La otra mujer

Viernes, 30 enero, 2009

Este relato está firmado por David Farrel, un afamado periodista investigador y columnista profesional. Durante sus más de veinte años de ejercicio profesional ha recibido varios premios, incluyendo el de repostero investigativo nacional, otorgado por la Sociedad de Periodismo Profesional. En 1992 recibió la prestigiosa beca Mike Wallace Investigative Fellowship de la Universidad de Michigan. Su columna titulada “Roadside Attractions Along the Information Highway” es distribuida por “Universal Press Sindícate” y otros.

Ten calma con el comienzo, todo se va aclarando. Se trata de otra de nuestras anécdotas históricas.

Después de veintiún años de matrimonio, descubrí una nueva manera de mantener viva la chispa del amor y de la intimidad en mí relación con mi esposa. Desde hace poco, había comenzado a salir con otra mujer. En realidad, había sido idea de mi esposa: –“Tú sabes que la amas” -me dijo un día, tomándome por sorpresa: –“La vida es demasiado corta. Debes dedicar tiempo a la gente que amas”. –“Pero yo te amo a ti” -protesté. –“Lo sé. Pero también la amas a ella. Es probable que no me creas, pero pienso que si ustedes dos pasan más tiempo juntos, esto nos unirá más a nosotros”.

Como de costumbre, Peggy estaba en lo cierto. La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo visitara, era mi madre.

Mi madre es una viuda de 71 años, que ha vivido sola desde que mi padre murió hace diecinueve años. Poco después de su muerte, me mudé a California, a 3.700 kilómetros de distancia, donde comencé mi propia familia y mi carrera. Cuando de nuevo me mudé cerca del pueblo donde nací, hace cinco años, me prometí que pasaría más tiempo con ella. Pero las exigencias de mi trabajo y mis tres hijos hacían que sólo la viera en las reuniones familiares y durante las fiestas.

Se mostró sorprendida y suspicaz cuando la llamé para sugerirle que saliéramos a cenar y al cine. –“¿Qué te ocurre? ¿Vas a volver a mudarte con mis nietos?” -me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer que, cuando cualquier cosa se sale de lo común -una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresiva de su hijo mayor- piensa que es indicio de malas noticias. –“Creí que seria agradable pasar algún tiempo contigo” -le respondí-: “Los dos solos”. Reflexionó sobre ello un momento. –“Me agradaría” -dijo: “Me agradaría muchísimo”.

Mientras conducía hacia su casa el viernes después del trabajo, me encontraba algo nervioso. Era el nerviosismo que antecede a una cita… y ¡por Dios! lo único que estaba haciendo era salir con mi madre. ¿De qué hablaríamos? ¿Y si no le gustaba el restaurante que yo había elegido? ¿O la película? ¿Y si no le gustaba ninguno de los dos?

Cuando llegué a su casa, advertí que ella también estaba muy emocionada con nuestra cita. Me esperaba en la puerta, con su abrigo puesto. Se había rizado el cabello. Sonreía: –“Les dije a mis amigas que iba a salir con mi hijo, y se mostraron muy impresionadas” -me comentó mientras subíamos al auto-: “No pueden esperar a mañana para escuchar acerca de nuestra velada”.

No fuimos a un sitio elegante, sino a un restaurante del vecindario donde pudiéramos hablar. Cuando llegamos, se aferró a mi brazo -en parte por afecto, en parte para ayudarse con los escalones para entrar-. Cuando nos sentamos, tuve que leerle el menú. Sus ojos sólo ven grandes figuras y grandes sombras. Cuando iba por la mitad de las entradas, levanté la vista. Mamá estaba sentada al otro lado de la mesa, y me miraba. Una sonrisa nostálgica se le delineaba en los labios: -“Era yo quien leía el menú cuando eras pequeño” -me dijo. De inmediato comprendí qué quería decir. Nuestra relación cerraba el círculo: antes era ella la que me cuidaba a mí y ahora era yo quien cuidaba de ella: -“Entonces es hora de que te relajes y me permitas devolver el favor” -le respondí

Durante la cena tuvimos una agradable conversación. Nada extraordinario, sólo ponemos al día con la vida del otro. Hablamos tanto que nos perdimos el cine. –“Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas invitar” -dijo mi madre cuando la llevé a casa. Asentí

-“¿Cómo estuvo tu cita?” -quiso saber mi esposa cuando llegué aquella noche. –“Muy agradable… mucho más de lo que imaginé” –Peggi sonrió con su sonrisa de ya-te-lo-dije.

Desde entonces, veo a mamá con regularidad. No salimos todas las semanas, pero tratamos de vernos al menos un par de veces al mes. Siempre cenamos y en algunas ocasiones también vamos al cine. La mayoría de las veces, sin embargo, sólo hablamos. Le cuento acerca de mis problemas cotidianos en el trabajo. Me ufano de mis hijos y de mi esposa. Ella me cuenta los chismes de la familia, con los que al parecer nunca estoy al día.

También me habla de su pasado. Ahora sé lo que significó para ella trabajar en una fábrica durante la Segunda Guerra Mundial. Sé cómo conoció allí a mi padre y cómo alimentaron un noviazgo de tranvía en aquellos tiempos difíciles. A medida que escucho estas historias, me doy cuenta de la importancia que tienen para mí. Son mi propia historia, Nunca me canso de oírlas.

Pero no sólo hablamos del pasado. También hablamos del futuro. Debido a sus problemas de salud, mi madre se preocupa por el porvenir. -“Tengo tanto por vivir -me dijo una noche-. Necesito estar presente mientras crecen mis nietos. No quiero perderme nada”.

Como muchos de los amigos de mi generación, tiendo siempre a correr y lleno mi agenda hasta el tope mientras lucho por hacerles lugar en mi agitada vida a mi carrera, mi familia y mis relaciones. A menudo me quejo de la rapidez con que pasa el tiempo. Dedicar algunas horas a mi madre me ha enseñado la importancia de tomar las cosas con calma. Por fin comprendí el sentido de una expresión que he escuchado un millón de veces: “tiempo de calidad”.

Peggy estaba en lo cierto. Sin duda, salir con otra mujer ha ayudado a mi matrimonio. Ha hecho de mí un mejor esposo, un mejor padre y, espero, un mejor hijo. Gracias, mamá. Te amo.

Fuente: por David Farrell

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