Causa de nuestra alegría

Miércoles, 21 noviembre, 2007

No quiero dejar pasar este miércoles sin la meditación; este miércoles además nos trae también una fiesta mariana.

Ayer era un anciano, Eleazar, el que nos daba un sorprendente testimonio de entereza. Hoy es una madre con sus siete hijos la que nos asombra con su lucidez y valentía. Se trata de la persecución de Antíoco IV que, con una sutil mezcla de halagos y amenazas, intenta seducir a los israelitas y conducirlos a la “religión oficial”, la políticamente correcta de aquel momento. Muchos resistieron ejemplarmente, “pero ninguno más admirable y digno de recuerdo que el de la madre, que viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor”. Es muy duro, es heroico, pero aquella madre actúa con la inteligencia que solo da la fe y de echo cuando ve dudar al más pequeño lo que hace es suplicarle: “Hijo mío, ten piedad de mí…. Hijo mío, te lo suplico… No temas a ese verdugo, no desmerezcas de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos.” Este ha sido y es el testimonio glorioso de los mártires. Me impresionó escuchar hace poco a una madre decir: “yo he traído a mis hijos al mundo para llevarlos al Cielo; si al final no nos encontramos juntos en el Cielo ¡vaya fracaso!”… ¡Impresionante!

Hoy es también la Presentación de la Virgen María. En un reciente libro «Hipótesis sobre María», el escritor Vittorio Messori tras hacer un riguroso estudio concluye que María ha sido y es la mujer más influyente de la historia. «María, para la sabiduría del mundo, no es nada –sigue aclarando–. Para la perspectiva de la fe es un abismo de misterio: es persona humana como nosotros y a la vez es instrumento indispensable para el mayor acontecimiento y con diferencia: la encarnación de Dios mismo».

La fiesta de hoy nos recuerda precisamente esto: el misterio del acercamiento enamorado del Creador a la criatura…

Hace poco hablando con Ángel, me venía a decir que «el cristianismo hoy se presenta como una antigua tradición, sobre la que pesan antiguos mandamientos, algo que ya conocemos y que no nos dice nada nuevo, una institución fuerte, una de las grandes instituciones que pesan sobre nuestros hombros». Esto me recordó esas palabras de Benedicto XVI, antes de ser Papa, que seguía diciendo: «Si nos quedamos en esta impresión, no vivimos el núcleo del cristianismo, que es un encuentro siempre nuevo, un acontecimiento gracias al cual podemos encontrar al Dios que habla con nosotros, que se acerca a nosotros, que se hace nuestro amigo (…) Es decisivo llegar a este punto fundamental de un encuentro personal con Dios, que también hoy se hace presente y que es contemporáneo». Y concluía: «Si uno encuentra este centro esencial, comprende también las demás cosas; pero si no se realiza este acontecimiento que toca el corazón, todo lo demás queda como un peso, casi como algo absurdo».

Esta es la causa de nuestra alegría, su fuente última, advertir que ciertamente todo un Dios nos ama, y nos llama y nos hace hijos Suyos… Descubrir que la razón última de nuestra vida es dar una respuesta de amor… ¡Descubrir esto es lo esencial! Escuchar a Dios que nos dice en nuestros corazones: “Yo te amo… y te perdono”. Y estas palabras transformarán nuestras vidas, como vimos en el Amor que hace dulce todas las cosas.

Hoy vamos a decir con María: “¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!”, y, como el de ella, también tu espíritu se alegrará en “Dios, tu Salvador”. Esta oración traerá a tu alma la alegría del Cielo. Y esta alegría será nuestro triunfo.

 

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