El desaliento del Caminante

caminanteEn este peregrinar hacia el Amor del que venimos tratando (“Camino”), quien ama más, más avanza y cuanto más intensamente ama, más velozmente corre… Pues bien, cuenta el Libro de los Reyes que Elías huyendo de Jezabel, hubo de caminar un día y otro, y llegó a sentir que las fuerzas se le acababan. Y al caer agotado, sin poder dar un paso más, dijo: “¡Basta ya, Señor! Lleva ya mi alma, que no soy mejor que mis padres. Y echándose allí, se quedó dormido. Y un ángel le tocó, diciéndole: “levántate y come”. Miró él y vio a su cabecera una torta cocida y una vasija de agua. Comió y bebió y luego volvió a acostarse; pero el ángel del Señor vino por segunda vez y le tocó diciendo: “levántate y come, porque te queda todavía mucho camino”. Se levantó, comió y bebió, y anduvo con la fuerza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios” (1 Re 19,4-8).

A nosotros al igual que a Elías puede sucedernos que sintamos además del natural cansancio en el cuerpo después de la carrera del Amor, un segundo sueño o cansancio que nace del fondo del alma: un desaliento.

Quizá sentimos el tarascazo en el alma de la tristeza, y, en el ánimo que empieza a flaquear, se insinúe la desesperanza al comprobar la aparente inutilidad de los esfuerzos y la imposibilidad de superar de una vez los obstáculos. Y surge entonces como un horror a lo desagradable, a todo lo que supone esfuerzo –siempre necesario para obrar el bien-, esquivando todo lo que cuesta y se presenta como difícil de alcanzar. Resultando así un poso de indiferencia y apatía que impide amar.

A lo mejor permitimos inadvertidamente que se fuese apagando el fuego del Amor y esa frialdad del alma favoreció el desarrollo de gérmenes dañinos que infectaron el pensamiento y la voluntad haciendo nuestro obrar enfermizo, desganado, desamorado… O tal vez un día el camino se hizo más áspero y estrecho y desapareció el entusiasmo del principio, la ilusión… Y comenzamos a experimentar sequedad y aridez y la lejanía de la meta se nos hizo utópica.

Acaso el amargor que al orgullo le produce descubrir las miserias y errores y lo difícil que resulta arrancarlas, llevó a cierta desesperanza que invitaba a abandonar el Camino. Y entonces nos engañamos con un activismo, una fiebre loca de hacer y hacer, pero sin Amor, y con excusas de eficacia consentimos en pequeñas claudicaciones de amor, olvidos y despistes que no son propios del enamorado.

Es el momento de reponer fuerzas, de tomar del alimento de la esperanza. De saber que en nuestro camino ocurre como con las semillas de cebada o de trigo, que, arrojadas en tierra no echan raíces inmediatamente, sino cuando pasan el invierno y los vientos; solo entonces en el tiempo conveniente nacen las espigas…

Son momentos de decir todo lo fuerte que podamos: “¡No quiero des-amor”. Nuestro Camino es de Amor; nuestro compromiso: ¡luchar por Amar hasta el último aliento, hasta el último latido de vida! ¡Este es el destino del buen Caminante! Son momentos de acudir al “amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza” (San Josemaría, Camino 492).

Es el tiempo de recordar lo que somos: Caminantes. Y que si despertamos en el corazón un latido de Amor, nos señalará la dirección a seguir adelante. El que ama camina, y cuanto más intensamente ama más velozmente corre. Lo importante es avanzar. ¡Ay del que se para! ¡Ay del que da marcha atrás! ¡Ay del que se sale del Camino!

Son tiempos de mantener encendida esta voluntad de Amar con obras: obras pequeñas; porque en la humildad de sabernos pequeños hay una sabiduría poderosa, capaz de hacer revivir los corazones contritos.

El Camino busca y cuida de sus Caminantes. Hay una fuerza misteriosa escondida en el Camino que sale a nuestro encuentro siempre que lo necesitamos, capaz de hacernos superar todos los obstáculos para llegar a la meta donde nos espera con los brazos abiertos: “Heme aquí que estoy a tu puerta y llamo: si alguno escuchare mi voz y me abriere la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo. Al que venciere le haré sentar conmigo en mi trono” (Ap 3,20-21)

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