No bastan las buenas intenciones

Miércoles, 27 febrero, 2008

“Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. (…) Ponedlos por obra”

La ley de Dios no es ni una imposición divina, ni un precio a pagar para llegar al Cielo, ni una prueba de obediencia, etc… Al menos así no lo vieron los santos. Los santos son un buen punto de referencia porque no ha existido ningún santo que no haya sido feliz, y porque ellos fueron los más fieles cumplidores de la Ley de Dios… Quizás el secreto esté en que los santos supieron ver en la Ley de Dios la medicina para su debilidad, el consejo amoroso de un Dios Padre que abraza en sus momentos de temor y duda, la luz para su inteligencia que da seguridad al caminar en la oscuridad de la vida… Vieron en ella una Inteligencia y una Sabiduría “prestadas”, la Ayuda que necesitaban para poder llegar a ser felices. Los santos, en su amoroso sometimiento al querer de Dios, han encontrado ese consuelo gozoso del saberse Discípulos, hijos de tan gran Padre, que les enseña el arte de la vida, el modo de ser feliz aquí en la tierra y luego en el Cielo.

Porque esta ley es “vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos”.

La gente busca la felicidad, pero recuerda “no bastan las buenas intenciones”. Te copio esta antigua anécdota: En un vasto paisaje helado, azotado por la ventisca, se desliza un trineo. Su único ocupante viaja hacia el polo Norte. De su rostro, cubierto de agujas de hielo, destacan los ojos febriles clavados con ansia en el horizonte. Avanza el trineo con la prisa de quien pareciera llegara tarde. No permite que el tiro de perros se desvíe un ápice del septentrión; no les concede respiro a su esfuerzo, ni disminuye su velocidad. No se distrae el viajero en su valioso equipaje, que es todo lo que posee. Todo en él es una tensa voluntad de alcanzar pronto la meta. En llegar al polo Norte ha puesto lo mejor de sus energías, la más entrañable de sus esperanzas, el sentido final de su destino.
Solamente de trecho en trecho, nuestro viajero se detiene un instante para comprobar si la dirección es correcta y cuánta es la distancia que todavía le separa del Norte. Y aquí la sorpresa. Los instrumentos le demuestran, sin lugar a dudas, que la dirección resulta exacta, pero la distancia del Polo Norte es cada vez mayor. En vano verifica una y otra vez sus instrumentos: no están estropeados, no hay error en la medición, la dirección es buena, más la distancia en cada comprobación no cesa de aumentar. Pero nuestro perplejo viajero, entre el desaliento y la esperanza, fuerza más y más la velocidad, castiga sin piedad a sus perros y los lanza vertiginosamente entre la ventisca con la desesperación de quien pareciera que huye. Todo es inútil, no obstante, en cada sucesiva medición, pese a la fidelidad de la dirección, el polo Norte se aleja más y más….

¿Qué le ocurre, al protagonista de tan dramático viaje? Si nos distanciáramos lo necesario para poder ver desde lo alto aquella situación, descubriríamos que aquel vasto paisaje helado por cuyo interior viaja este diminuto trineo, no es más que un inmenso témpano de hielo, un colosal iceberg, que se desplaza hacia el Sur a mucha mayor velocidad de la que nuestro pobre viajero corre hacia el Norte. La meta del viaje y los ideales de su equipaje eran nobles. Su esfuerzo, admirable. Pero la base sobre la que se sustentaba toda la aventura era tan radicalmente errada que le conducía con fatalidad al polo opuesto. El deseo y búsqueda bien intencionada de la felicidad, de llegar al Polo Norte, no basta para alcanzarla; los planteamientos de fondo, la visión del hombre, del mundo y de Dios, la base sobre la que sustentar este proyecto es tanto o más importante.

“Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: ‘Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente’.”

María: ¡haz que escuche y ponga por obra como tu!: “Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra”

Cfr. Dt 4, 5-9; Sal 147; Mt 5, 17-19

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