Benedicto XVI: Tres días para revivir la pasión, muerte y resurrección de Cristo

foto_01Este miércoles Benedicto XVI ha dedicado la audiencia general a meditar sobre el Tridua Pascual, recordándonos que revivimos en el la Pasión, Muerte y Resurección del Señor. Te copio este resumen hecho por él mismo para animarte a leer todo el discurso que está a continuación:

“Queridos hermanos y hermanas:

Mañana, día de Jueves Santo, empezamos el triduo pascual. La Iglesia, recordando la Última Cena, contempla y celebra la institución del Sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, así como el mandamiento nuevo del Amor. Con la Eucaristía, Cristo anticipa el sacrificio de su vida, don definitivo de sí mismo a toda la humanidad. Con el lavatorio de los pies, el Maestro dejó a sus discípulos, como distintivo, el amor que llega hasta la muerte.

El Viernes Santo es un día de penitencia, ayuno y oración en que se conmemora la pasión y crucifixión del Redentor, se adora la Cruz y se recibe la Comunión. Para vivir más de cerca este misterio de la Salvación, en muchos lugares se celebra el piadoso ejercicio del «Vía Crucis», al que estamos invitados a participar. El Sábado Santo, día de recogimiento y oración, acompañemos a la Virgen María en su firme esperanza en la resurrección de su Hijo.

En la Vigilia pascual escucharemos con alegría el grito de victoria: ¡Cristo ha resucitado y ha vencido para siempre a la muerte! El cirio pascual nos recordará que el Señor es la luz del mundo que camina en tinieblas. Experimentaremos así que la Iglesia está siempre viva, es hermosa y santa, porque está fundada en Cristo resucitado.”

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 4 abril 2007 (ZENIT.org).-

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras concluye el camino cuaresmal, comenzado con el Miércoles de Ceniza, la liturgia del Miércoles Santo nos introduce en el clima dramático de los próximos días, impregnados por el recuerdo de la pasión y de la muerte de Cristo. En la liturgia de hoy el evangelista Mateo presenta a nuestra meditación el breve diálogo que tuvo lugar en el cenáculo entre Jesús y Judas. «¿Soy yo acaso, Rabbí?», pregunta el traidor del divino Maestro, que había preanunciado: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». La respuesta del Señor es lapidaria: «Sí, tú lo has dicho» (Cf. Mateo 26, 14-25). Por su parte, san Juan concluye la narración del anuncio de la traición de Judas con pocas y significativas palabras: «era de noche» (Juan 13, 30).

Cuando el traidor abandona el Cenáculo, la oscuridad penetra en su corazón –es una noche interior–, el desaliento se apodera del espíritu de los demás discípulos –también ellos penetran en la noche–, mientras las tinieblas del abandono y del odio se adensan alrededor del Hijo del Hombre que se prepara para consumar su sacrificio en la cruz. En los próximos días conmemoraremos el enfrentamiento supremo entre la Luz y las Tinieblas, entre la Vida y la Muerte. También nosotros tenemos que situarnos en este contexto, conscientes de nuestra «noche», de nuestras culpas y responsabilidades, si queremos revivir con provecho espiritual el Misterio pascual, si queremos llegar a la luz del corazón, mediante este Misterio, que constituye el fulcro central de nuestra fe.

El inicio del Triduo Pascual es el Jueves Santo, mañana. Durante la Misa Crismal, que puede considerarse como el preludio del Triduo Santo, el pastor diocesano y sus más cercanos colaboradores, los presbíteros, rodeados por el pueblo de Dios, renuevan las promesas formuladas en el día de la ordenación sacerdotal.

Año tras año, es un momento de intensa comunión eclesial, que subraya el don del sacerdocio ministerial dejado por Cristo a su Iglesia en la víspera de su muerte en la cruz. Y para cada sacerdote es un momento conmovedor en esta vigilia de la Pasión, en la que el Señor se nos entregó a sí mismo, nos dio el sacramento de la Eucaristía, nos dio el Sacerdocio.

Es un día que toca todos nuestros corazones. Luego se bendicen los óleos para la celebración de los sacramentos: el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos, y el Santo Crisma. En la tarde, al entrar en el Triduo Pascual, la comunidad revive en la misa «in Cena Domini» lo que sucedió durante la Última Cena. En el Cenáculo, el Redentor quiso anticipar, en el Sacramento del pan y del vino convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, el sacrificio de su vida: anticipa su muerte, entrega libremente su vida, ofrece el don definitivo de sí mismo a la humanidad. Con el lavatorio de los pies, se repite el gesto con el que Él, al haber amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Cf. Juan 13, 1) y dejó a los discípulos, como distintivo suyo, este acto de humildad, el amor hasta la muerte Tras la misa «in Cena Domini», la liturgia invita a los fieles a permanecer en adoración del Santísimo Sacramento, reviviendo la agonía de Jesús en Getsemaní. Y vemos cómo los discípulos durmieron, dejando solo al Señor. También hoy, con frecuencia, nos quedamos dormidos, nosotros, sus discípulos. En esta noche sagrada de Getsemaní, queremos permanecer en vela, no queremos dejar solo al Señor en esta hora; de este modo podemos comprender mejor el misterio del Jueves Santo, que engloba el triple y sumo don del Sacerdocio ministerial, de la Eucaristía y del Mandamiento nuevo del amor («ágape»).

El Viernes Santo, que conmemora los acontecimientos que van desde la condena a muerte hasta la crucifixión de Cristo, es una jornada de penitencia, de ayuno, de oración, de participación en la Pasión del Señor. En la hora establecida, la asamblea cristiana vuelve a recorrer, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los gestos litúrgicos, la historia de la infidelidad humana al designio divino, que sin embargo se realizará precisamente de este modo, y vuelve a escuchar la narración conmovedora de la Pasión dolorosa del Señor.

Luego dirige al Padre celestial una larga «oración de los fieles», que abarca todas las necesidades de la Iglesia y del mundo. La comunidad adora, por tanto, la Cruz y se acerca a la Eucaristía, consumando las especies sagradas, conservadas de la misa «in Cena Domini» del día precedente. Al comentar el Viernes Santo, san Juan Crisóstomo observa: «Antes la cruz significaba desprecio, pero hoy es algo venerable, antes era símbolo de condena, hoy es esperanza de salvación. Se ha convertido verdaderamente en manantial de bienes infinitos; nos ha liberado del error, ha despejado nuestras tinieblas, nos ha reconciliado con Dios, de enemigos de Dios nos ha hecho sus familiares, de extranjeros nos ha hecho sus vecinos: esta cruz es la destrucción de la enemistad, el manantial de la paz, el cofre de nuestro tesoro» («De cruce et latrone» I, 1, 4).

Para vivir de una manera más intensa la Pasión del Redentor, la tradición cristiana ha dado vida a numerosas manifestaciones de piedad popular, entre las que se encuentran las conocidas procesiones del Viernes Santo, con los sugerentes ritos que se repiten todos los años. Pero hay un ejercicio de piedad, el «Via Crucis», que nos ofrece durante todo el año la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la Cruz, de avanzar con Cristo por este camino y de este modo conformarnos interiormente con Él. Podríamos decir que el «Vía Crucis» nos enseña, utilizando una expresión de san León Magno, a «contemplar con los ojos del corazón de Jesús crucificado de manera que reconozcamos en su carne nuestra propia carne» (Sermón 15 sobre la Pasión del Señor). En esto consiste la verdadera sabiduría del cristianismo, que queremos aprender precisamente en el «Vía Crucis» del Viernes Santo en el Coliseo.

El Sábado Santo es el día en el que la liturgia calla, el día del gran silencio, e invita a los cristianos a custodiar un recogimiento interior, con frecuencia difícil de cultivar en nuestro tiempo, para prepararnos mejor a la Vigilia Pascual. En muchas comunidades se organizan retiros espirituales y encuentros de oración mariana para unirse a la Madre del Redentor, que espera con trepidante confianza la resurrección del Hijo crucificado.

Por último, en la Vigilia Pascual el velo de tristeza que envuelve a la Iglesia por la muerte y la sepultura del Señor será rasgado por el grito de victoria: ¡Cristo ha resucitado y ha derrotado para siempre a la muerte! Entonces podremos comprender verdaderamente el misterio de la Cruz y «cómo Dios crea prodigios incluso en lo imposible –escribe un autor antiguo– para que sepamos que sólo Él puede hacer lo que quiere: de su muerte procede nuestra vida, de sus llagas nuestra curación, de su caída nuestra resurrección, de su descenso nuestro resurgimiento» («Anónimo Cuartodecimano»).

Animados por una fe más sólida en el corazón de la Vigilia Pascual, acogeremos a los nuevos bautizados y renovaremos las promesas de nuestro Bautismo. Experimentaremos así que la Iglesia está siempre viva, siempre se rejuvenece, siempre es bella y santa, porque su fundamento es Cristo que, tras haber resucitado, ya no muere nunca más.

Queridos hermanos y hermanas: el misterio pascual, que el Triduo Santo nos permitirá revivir, no es sólo un recuerdo de una realidad pasada, es una realidad actual: también hoy Cristo vence con su amor el pecado y la muerte. El Mal, en todas sus formas, no tiene la última palabra. ¡El triunfo final es de Cristo, de la verdad y del amor! Si con Él estamos dispuestos a sufrir y a morir, nos recordará san Pablo en la Vigilia Pascual, su vida se convierte en nuestra vida (Cf. Romanos 6, 9). En esta certeza se basa y se edifica nuestra existencia cristiana. Al invocar la intercesión de María Santísima, quien siguió a Jesús por el camino de la Pasión y de la Cruz y le abrazó después de su deposición, os deseo a todos vosotros que participéis con fervor en el Triduo Pascual para experimentar la alegría de la Pascua junto a todos vuestros seres queridos.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit.] [© Copyright 2007 – Libreria Editrice Vaticana]

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