¿Liberalismo o socialismo?

Supongamos que tuvieras que elegir entre estos dos grandes sistemas sociales y políticos: el liberalismo y el socialismo. ¿Qué escogerías? Y sobre todo ¿Por qué?

ALGUNOS DICEN QUE el liberalismo es un empirismo que se remite a la ley del mercado (de la oferta y la demanda), y que al poner su confianza en la iniciativa privada, en el espíritu de empresa, y al tener como resorte el interés personal (siem­pre impulsado por ambiciones), genera inevitablemente desigualdades sociales. El socialismo ve en las desi­gualdades: injusticias, y se impone así mismo el deber de corregirlas ¿Cómo? Precisamente limitando estrechamente la iniciativa individual (el interés personal), pero esto genera inevitablemente un descenso del nivel general de vida, una escalera igualitaria que no sube muy arriba.

Según lo anterior, se trata de elegir entre un sistema (liberalismo) que enriquece a los más dotados dejando algún beneficio a los demás, o entre un sistema (socialismo) que se pre­tende más equitativo y justo pero que produce cada vez menos riqueza para repartir.

SIN EMBARGO y que yo sepa, hasta ahora nadie ha conseguido combinar de manera eficaz las ventajas e inconvenientes de uno y otro régi­men. Más aún por una extraña casualidad, con bastante frecuencia lo que ocurre es que se suman sus inconvenientes.

¿QUÉ ELEGIR ENTONCES? No nos engañemos, en el fondo tanto el liberalismo como el socialismo son dos mate­rialismos, práctico el uno y doctrinal el otro, que no pueden corregir sus defectos más que supe­rándose ellos mismos. ¿Cómo? El liberalismo: aplicándose a cambiar sus sociedades “anónimas” en sociedades “de personas”. Y el socialismo: refrenando su tenden­cia a intervenir de manera abusiva en todos aquellos campos en los que se le antoja que la libertad va contra la igualdad.

EFECTIVAMENTE, en el fondo, ambos sistemas tratan a la persona como algo hostil, aunque de modo disparejo. El liberalismo, al someterla a la ley del resultado, provoca el endurecimiento de los corazones de unos y la humillación de los otros. El socialismo, al obligarla a una obediencia totalitaria (desenlace común de todas las ideologías), termina por degradar a la persona. Ninguna de estas dos formas de anulación de la persona es satisfactoria para el espíritu libre del hombre.

A estas alturas del post sigue en pie la pregunta del principio: ¿qué hacer entonces? Emplearé una frase de de Simone Weil, según ella, hay que estar siempre dispuestos para «cambiar de campo con la justicia».

Cfr. El sentido de la vida

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