensar en nosotros y en lo que hacemos, nuestras cualidades se agigantan, mientras se olvidan las miserias y limitaciones que las acompañan. Quien ha prestad o un servicio, acaba olvidando, quizás, las imperfecciones con que lo ofreció. Y quien se siente muy inteligente, tiende a disculpar -e incluso a desconocer- sus errores teóricos y sus lagunas. De este modo, crece la estima que cada uno tiene de sí. El vicio de destacar lo bueno y desconocer lo malo -el engaño sobre sí mismo- llega a ser tan fuerte que se puede acabar perdiendo finalmente toda capacidad crítica y caer en el ridículo. En la sociedad humana, siempre resulta algo grotesca la persona que resulta demasiado pagada de sí misma, y que presume ostensiblemente de su altura, de la belleza de sus ojos, del precio de su abrigo, de su ciencia… Los humanos toleramos mal la vanidad del vecino y tendemos a escarnecerla.

Quien siente gran estima de sí tiende a que los demás la compartan. No se conforma con contemplarse y autocomplacerse, sino que desea que también los demás-rindan tributo a su perfección. De aquí surge la vanidad, ese afán ridículo de mostrar lo que cada uno considera valioso de sí. El vanidoso se deja llevar por el deseo de distinguirse en lo que sea y, a veces, llega incluso hasta la hipocresía; es decir, hasta el fingimiento, dando a entender que es mas rico, más sabio, más hábil o mejor deportista de lo que realmente es. El artificio es tan eficaz que, al final, el mismo hipócrita encuentra dificultad en distinguir lo que es real de lo que ha inventado.

El amor propio al inclinar a centrarse sobre uno mismo es fuente permanente de desatenciones para con los demás. El que es soberbio no se acuerda de que existen los demás, porque está centrado en sus cosas; consume todas sus energías en satisfacer sus ambiciones o sus caprichos, y esto hace del soberbio -del egoísta- un ser antisocial.

Si está con otros, tiende a hablar de sí mismo -incluso de las propias enfermedades o sueños, si no tiene nada más brillante a que acudir- y a exigir la atención de los demás. A veces, incluso, la provoca artificialmente.

Está inclinado a juzgar con severidad a los otros y en todas sus afirmaciones sobre ellos hay una comparación implícita consigo mismo; por eso, suele ser muy critico con respecto a los que, de alguna manera, le aventajan; y despreciativo y cruel con los que considera inferiores. Esas comparaciones son, además, el origen de la envidia, que va siempre acompañada de inquietudes, de pequeños rencores y a veces, de bajezas grotescas en el intento de superar a los que le aventajan o de restarles méritos.

El que siente gran cosa de sí mismo es muy sensible a los juicios de los demás: mendiga los halagos (que tiende a creer siempre merecidos) y no perdona las críticas. Todo es motivo de agravios y ofensas. Y como esto tiene su origen en una hipersensibilidad hacia lo propio, se produce una espiral de complicación que sube sin remedio. Echa en falta atenciones que cree merecidas; y lo que considera falta de consideración para su persona, da lugar a agravios que no se borran. Si entonces pierde la confianza en las personas que le rodean, todo será motivo de ofensa: si no se ocupan de él, se quejará de descuido, y si se ocupan, le parecerá que es hipocresía o burla. De aquí surgen un sinfín de rencores y de odios que ensombrecen la vida del soberbio y hacen insoportable la convivencia.

El que se ama mucho es especialmente sensible a su opinión. Cree hallarse en posesión de la verdad y tolera mal que le contradigan. Tiende a colocarse en posturas extremas sólo por la satisfacción de distinguirse. Y defiende sus opiniones con tal convicción forzada, que es imposible prácticamente contradecirle y hacer que cambie de opinión. Este defecto produce muchas veces inconvenientes en la vida científica y académica, pues quita la flexibilidad necesaria para aceptar las opiniones de otros y corregir los propios errores. A veces, se mantienen auténticas dictaduras intelectuales, que no tienen otro fundamento que la soberbia de una mente egregia, pero también sometida al error como todas. La soberbia es el pecado más característico del espíritu y por eso se ceba en las personas más valiosas; éstas se engañan más fácilmente con sus buenas cualidades y olvidan sus miserias.

El último efecto característico de la soberbia es la tendencia a someter a los demás y la dificultad, en cambio, que produce para someterse a otros. El soberbio tiende a imponerse, pero se resiste a obedecer; le cuesta someterse a la norma y hacer lo que todos hacen. Si no puede mandar, al menos gusta de ser la excepción. Por eso mismo, tiende a ser muy cruel y crítico con los que le gobiernan. Y cuando ha ocupado cargos de importancia, o se considera vestido de alguna autoridad por méritos pasados, se agudiza la tendencia a distinguirse y a rebelarse. Son lo que Santa Teresa llamaba «puntos de honra» y «mayorías» (méritos adquiridos): «En los movimientos interiores se traiga mucha cuenta, en especial si tocan en mayorías, Dios nos libre, por su Pasión, de decir ni pensar para detenerse en ello: “si soy más antigua en la Orden”, “si he más años”, “si he trabajado más”, “si tratan mejor a otra”. A estos pensamientos, si vinieran, es menester atajar con presteza, porque si se detienen en ellos o los ponen en plática, es pestilencia y de donde nacen grandes males» (Camino de perfección, 12, 4).

Es, sin duda, el pecado más grave, porque es el que más daño hace. Vicia profundamente la capacidad del hombre para relacionarse con los demás y con Dios, que es la más alta capacidad del espíritu. Pues el espíritu crece en la medida en que se da en la amistad y en el amor, en la medida en que sale de sí mismo para entregarse a otros; pero la soberbia inclina a ser el propio centro, y cierra el espíritu sobre sí mismo. Se pierde la facilidad para darse y se empequeñece el alma en los estrechos horizontes de aspiraciones egoístas.

Fuente: esta tomado de “Para ser cristiano”, J. L. Lorda

Una vez más la solución nos la indica el Señor en el Evangelio: «Llegaron a Cafarnaún y una vez en casa les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor» (Mc 10, 33-34). Como sentencia el libro de los Proverbios (13, 10): «la soberbia sólo ocasiona disputas». Entonces, el Señor quiso darles una lección, y les puso como ejemplo a un niño: «Yo os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3-4).

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