Del Monte Carmelo a Caná

Viernes, 15 febrero, 2008

Comenzaba en segundo día de nuestra peregrinación, que se presentaba con un sol espléndido, aunque seguía haciendo un poco de frío. Aquel viernes, 11 de enero, se celebraba en el hotel con una fiesta, el 60º aniversario del Estado de Israel. Tras desayunar salimos en dirección a Haifa. Volvimos a ver a nuestra izquierda el monte Tabor, y pronto divisamos frente a nosotros el relieve montañoso del Monte Carmelo. Se trata de una bella cadena de montañas que arrancando de Samaría se prolonga unos 24 Km hasta llegar al mar. Se adivinaba hacia la izquierda un paso central que facilita la comunicación entre los valles de Esdrelón y el de Sarón. Las laderas que teníamos frente a nosotros, las que miran al mar Mediterráneo y al valle de Zabulón, son las más hermosas. Se entiende bien que la Escritura celebre su fecundidad y belleza, traduciendo la palabra “Carmel” por huerto o jardín del Señor.

Llegamos a Haifa. Ciudad eminentemente industrial, con el mayor puerto del Mediterráneo industrial, que desarrolla una gran actividad comercial y turística. Un gran silo, “Dagón”, para almacenamiento de trigo da la entrada a la ciudad y a lo lejos un gran edificio con forma de pez nos llama la atención. Enfilamos una recta calle que nos sitúa frente a frente con el monumental complejo de jardines persas y santuario funerario de la Fe Bahaí.

Pronto llegamos a la Basílica de Ntra. Sra. del Carmen que forma parte del convento carmelita “Stella Maris”. Entramos, bajo el altar mayor está una de las grutas del profeta Elías. Nos arrodillamos ante el Santísimo y ante la imagen de Nuestra Señora, y permanecimos en profunda oración un buen rato en aquel tranquilo lugar que está muy unido a la historia de dos grandes profetas del Antiguo Testamento: Elías y Eliso. Estas montañas fuero escenario del sacrificio de Elías (1Re 18, 22-40; lugar hoy conocido como Muhraqa) donde se enfrentó a los sacerdotes de baal. También aquí, fue el lugar desde donde divisó la nube que terminaría con la gran sequía (1Re 18, 41-46). Y también a estos montes se retiró el profeta Eliseo (2Re 2, 25). El carmelita que nos atendió, nos explicó que allí comenzó la Orden Carmelitana, cuando un grupo de ermitaños en el s. XII imitando al profeta Elías, se establecen en aquel monte y consiguen en 1214 que san Alberto, Patriarca de Jerusalén, les apruebe la regla de vida que les caracterizará.

Y después salimos en dirección a Nazaret pero antes pararíamos en Caná. Nos acercábamos pues a la ciudad que protagoniza, por así decirlo, la presentación en sociedad de Jesús, de la mano de María. Si José, introdujo al Señor en el mundo del trabajo de aquellos años de vida oculta, será ahora María quien con aquel milagro, sugerido y compartido, de comienzo a su vida publica. Ella, quizás sin advertirlo, adelanta los tiempos de la Redención. Allí, en aquella iglesia blanca de Caná, permanece aún el recuerdo de la presencia de Jesús en las bodas, santificando así la relación entre los esposos, “sacramento grande” lo llama san Pablo al referirse a esta relación… La familia cristiana, el hogar cristiano… Realidades por las que rezamos y pedimos en aquel gozoso lugar, que recuerda la alegría de vivir y de la fiesta del amor esponsal… ¡Gracias Señor por haber querido santificar con tu presencia estas realidades humanas tan entrañables!

En el camino de regreso al minibús encontramos la iglesia de San Bartolomé o Natanaél por ser su ciudad natal (Jn 21,2) y el lugar donde probablemente recibió la llamada de Jesús a seguirle (Jn 1,45-51). También, en esta ciudad, Juan relata la curación milagrosa del hijo de un cortesano (Jn 4, 46-54).

Ahora sí, ya nos dirigimos a Nazaret, pero esto lo dejo para el próximo viernes.

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