Ella no me abandonó

pathLa filiación divina que Jesucristo nos ganó por su pasión, muerte y resurrección, nos ha hecho hijos adoptivos de un Padre Dios que nunca nos abandonará. Sí, somos en verdad familia de Dios.

Permanecía en el suelo furiosa, pataleando y gritando hasta quedar afónica, todo porque mi madre adoptiva me había pedido recoger mis juguetes. “Te odio”, aullé.

Tenía entonces seis años y no comprendía por qué me sentía continuamente tan enfadada. Desde los dos años de edad había estado viviendo en adopción. Mi verdadera mamá no podía darnos a mis cinco hermanas y a mí la atención que necesitábamos. Y como no teníamos papá o alguien más que nos atendiera, se nos colocó en diferentes casas adoptivas. Yo me sentía sola y confundida. No sabía cómo manifestar mi dolor interior. La única forma que conocía para expresar mis sentimientos era el berrinche. Como yo seguí portándome mal, con el tiempo, mi madre adoptiva del momento me envió de regreso a la agencia de adopción, igual que lo había hecho la mamá anterior. Yo consideraba que era la niña que inspiraba menos amor en el mundo.

Entonces conocí a Kate McCann. En aquel momento tenía yo siete años y vivía con mi tercera familia adoptiva cuando ella llegó de visita. Cuando mi madre adoptiva me dijo que Kate era soltera y quería adoptar a un niño, no pensé que me elegiría. No podía imaginar que alguien quisiera que yo viviera a su lado para siempre.

Ese día, Kate me llevó a una granja de calabazas. Nos divertimos mucho, pero no pensé que la volvería a ver. Unos días más tarde, un trabajador social vino a casa para decir que Kate quería adoptarme. Después me preguntó si a mí me importaría vivir con sólo una mamá en lugar de con una mamá y un papá. “Todo lo que quiero es alguien que me quiera”, dije.

Kate nos visitó al siguiente día. Explicó que se necesitaría un año para que la adopción fuera válida, pero que pronto me podría ir a vivir con ella. Yo me sentí emocionada pero también asustada. Kate y yo éramos perfectas desconocidas. Me preguntaba si ella cambiaría su parecer una vez que me llegara a conocer a fondo. Kate percibió mi temor. “Sé que te han lastimado“, manifestó, abrazándome. “Sé que estás asustada. Pero te prometo que nunca te enviaré de regreso. Ahora tú y yo somos una familia.” Para mi sorpresa, sus ojos estaban anegados de lágrimas. De pronto comprendí que ella estaba tan sola como yo. “Está bien … mamá”, respondí.

A la siguiente semana conocí a mis nuevos abuelos, tía, tío y primos. Fue una sensación curiosa, pero bonita, estar con extraños que me abrazaban como si ya me quisieran. Cuando me mudé a casa de mamá, por primera vez tuve mi habitación propia. Estaba tapizada y tenía una colcha que hacía juego, una cómoda antigua y un armario grande. Yo sólo llevaba poca ropa en una bolsa de papel marrón. “No te preocupes”, exclamó mamá. “Yo te compraré muchas cosas nuevas bonitas.” Esa noche me fui a dormir sintiéndome segura. Recé para que nunca tuviera que irme de ahí.

Mamá hizo muchas cosas buenas para mí. Me llevó a la iglesia. Me dejó tener mascotas y me dio clases de equitación y piano. Todos los días me decía que me quería. Pero el amor no era suficiente para que sanara la herida en mi interior. Yo seguía esperando que ella cambiara de parecer. Pensaba, “si me comporto muy mal, me abandonará como las otras“. Así que traté de herirla primero, antes de que ella me hiriera a mí. Por cualquier cosa iniciaba una discusión y hacía berrinches cuando no salían las cosas a mi modo. Daba portazos, y si mamá trataba de impedírmelo, le pegaba. Pero ella nunca perdió la paciencia. Me abrazaba y me decía que ella de cualquier modo me quería.

Como me iba muy mal en la escuela cuando me fui a vivir con ella, fue muy estricta con mis tareas. Un día que estaba viendo la televisión, entró y la apagó. “Puedes ver televisión cuando termines de hacer la tarea”, manifestó. Yo exploté, cogí mis libros y los arrojé por todo el cuarto. “Te odio y ya no quiero vivir aquí”, grité. Esperé a que ella me ordenara que empezara a empacar. Como no lo hizo, pregunté, “¿No me vas a enviar de regreso?”. “No me gusta tu comportamiento”, señaló, “pero jamás te enviaré de regreso. Somos una familia y las familias no se abandonan los unos a los otros”. Entonces lo comprendí. Esta mamá era diferente; no se pensaba deshacer de mí. En verdad me quería. Y comprendí que yo también la quería. Lloré y la abracé.

En 1985, cuando mamá me adoptó formalmente, la familia entera lo celebró en un restaurante. Era bonito pertenecerle a alguien. Pero seguía asustada. ¿Podía una mamá quererme en verdad toda la vida? Mis berrinches no desaparecieron de inmediato, pero con el paso del tiempo, se presentaron con menos frecuencia. Ahora tengo 16 años, tengo buenas calificaciones, un caballo llamado Dagger’s Point, cuatro gatos, un perro, seis palomas y una rana mugidora que vive en el estanque del patio de atrás. Y tengo un sueño, quiero ser veterinaria.

A mamá y a mí nos gusta hacer cosas juntas, como ir de compras y montar a caballo. Sonreímos cuando la gente nos dice que nos parecemos mucho. No creen que no sea mi verdadera mamá. Ahora soy más feliz de lo que jamás imaginé pudiera ser. Cuando sea mayor, me gustaría casarme y tener hijos, pero si eso no funciona, recurriré a la adopción igual que mamá. Seleccionaré a un niño asustado y solitario y después nunca, nunca, lo abandonaré. ¡Soy tan feliz de que mamá no me abandonara!

Fuente: Sharon Whitley;

Extraído de la revista Woman’s World

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