De Cafarnaún a Ein Gev

Viernes, 1 febrero, 2008

Tras abandonar Tabga nos dirigimos a Cafarnaún. Esta ciudad populosa y rica en tiempos de Jesús y que fue el centro de su actividad apostólica mientras residió en la casa de Pedro, estaba situada en la orilla norte del lago, y era cruzada por la Via Maris en dirección a Siria, de ahí que tuviera guarnición militar (Mt 8,5) y aduana (Mt 9,9). Sus habitantes se dedicaban principalmente a la agricultura y a la pesca. Ahora se presentaba ante nosotros como un panorama de extensas ruinas.

Allí, y como ocupando el centro de aquellas piedras, bajo una construcción moderna, se encuentran los restos de la Casa de Pedro. La Casa donde se hospedó el Señor durante largas temporadas, donde cura a la suegra y muchos enfermos, al paralítico que unos amigos le presentan por la abertura realizada en el techo; donde la muchedumbre que le escucha impide el acceso a su madre; donde curó a dos ciegos… Donde le llevaron muchos endemoniados; arrojó a los espíritus con su palabra y curo a todos los enfermos (Mt 8,16)… Resulta fácil imaginar a Jesús paseando por aquellas calles; yendo a la sinagoga los sábados; partiendo a la casa de Jairo para resucitar a su hija y curando de paso a la hemorroisa; acercándose al telonio donde está trabajando Leví para hacerle apóstol; dirigiéndose sin escrúpulo a la casa del centurión romano que había ayudado a construir la sinagoga…

A no mucha distancia de la casa de Pedro, se encuentran los restos de la sinagoga de Cafarnaún. Se trata de un edificio de estilo helenístico (s. IV-V), muy bonito, construida sobre la sinagoga en la que Jesús hizo la gran promesa de la Eucaristía: Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente (Jn 6, 58-59). Y no muy lejos de donde estábamos tendría lugar aquella pregunta dolorida del Señor, cuando se quebró la perseverancia de muchos discípulos: ¿También vosotros querías marcharos? Y aún hoy contemplando aquellas restos, casi se puede escuchar la respuesta de aquel hombre fiel: Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios (Jn 6,67-69). Era un buen momento para rezar un credo pausadamente mientras nos uníamos a las intenciones del Papa.

Así iba transcurriendo nuestra oración, cuando nos avisaron que debíamos partir hacia un embarcadero cercano, donde cogeríamos el bote que nos llevaría a Ein Gev, un kibutz que se encuentra en la orilla este, justo frente a Tiberiades, donde comimos.

Aunque hacía un viento frío y seguía un poco nuboso, la travesía por el lago nos causó también una gran impresión. La primera observación fue que era en verdad un gran lago, que podía muy bien llamarse el mar de Galilea. La superficie del agua está a 210 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo y sus dimensiones son aproximadamente 21 Km de largo por 11 km de ancho. Su belleza natural trae rápidamente a la memoria el recuerdo de Jesús, caminando por sus riberas (y sobre sus aguas); llamando, para seguirle, a varios de sus Apóstoles que eran pescadores; haciendo aquellas pescas milagrosas que tanto impresionó a aquellos hombre rudos… Aún se escucha allí ese: duc in altum! de Jesús -¡mar adentro!- para que tu y yo sigamos dando esa respuesta obediente y generosa –dejadas todas las cosas- y continuemos en la historia aquel mismo milagro hasta el final de los tiempos…

Al poco tiempo llegamos a Ein Gev. La pesca del lago es abundante y el pescado más conocido es el llamado tilapie o también pez de san Pedro, así que no nos extraño que nos ofrecieran para comer este pez, que resultó ser un plato exquisito a pesar de las espinas. Aquel pez, que ayudó con un stater a pagar el impuesto de Jesús y Pedro (Mt 17,22-27), se resistía y por más que miraba en su boca, no encontraba ninguna moneda para pagar la cuenta… Y como no quiero alargarme más de un folio, seguiremos el próximo viernes.

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