El compromiso

Miércoles, 31 octubre, 2007

Aquella mañana Juan estaba desayunando en el bar de la facultad con un antiguo compañero inglés que estaba estudiando español. Hoy –comento su amigo extranjero, con alegría- he aprendido la diferencia que hay cuando se emplea la palabra “implicado” o “comprometido”. ¿Sabes cuál es la diferencia? Pues no exactamente, –respondió Juan con cara de perplejidad-.

Mira –continuó su amigo-, te lo voy a explicar con el desayuno que estamos tomando. ¿Ves estos huevos fritos con beicon? Si –contestó-; pues bien, existe una gallina gracias a la cual tu y yo estamos disfrutando ahora de este buen desayuno, en este sentido decimos que ella está “implicada” en este desayuno… Pero quien realmente se ha “comprometido” con este desayuno nuestro, ha sido el pobre cerdo que ha tenido que dejar su vida, es decir ha tenido que morir para que tu y yo podamos disfrutar de este estupendo beicon en el desayuno… ¿Comprendes la diferencia? Si, por supuesto que se entiende –respondió Juan con una sonrisa.

Esta anécdota no exenta de humor, nos sitúa ante una realidad habitual de nuestras vidas: el nivel de compromiso que adquirimos en los diversos campos de nuestra vida. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos realmente a dejarnos influir por algo o por alguien? ¿Qué grado o qué tipo de compromiso adquirimos con nuestras palabras o en nuestro actuar? Etc.

Es posible que hayas visto una película Sólo ante el peligro, se trata de un clásico de cine del oeste. En esta película Gary Cooper hace el papel de un sheriff al que todo el pueblo “le quería mucho”, pero que cuando se enteran que un foragido ha salido de la cárcel y va al pueblo a matarlo le dejan solo.

Sus amigos” le van dejando todos uno a uno, con excusas más o menos justificadas, pero el hecho es que le abandonan. También su esposa le pide que huya, que no se enfrente, y que huya.

Al final se queda por responsabilidad y no por afán de gloria. Todo el miedo del mundo circula por su cuerpo pero siente un gran compromiso personal, ha de ser leal con su encargo de defensor de la ley al que se ha comprometido con su palabra.

Lo más duro para él es la incomprensión de su esposa a quien le dice: “Si huimos ahora, tendremos que estar huyendo toda la vida”.

Hace años vi una escultura en un pueblo asturiano. Se trataba de dos hombres dándose la mano y mirándose a los ojos con una sonrisa en sus labios. El que iba conmigo me explicó que así se hacían los contratos entre los hombres de honor en aquella tierra: bastaba darse la mano y comprometerse con su palabra. Eso bastaba, solo eso era suficiente, evidentemente porque había un sustrato antropológico (una visión del hombre) detrás que le daba fundamento… Fidelidad, lealtad, virtudes a redescubrir.

Observar y pensar

Martes, 30 octubre, 2007

En frente de la Facultad donde terminé mis estudios de Medicina había un bar que se llamaba: Fleming; esto provocó cierta curiosidad por conocer algo más de su vida. Alexander Fleming era un bacteriólogo escocés que disponía de un laboratorio francamente modesto, casi tanto como los mercadillos de baratijas de Praed Street que se veían a través de su ventana. Un día, avanzado el verano de 1928, mientras conversaba animadamente con un colega, observó algo que le pareció sorprendente.

Él solía abandonar los platillos de vidrio después de hacer el primer examen de los cultivos microbianos. Uno de ellos aparecía ahora cubierto de un moho grisáceo, pero… ¡qué raro!: alrededor de ese moho las bacterias se habían disuelto. En lugar de las habituales masas amarillas bacterianas, surgían anillos muy definidos allá donde el cultivo entraba en contacto con el moho. Raspó una partícula de esa sustancia y la examinó al microscopio: era un hongo del género Penicilium.

Así fue como Alexander Fleming llegó a conocer lo que sería el primer antibiótico: la penicilina, que abriría unas posibilidades insospechadas a la medicina moderna. Aún se tardaría quince años, hasta 1943, en lograr aislar este hongo y encontrar un sistema masivo de producción.

Sus resultados eran increíbles; jamás se había conocido hasta entonces un medicamento tan poderoso. Al final de la Segunda Guerra Mundial se trataban ya con penicilina más de siete millones de enfermos al año.

Todo empezó porque alguien observó algo y ese algo le llevó a pensar…[1]

¿Y por qué, ante los mismos sucesos, unos hacen grandes descubrimientos y otros no se enteran de nada? Supongo que porque unos son más observadores que otros, y unos reflexionan más y otros menos.

Entonces, ¿ser despistado o distraído es un defecto? No sé si tanto como un defecto, yo soy de hecho muy despistado, y puedo desde mi propia experiencia personal afirmar que lo que no se puede decir es que sea una virtud ni que directamente enriquezca el carácter[2].

Por tanto un primer punto es esforzarnos por observar la realidad que nos rodea y reflexionar más sobre ella.

Cfr: para las notas: Leer el resto de esta entrada »

El paquete de galletas

Lunes, 29 octubre, 2007

Entre enfados y sonrisas

Aquella tarde, cuando ella llegó a la estación, le informaron de que el tren en que viajaba se retrasaría casi media hora. La elegante señora, bastante contrariada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Se dirigió hacia el andén central, justo donde debía llegar su tren, y se sentó en un banco, dispuesta para la espera.

Mientras hojeaba su revista, un chico joven se sentó a su lado y comenzó a leer el periódico. De pronto, la señora observó con asombro que aquel muchacho, sin decir una palabra, extendía la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente. La mujer se sintió bastante molesta. No quería ser grosera, pero tampoco le parecía correcto dejar pasar aquella situación o hacer como si no se hubiese dado cuenta. Así que, con un gesto manifiesto, quizá exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió manteniendo la mirada de aquel chico.

Como respuesta, el chico tomó otra galleta e hizo algo parecido, esbozando incluso una ligera sonrisa. Aquello terminó de alterarla. Tomó otra galleta y, de modo aún más ostensible, se la comió manteniendo de nuevo la mirada a aquel muchacho tan atrevido. El diálogo de miradas y pensamientos continuó entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, y el muchacho parecía estar cada vez más divertido.

Finalmente, cuando ya sólo quedaba la última galleta, ella pensó: «No podrá ser tan descarado». El chico alargó la mano, tomó la galleta, la partió en dos y ofreció la mitad a la señora. «¡Gracias!», dijo la mujer, intentando a duras penas contener su enfado.

Entonces el tren anunció su llegada. La señora se levantó y subió hasta su asiento. Antes de arrancar, desde la ventanilla todavía podía ver al muchacho en el andén y pensó: «¡Qué insolente, qué mal educado, qué será de este país con una juventud así!». Sintió entonces que tenía sed, por las galletas y quizá por la ansiedad que aquella situación le había producido. Abrió el bolso para sacar la botella de agua y se quedó petrificada cuando encontró dentro del bolso su paquete de galletas intacto.

Los juicios demasiado rápidos

Comentando esta anécdota dice Alfonso Aguiló: No es infrecuente que nos suceda esto. Hacemos juicios rotundos, implacables, incuestionables…, pero con un pequeño detalle: están fundamentados sobre un dato que hemos supuesto pero que luego resulta equivocado.

Muchas personas tienden a hacer ese tipo de juicios de modo habitual. Presuponen con gran facilidad la mala acción o la mala intención ajena, construyen enseguida una explicación de lo que creen que sucede o ha sucedido, y deducen una rápida conclusión que luego les cuesta mucho variar. Son personas que suelen manifestar un exceso de seguridad, una especial predilección por las evidencias que no son tales, y una gran velocidad de juicio, sobre todo cuando se trata de malinterpretar lo que hacen los demás. Es un fenómeno que suele ir asociado al victimismo, pues quien se ha acostumbrado a pensar mal de los demás suele ceder pronto a la comodidad del papel de víctima, que, aunque sea triste y amargo, ofrece la seguridad de las explicaciones maquinativas y de las conclusiones irreductibles.

Si con demasiada frecuencia las cosas nos parecen evidentes e intolerables, debiéramos tener el valor de preguntarnos de vez en cuando si realmente nuestras ideas son tan claras y tan comprobadas como pensamos, si otorgamos a los demás al menos el beneficio de la duda y, por último, si nosotros mismos resistiríamos unos juicios tan demoledores como nosotros hacemos de los demás.

 

 

Aquí te pongo estas noticias que es lógico que un día como hoy haga eco de ello en el blog:

Himno Joven de la beatificación en el Vaticano de 498 mártires españoles (duración video 4′ 41″)

Sin amor no se entiende el martirio cristiano: entrevista con el Cardenal Arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, a propósito de la beatificación de 498 márgenes españoles.

La sangre de los mártires: son beatificados 498 mártires, que fueron martirizados únicamente por ser católicos.

Acta del martirio de San Policarpo de Esmirna: en el año 155 d.c. fue martirizado, después de ser interrogado por el procónsul romano y habiendo confesado ser cristiano.

Domingo, 28 de octubre de 2007

“Cartas del diablo a su sobrino” de C. S. Lewis.

Esta vez Escrutopo nos revela su verdadero rostro, nunca ha apreciado en verdad a su sobrino y además muestra su incapacidad radical para entender la entrega y el amor desinteresado. También resulta divertida y lúcida su “apología del ruido”. Y por primera vez manifiesta la gran contradicción y desventaja en la que se encuentra cuando afirma que todo ha de ser retorcido para que nos sirva de algo a nosotros. Luchamos en cruel desventaja: nada está naturalmente de nuestra parte.

Carta XXII

Mi querido Orugario:

¡Vaya! Tu hombre se ha enamorado, y de la peor manera posible, ¡y de una chica que ni siquiera figura en el informe que me enviaste! Puede interesarte saber que el pequeño malentendido con la Policía Secreta que trataste de suscitar a propósito de ciertas expresiones incautas en algunas de mis cartas, ha sido aclarado. Si contabas con eso para asegurarte mis buenos oficios, descubrirás que estás muy equivocado. Pagarás por eso, igual que por tus restantes equivocaciones. Mientras tanto, te envío un folleto, recién aparecido, sobre el nuevo Correccional de Tentadores Incompetentes. Está profusamente ilustrado, y no hallarás en él una página aburrida.

He mirado el expediente de esa chica y estoy aterrado de lo que me encuentro. No sólo una cristiana, sino vaya cristiana: ¡una señorita vil, escurridiza, boba, recatada, lacónica, ratonil, acuosa, insignificante, virginal, prosaica! ¡El animalillo! Me hace vomitar. Apesta y abrasa incluso a través de las mismas páginas del expediente. Me enloquece el modo en que ha empeorado el mundo. La hubiésemos destinado a la arena del circo, en los viejos tiempos: para eso está hecha su clase. Y no es que tampoco allí fuese a servir de mucho, no. Una pequeña tramposa de dos caras (conozco el género), que tiene el aire de ir a desmayarse a la vista de la sangre, y luego muere con una sonrisa. Una tramposa en todos los sentidos. Parece una mosquita muerta, y sin embargo tiene ingenio satírico. El tipo de criatura que me encontraría DIVERTIDO ¡a mí! Asquerosa, insípida, pacata, y sin embargo dispuesta a caer en los brazos de este bobo, como cualquier otro animal reproductor. ¿Por qué el Enemigo no la fulmina por eso, tan loco como está Él por la virginidad, en lugar de contemplarla sonriente?

En el fondo, es un hedonista. Todos esos ayunos, y vigilias, y hogueras, y cruces, son tan sólo una fachada. O sólo como espuma en la orilla del mar. En alta mar, en Su alta mar, hay placer y más placer. No hace de ello ningún secreto: a Su derecha hay “placeres eternos”. ¡Ay! No creo que tenga la más remota idea del elevado y austero misterio al que descendemos en la Visión Miserífica; Él es vulgar, Orugario; Él tiene mentalidad burguesa: ha llenado Su mundo de placeres. Hay cosas que los humanos pueden hacer todo el día, sin que a Él le importe lo más mínimo: dormir, lavarse, comer, beber, hacer el amor, jugar, rezar, trabajar. Todo ha de ser retorcido para que nos sirva de algo a nosotros. Luchamos en cruel desventaja: nada está naturalmente de nuestra parte. (No es que eso te disculpe a ti. Ya arreglaré cuentas contigo. Siempre me has odiado y has sido insolente conmigo cuando te has atrevido.)

Luego, claro, tu paciente llega a conocer a la familia y a todo el círculo de esta mujer. ¿No podías haberte dado cuenta de que la misma casa en que ella vive es una casa en la que él nunca debía haber entrado? Todo el lugar apesta a ese mortífero aroma. El mismo jardinero, aunque sólo lleva allí cinco años, está empezando a adquirirlo. Hasta los huéspedes, tras una visita de un fin de semana, se llevan consigo un poco de este olor. El perro y el gato también lo han cogido. Y una casa llena del impenetrable misterio. Estamos seguros (es una cuestión de principios elementales) de que cada miembro de la familia debe estar, de alguna manera, aprovechándose de los demás; pero no logramos averiguar cómo. Guardan tan celosamente como el Enemigo mismo el secreto de lo que hay detrás de esta pretensión de amor desinteresado. Toda la casa y el jardín son una vasta indecencia. Tiene una repugnante semejanza con la descripción que dio del Cielo un escritor humano: “las regiones donde sólo hay vida y donde, por tanto, todo lo que no es música es silencio”.

Música y silencio. ¡Cómo detesto ambos! Qué agradecidos debiéramos estar de que, desde que Nuestro Padre ingresó en el Infierno —aunque hace mucho más de lo que los humanos, aún contando en años-luz, podrían medir—, ni un solo centímetro cuadrado de espacio infernal y ni un instante de tiempo infernal hayan sido entregados a cualquiera de esas dos abominables fuerzas, sino que han estado completamente ocupados por el ruido: el ruido, el gran dinamismo, la expresión audible de todo lo que es exultante, implacable y viril; el ruido que, solo, nos defiende de dudas tontas, de escrúpulos desesperantes y de deseos imposibles. Haremos del universo eterno un ruido, al final. Ya hemos hecho grandes progresos en este sentido en lo que respecta a la Tierra. Las melodías y los silencios del Cielo serán acallados a gritos, al final. Pero reconozco que aún no somos lo bastante estridentes, ni de lejos. Pero estamos investigando. Mientras tanto, tú, asqueroso, pequeño…

(Aquí el manuscrito se interrumpe, y prosigue luego con letra diferente.)

En el entusiasmo de la redacción resulta que, sin darme cuenta, me he permitido asumir la forma de un gran miriápodo. En consecuencia, dicto el resto a mi secretario. Ahora que la transformación es completa, me doy cuenta de que es un fenómeno periódico. Algún rumor acerca de ello ha llegado hasta los humanos, y un relato distorsionado figura en el poeta Milton, con el ridículo añadido de que tales cambios de forma son un “castigo” que nos impone el Enemigo. Un escritor más moderno —alguien llamado algo así como Pshaw— se ha percatado, sin embargo, de la verdad. La transformación procede de nuestro interior, y es una gloriosa manifestación de esa Fuerza Vital que Nuestro Padre adoraría, si adorase algo que no fuese a sí mismo. En mi forma actual, me siento aún más impaciente por verte, para unirte a mí en un abrazo indisoluble.

(Firmado) SAPOTUBO

Por orden. Su Abismal Sublimidad Subsecretario.

ESCRUTOPO, T. E. B. S., etc.

Como ha escrito José Antonio Marina, nunca podemos estar seguros de lo que otra persona ve[i].

Los hombres, en la vida diaria, sometemos a la realidad a un interrogatorio continuo, y de la sagacidad de nuestras preguntas dependerá el interés de sus respuestas y nuestras posibilidades de enriquecernos con ellas.

Al hombre con afán de aprender le sucede lo mismo que al niño, que cada vez es más exigente a la hora de aceptar una respuesta. El niño repite una y otra vez las mismas preguntas: ¿qué es esto?, ¿por qué es como es?, ¿qué hace?, ¿por qué hace lo que hace?, etc., pero no siempre le valen las mismas respuestas[ii].

A través de su observación, su reflexión y sus preguntas, el hombre aprende desde muy niño a mirar y entender el mundo que le rodea[iii].

Quizá por eso uno de los más eficaces empeños educativos es enseñar a preguntar, enseñar a formular posibilidades de llenar esos huecos que la naturaleza abre en el interior de las personas y que reclaman ser colmados.

La insensibilidad, la incapacidad de relacionarse con lo que es un poco profundo, es una de las más amargas fuentes de infelicidad, porque niega a las personas todo asomo de verdadera singularidad, porque dilapida toda una fortuna de posibilidades que se nos presentan de continuo a cada uno. Las personas insensibles afirman que todo eso les da igual, que están bien como están, pero cuando un día despierten y lo comprendan, y vean lo que han perdido, se lamentarán con verdadero pesar.

Sería una pena que el transcurso de los años acabara con ese natural y espontáneo deseo infantil de aprender. Todo hombre debiera esforzarse en mantener de por vida ese noble y fecundo deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Un deseo que nos lleva a no conformarnos con explicaciones que hace un tiempo quizá sí nos parecía suficiente. Un deseo que nos impide perder la capacidad de maravillarnos, que nos aleja del peligro de volvernos conformistas e insensibles. Un deseo que nos impulsa a profundizar en las cosas, que exige mejorar nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de discernimiento. A lo mejor pensamos que esa capacidad apenas puede crecer ya en nosotros, pero quizá no sea así. Podemos aprender a discernir mejor. Podemos enriquecer nuestros esquemas perceptivos. Podemos ganar en sensibilidad. Debemos.

Cfr. www.interrogantes.net

Para leer las notas Leer el resto de esta entrada »

En su habitual intervención Benedicto XVI en la audiencia general del pasado miércoles 23 de octubre, ha presentado la figura de san Ambrosio de Milán, cuyo lema, «”Omnia Christus est nobis!”; ¡Cristo es todo para nosotros!» recogió el Papa. Este es el resumen que el propio Benedicto XVI hizo al final de su alocución:

San Ambrosio, Obispo de Milán, aprendió de Orígenes a conocer y comentar la Biblia. Trasladó al ambiente latino la meditación de las Escrituras, iniciando en Occidente la práctica de la lectio divina, la cual orientó su predicación y escritos, que brotan precisamente de la escucha orante de la Palabra de Dios.

San Agustín, que aprendió a predicar de la vida y ejemplo de san Ambrosio, relata en sus Confesiones que su conversión no fue debida tanto a las homilías de éste, como al testimonio de la Iglesia milanesa, que rezando como un solo cuerpo fue capaz de resistir a la prepotencia del emperador. Refiere también su sorpresa al ver como Ambrosio leía las Escrituras con la boca cerrada, ya que en aquel tiempo la lectura estaba concebida para ser proclamada en voz alta, a fin de facilitar su comprensión. En eso se entrevé el método de la catequesis ambrosiana: la Escritura, íntimamente asimilada, sugiere los contenidos que se deben anunciar para convertir los corazones. La catequesis es, pues, inseparable del testimonio de vida.

(…) Concluyamos con las palabras de san Ambrosio “¡Cristo es todo para nosotros!” Aprended de su corazón su modo de pensar, hablar y actuar ya que los verdaderos discípulos, principalmente los educadores en la fe, son aquellos que anuncian el Evangelio del modo más creíble y eficaz. ¡Muchas gracias!

Cfr. Para toda la audiencia Leer el resto de esta entrada »

Para servir, servir

Miércoles, 24 octubre, 2007

Aquí va una nueva meditación para este miércoles, espero que sirva.

Rom 6, 12-18; Sal 123; Lc 12, 39-48

Hace ya un tiempo presencié la siguiente escena. Un joven de 19 años había muerto en accidente de tráfico. El sacerdote fue a la casa donde la familia le había velado toda la noche y al terminar sus rezos, y justo antes de poner la tapa para cerrar definitivamente el féretro, la madre de aquel joven se abalanzó hacia el cuerpo muerto de su hijo para darle un último abrazo y los que estábamos cerca pudimos oír emocionados como entre sollozos le decía: “¡hijo mío, hijo mío, que poco tiempo nos has dejado para quererte!”… Aún me emociona, cada vez que lo recuerdo, la nobleza de aquel gran amor entendido como servicio, servicio de amor.

San Pablo nos pide hoy: ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos para la justicia” A san Pablo le gustaba considerarse el “administrador de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1) y le vemos hoy pidiéndonos esa actitud de servicio al Amor de Dios, que es como el mismo entendía su propia vida. Y no por casualidad, Jesús en el Evangelio de hoy define al buen discípulo como el “administrador fiel y solícito. Fiel a su amo y servicial con los demás.

Debemos tener en cuenta que en la época del Señor las palabras “ministro” y “administrador” hacían referencia al personal de servicio, y en particular al servicio de la mesa. Pablo se siente para las cosas de Dios como un sirviente, como destinado para servir a los demás. Servir los “platos” (los misterios) que Dios ha preparado amorosamente y ha puesto en una bandeja, la bandeja de su vida, y una vez depositados allí, él, Pablo, los sirva a los demás.

Quisiera yo ser como Pablo y como aquella madre: sentir que mi vida, mi tiempo, mis planes no son míos, sino de Dios, y que mi vida Le sirviera de bandeja (bandeja sucia de mi torpeza) en este banquete estupendo de la vida… Y cuando me pidan algo que cambia mi plan… ¿Qué importa, si está dentro del menú que Él ha dispuesto? Y si me piden un poco más… Que sepa dar hasta que rebose… ¿Qué más da, si estoy dando de lo Suyo y Él asiente con una sonrisa? Y, si al final algún despistado piensa que soy yo, y me quiere dar propina… ¡Señor, que sea humilde! ¡Que sepa dar como Pablo y como aquella madre: sin esperar nada!

Esta forma de vivir, de servir, influye mucho en el ambiente familiar, y en el trabajo y en la vida social… A vosotros padres, que se que leéis estas páginas os copio esta poesía que una madre me leyó emocionada hace unos días. La poesía fue leída en el 50 aniversario de su matrimonio por uno de sus hijos, y dice así: Para los padres: Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado” (B. Teresa de Calcuta).

Terminamos con algo gracioso. En una viñeta aparecían unos caníbales danzando en torno a una olla en la que se encontraba un explorador. De vez en cuando el cocinero se acercaba a la olla y daba al explorador un par de golpes con el cazo. El jefe de la tribu le llama y le pregunta: “¿Por qué hacer tu eso con explorador”? A lo que responde el cocinero: “Es que explorador ser buceador y estar comiéndose las patatas”… Madre, Madre mía ¡Que no me coma yo las patatas de la bandeja! ¡Ya comeré luego, en mi Casa, en el Cielo, en el Hogar de Nazareth! Tú, Madre mía, que pones cada día para mí la mesa, y allí me ofreces Pan de tu Hijo… ¡Enséñame a ser generoso con mi vida!

Un amigo, Echeve, me recomendó hace tiempo esta canción que por motivos varios me parece interesante y como hoy voy a estar bastante ocupado os dejo con esta bonita interpretación. Se trata la famosa canción Knocking on Heaven’s Door de Bob Dylan aunque está interpretada por Avril Lavigne

La verdadera cultura

Lunes, 22 octubre, 2007

Cada uno de nosotros no somos solo animales que se agotan en su propia biología, sino que tenemos un mundo interior. Un mundo interior que puede ser: sabio o ignorante, cultivado o tosco, lleno de luces o cubierto de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, puede buscar la verdad o sobrevivir como puede en el sórdido mundo del error, la ignorancia o la mentira. Esta es la misión de la cultura, de la verdadera cultura: ha de servir para interpretar correctamente la vida, para hacerla más humana, para descubrir sus posibilidades más genuinas y apuntar a sus más auténticas aspiraciones.

Se trata, pues, de cultivar el propio mundo interior sabiendo además que ese mundo siempre tiene luego su consiguiente reflejo en el exterior de cada persona. Y no sólo en el carácter, sino hasta en lo más aparentemente inmotivado del porte externo, como la mirada, los gestos, el rostro, el mismo tono de la voz, todo eso, es matizado, vivificado y mediatizado por la propia condición personal, por la propia forma de ser, que nace de lo más profundo del hombre y desde donde al hombre se le presenta la apasionante oportunidad de cultivarse, de proyectarse, de hacerse a sí mismo.

En definitiva, que un buen camino para mejorar el propio carácter es enriquecer el propio mundo interior. Así, lo que de ese mundo interior salga luego al exterior se parecerá lo más posible a lo que uno anda buscando.

cfr. http://www.interrogantes.net

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