¿El compromiso conyugal?

Lunes, 11 febrero, 2008

ALGUNOS AFIRMAN que la noción y costumbre del compromiso conyugal obedece a creencias de tiempos antiguos fuertemente impregnados de religión en los que se creía en la inmortalidad del alma. Se consideraba entonces –dicen ellos- que el tiempo era como una fracción de eterni­dad, de suerte que todo compromiso contraído en este mundo tenía necesariamente su prolon­gación en el otro. Pero esta concepción ha cadu­cado ya… PORQUE el hombre moderno conoce ahora sus límites y, de paso, contra todas las formas de opresión reli­giosa o moral, ha conquistado una libertad total que es su bien más preciado. POR ESO el hombre moderno no tolera ninguna clase de alienación, y el amor tampoco va a poder comprometerle de manera irrevocable más que cualquier otro sentimiento. El hombre moderno sabe que un hombre, una mujer no pueden darse ya definitivamente el uno al otro… El amor no presenta ya esa dimensión de eternidad que le confería antiguamente la imagi­naria ratificación del cielo.

SIN EMBARGO, sigue en pie que un amor que no tuviera el sentimiento de ser eterno no habría comenzado nunca. Así lo testimonia el sentir unánime de los que están enamorados.

POR ESO OTROS DICEN que se trata de un malentendido, que hay un completo error sobre la naturaleza del amor humano y el origen del compromiso con­yugal….

La realidad es que la religión se encontró ya el amor así y no ha hecho nunca más que sacralizar una situación ya existente: el amor ha precedido a los ritos, y el misterio del afecto humano no es resultado de los grandes interro­gantes religiosos, sino más bien una de sus causas.

Se co­mete igualmente una equivocación acerca del proceso del compromiso cuando se le percibe con las miradas del cansancio y el aburrimiento, residuos tristes del egoísmo, en vez de contemplarlo con la luz del amor que percibe en el compromiso el modo perfecto para descubrir de un modo lento pero impresionante las inmensas profundidades del ser amado, que se ponen de manifiesto en las pruebas y sufrimientos compartidos, único modo de alcanzar esa certidumbre de haber amado, de poseer el único bien inalienable que se puede alcanzar en este mundo y llevarse al otro.

La alternativa a este infinito es clara: dejarnos dominar por ese egoísmo insoluble, capaz de apoderarse de nosotros hasta el punto de dejarnos solos, solos con nuestros recuerdos, solos con nuestros vértigos, solos con nuestras lágrimas…

Cfr. El sentido de la vida.

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