Viktor Frankl: una breve cronología

Viernes, 19 septiembre, 2008

Hoy es viernes, día que las últimas semanas hemos dedicado a Viktor Frankl, a partir del libro “Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos. Y como ya hemos terminado quería dejar un último post dedicado a los datos biográficos de este gran personaje de la psiquiatría del siglo XX. Los datos que ofrezco me han causado una gran impresión al ir anotándolos, pues se advierte que estamos ante un gran hombre, no solo por su categoría intelectual sino también espiritual.

CRONOLOGÍA DE LA VIDA DE VIKTOR FANKL

  • 1905, 26 de marzo: Nacimiento de Viktor Emil Frankl en Viena, precedido por Walter y seguido por Stella.

    Walter, Viktor y Stella, asistieron a la escuela primaria Volksschule, muy cerca de su casa en Czerninplatz.

  • 1914, 28 de julio: Empieza la Primera Guerra Mundial.
  • 1916, Primeros estudios y bachillerato, en el mismo lu­gar donde años atrás había estudiado Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis (Primera Es­cuela Vienesa de Psicología).
  • 1918, 11 de noviembre: Termina la Primera Guerra Mun­dial.
  • 1921. A los 16 años de edad, comienza la correspon­dencia con Sigmund Freud.
  • 1924. A los 19 años, ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. Preocupado por los estragos de la Primera Guerra Mundial entre los jóvenes, escribe una columna permanente en el diario vienés Der Tag.
  • Primer encuentro personal con Sigmund Freud.
  • 1925. Organiza los Centros de Consulta para los jóve­nes afectados por la Primera Guerra Mundial (sui­cidios, fuga de hogares, depresiones).
  • 1926. Ingresa en el círculo de colaboradores de Alfred Adler (Segunda Escuela Vienesa de Psicología).
  • Se retira del círculo de Alfred Adler.
  • 1930. Se gradúa como médico en la Universidad de Viena. Pasa a trabajar en la sección de Neurolo­gía del Hospital de Viena.
  • 1938. Anexión de Austria por Alemania: comienza el hostigamiento a la comunidad judía de Viena. Publica un artículo en una prestigiosa revista ale­mana -la Zentralblatt Für Psychotherapie-, donde difunde los conceptos de logoterapia y análisis existencial.
  • 1939. El día 1 de septiembre comienza la Segunda Gue­rra Mundial.
  • Es nombrado Director de la clínica neurológica dependiente del Rothschild Hospital de Viena, institución patrocinada por la comunidad judía.
  • 1941. Matrimonio con Tilly Grosser el 17 de diciembre.

    El 17 de diciembre de 1941, Viktor contrae matrimonio con Tilly Grosser.

  • 1942, Septiembre. Deportado a los campos de concen­tración, donde mueren su esposa, sus padres y su hermano Walter.
  • 1945, 27 de abril. Las tropas aliadas liberan el campo de concentración de Dachau. E1 mes de julio es nombrado Jefe del Departamento de Neuropsi­quiatría de la Policlínica de Viena.
  • En noviembre reconstruye el manuscrito perdido en Auschwitz y conservado después en dos docenas de pedaci­tos de papel con notas taquigráficas: Aerztliche Seelsorge (literalmente, El médico y el pastor de almas; traducido al castellano como Psicoanálisis y existencialismo).

    En el mes de noviembre de 1945, el Dr. Frankl reconstruye totalmente su manuscrito de lo que fuera su primer libro y que le fue arrebatado al entrar al campo de concentración.

  • Navidad: Contrata a tres secretarias y dicta, entre lágrimas -durante nueve días-, el libro Ein Psycholog Erlebt Das Konzentrationlager (lite­ralmente, Un psicólogo en un campo de concen­tración; traducido al castellano como El hombre en busca de sentido).
  • 1946. Escribe su única obra de teatro, Sincronización en Birkenwald.

    En julio 18 de 1947, se casó por segunda vez con Elly (Eleonore Schwindt).

  • 1947, 18 de julio: Contrae matrimonio con Eleonor Ka­tharina Schwindt (Elly).
  • 1949. Doctorado en Filosofía (su segundo doctorado), con su tesis La presencia ignorada de Dios.
  • 1950. Concurre como representante de Austria al I Con­greso Mundial de Psiquiatría, donde sus dos con­ferencias provocan una excelente sensación.
  • 1952. Radio Austria le contrata para hablar sobre psico­logía durante dos años.
  • 1955. Es nombrado profesor principal de la Universi­dad de Viena.
  • Desde entonces es llamado por más de 200 uni­versidades de todo el mundo.
  • 1957. Viaja a Estados Unidos por primera vez. A partir de entonces, es relator en 19 universidades ameri­canas y en 75 asociaciones científicas.
  • 1959. El filósofo Martin Heidegger pide entrevistarse con Frankl.
  • 1961. Es nombrado profesor de la Universidad de Har­vard.
  • Viktor con una nieta

    Viktor con una de sus dos nietas

    A partir de 1970, es nombrado Doctor Honoris Causa en 29 universidades de todo el mundo.

  • 1976. Ciudadano de Honor en Austin, Texas.
  • 1981. Se le otorga la más alta condecoración austríaca (Orden del Mérito).
  • 1982. Presidente de la Sociedad Médica de Psicoterapia de Viena.
  • 1986. Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Mendoza (Ar­gentina).
  • 1997, 2 de septiembre: Fallece Viktor Emil Frankl en Viena, a los 92 años de edad.
Disfrutaba el alpinismo. En Austria forma parte de la cadena de los Alpes Orientales.

Disfrutaba el alpinismo. En Austria forma parte de la cadena de los Alpes Orientales.

Textualmente: “Lo que me brinda la mayor felicidad es haber finalizado una publicación; despachar un manuscrito; haber escalado en las montañas una hermosa pared; y pasar la noche en una agradable habitación en el refugio con una persona querida”.
BIBLIOGRAFÍA:

  • “El hombre en busca de sentido”. Viktor E. Frankl. Editorial Herder.
  • “Viktor E. Frankl” Comunicación y Resistencia. Dr. Guillermo Pareja. Editorial Premiá.
  • “Lo que no está escrito en mis libros”. Viktor E. Frankl. Editorial San Pablo.
  • “When life calls out to us”. Haddon Klingberg Jr. Editorial Doubleday.

Los derechos de las imágenes que aquí se presentan, pertenecen al Instituto Viktor Frankl de Viena. www.viktorfrankl.org

El mundo gira enamorado

Viernes, 12 septiembre, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios

Terminamos este precioso libro, ha sido una gozada releerlo y una vez más el final me ha vuelto a emocionar, y no soy sensiblero. espero que os haya ayudado como a mí la lectura por capítulos de esta magnífica obra.

Con torpes pasos, Viktor y los demás prisioneros se arrastraron hasta las puertas del campo, la mañana de su liberación. Por primera vez, el psiquiatra vio los alrededores del campo con ojos de hombre libre. «¡Somos libres! ¡Somos libres!», se repetía una y otra vez sin creérselo del todo. Había soñado tantas veces con la liberación, que ahora, ni aun caminando a su antojo, se atrevía a admitir que era verdad.

Llegó a los prados cubiertos de flores. Las con­templó, y se dio cuenta de que las flores estaban allí, en esos maravillosos bosques de Baviera. Pero no despertaban en Viktor ningún sentimiento. Los re­cién liberados no pertenecían todavía a este mundo.

A1 atardecer, cuando los ex-prisioneros volvieron al barracón, el doctor Racz preguntó:

-Dime, doctor Bela, ¿has estado hoy contento?

-Para ser franco, no.

«Literalmente hablando, pensó Viktor, hemos per­dido la capacidad de alegrarnos y tenemos que vol­ver a adquirirla, poco a poco. Los prisioneros nos encontramos algo así como despersonalizados. Todo nos parece irreal, improbable, como un sueño. No podemos creer que sea verdad. ¡Cuántas veces, en los años pasados, nos han engañado los sueños!»

Pasaron muchos días antes de que se le soltara a Viktor la lengua… y también algo que llevaba dentro de sí mismo, un sentimiento que necesitaba abrirse camino entre las extrañas cadenas que lo habían cons­treñido.

Y ese sentimiento salió a relucir un día, poco des­pués de su liberación, mientras el psiquiatra vienés paseaba por la campiña florida, camino del pueblo más próximo. Veía las alondras elevarse hasta el cie­lo azul; incluso podía oír sus gozosos cantos. Había tierra y había cielo; había júbilo en las alondras y había libertad en el espacio abierto. Viktor se detuvo, miró a su alrededor, después al cielo y, finalmente, cayó de rodillas. En aquel momento sabía muy poco de él mismo y del mundo. Sólo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma:

«Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor, y Él me respondió desde el espacio en libertad». Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez su jaculatoria. Pero siempre supo que aquel día, en aquel momento, su vida empezó de nuevo”. Leer el resto de esta entrada »

La tensión del último día

Viernes, 5 septiembre, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Siguen los intentos de escapada y la tensión de los últimos momentos de la guerra en el campo de concentración. Un capítulo que se lee casi sin pestañear.

Ante la inminente llegada de los aliados, los ofi­ciales alemanes dieron la orden de evacuar comple­tamente el campo al atardecer del día 27 de abril de 1945. Todos, también enfermos y médicos, deberían ser transportados aquella tarde, porque los soldados de las SS iban a prender fuego al campo por la no­che, para no dejar muchas huellas de su barbarie.

-Son casi las cinco de la tarde -comentó el doctor Bela, con cierto nerviosismo- y ni siquiera han aparecido los camiones para transportar a los enfermos. Esto no me gusta.

-Mira lo que está ocurriendo -apuntó Viktor-. Acaban de cerrar las puertas del campo. Y ahora los soldados vigilan estrechamente toda la alambrada. Está claro que quieren evitar cualquier intento de fuga.

-Parece que van a quemar el campo, con noso­tros dentro. Debemos escaparnos cuanto antes, Viktor.

-De acuerdo.

Ambos médicos volvieron a los barracones donde yacían los enfermos, postrados con fiebre y deliran­do. Tres de ellos habían fallecido. Mientras hablaba con el doctor Racz, el oficial alemán ordenó a Viktor y Bela enterrarlos al otro lado de la alambrada.

-Esta es nuestra ocasión -susurró el médico húngaro-. A medida que vamos llevando los cadá­veres, podemos ir sacando nuestras mochilas.

-Con el primer cadáver cogeremos tu mochila -dijo Viktor-. Con el segundo, la mía.

-Y cuando traslademos el tercero -concluyó Bela-, nos fugamos.

Los dos primeros viajes detrás de la alambrada se realizaron según las previsiones. Cuando regresaron, el doctor Bela dijo:

-Espérame aquí, Viktor. Voy a buscar algunos trozos de pan para los días que pasemos en los bos­ques de Baviera.

-Bien. Te espero.

Pasaron varios interminables minutos. El doctor Bela no regresaba y Viktor comenzó a impacientar­se. Finalmente, el médico húngaro volvió con una bolsa de alimentos.

-¿Ocurre algo? -preguntó Viktor-. Has tarda­do mucho. Leer el resto de esta entrada »

Primer intento de fuga

Viernes, 29 agosto, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

En este capítulo es también una continuación directa del anterior. En él se relata muy bien esa lucha interior entre las dos tendencias básicas que determinan nuestro destino: el egoísmo o la entrega. La última escena de la joven moribunda emociona.

-¿Cuándo sería la fuga? -preguntó Viktor.

-Dentro de dos semanas -respondió el doctor Bela-. Tres, a lo sumo. No hay por qué precipitarse. Cuanto más cerca de aquí esté el Ejército de Patton, mejor para nosotros.

-De acuerdo -aceptó Viktor-. Cuenta conmigo.

El plan se llevó a cabo según lo había previsto la minuciosidad húngara del doctor Bela. Los dos mé­dicos abandonaron juntos el campo de concentración sin ninguna dificultad. El problema surgió cuando el miembro de la resistencia, a través de otra persona, les comunicó que no podía proporcionarles unifor­mes hasta dentro de cinco horas; de alimentos, el emisario ni siquiera habló.

-Bien, volvemos a nuestro campo -dijo Bela-, y regresamos aquí transcurridas cinco horas.

-Antes podemos echar un vistazo a ese barracón vacío de la sección de mujeres -comentó Viktor-. No se ve a nadie.

-Las pobres han sido enviadas a otro campo -asintió el médico húngaro-. A lo mejor encontra­mos algo de interés.

El barracón estaba muy desordenado. Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos descom­puestos o loza rota. Algunos tazones se conservaban en buen estado, pero no los cogieron: sabían que no sólo se habían utilizado para comer, sino también como palanganas y orinales. Encontraron dos mo­chilas que les podrían ser útiles.

Volvieron corriendo a su campo. Cuando Viktor entró en el barracón, reunió todas sus posesiones: un cuenco, dos guantes rotos -heredados de un pa­ciente muerto de tifus- y unos cuantos recortes de papel con signos taquigráficos, en los que había em­pezado a reconstruir El médico y el alma. Pasó una visita rápida a todos sus pacientes, que yacían sobre tablones a ambos lados del barracón.

Aunque tenía que guardar en secreto la intención de escapar, Viktor mostraba cierto nerviosismo, y uno de aquellos pacientes -nacido en Viena-, cuya vida se empeñaba inútilmente en salvar, le preguntó:

-¿Te vas tú también?

-¿Adónde voy a ir? -negó Viktor.

Pero, tras la ronda de enfermos, volvió junto a su compatriota. Observó su mirada desesperada y sintió como una especie de acusación. De pronto, decidió mandar en su destino:

-No me voy a ir de ninguna de las maneras -le aseguró.

Salió corriendo del barracón y llegó hasta donde se encontraba el doctor Bela.

-Lo siento de veras -le dijo Viktor-, pero no voy a irme contigo.

-¿Por qué has cambiado de opinión? -inquirió el médico húngaro.

-Porque no puedo, ni debo, abandonar a mis en­fermos. Prefiero quedarme con mis pacientes. Es todo, querido Bela.

-¡Pero ni siquiera sabes lo que te traerán los próximos días!

-Lo que Dios quiera -contestó Viktor sonrien­do abiertamente-. Por eso me ha desaparecido el remordimiento que tenía de dejarlos ahí tirados, de­lirando sobre los tablones podridos. Y por eso tengo ahora una gran paz interior, como nunca antes he sentido.

-Pues ¿sabes lo que te digo? -el doctor Bela también sonrió-. Que nos quedamos los dos. Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Seguimos con este impresionante relato. En este capítulo se nos dice el motivo del título del libro: unos pendiente que Frank regalo a Tilly el día de su primer aniversario de boda llevaban gravados ese lema. También descubrimos la fuerza del amor humano en los momentos más duros de un hombre y como la existencia de Dios se presenta como algo esencial para dar sentido a la vida, aunque sea una vida que parece ir apagando su luz poco a poco entre las tienieblas…

Viktor acudió a la habitación del médico jefe, acompañado por Otto, pues éste supo que allí regala­ban té. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos amigos íntimos del doctor Pannwitz y, tam­bién -por supuesto de forma totalmente ilegal- ­como en la sesión anterior, el oficial alemán a cargo del escuadrón sanitario.

Esta vez la sesión no tuvo éxito, y los contertulios se dedicaron a contar chistes. Las risas atrajeron a Johann Meinong, el llamado «kapo asesino», quien, al ver en la habitación al oficial alemán, entró sin re­milgos. Entonces el médico jefe le pidió algo insó­lito:

-¡Vamos Johann: recítanos ese poema de amor compuesto por ti!

-¡Sí, sí; es el poema más famoso de todo el campo! -intervino el oficial alemán.

El «kapo asesino» no necesitaba que se lo repitie­ran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie de diario del que leyó algunas muestras de su arte. Con un ojo más cerrado que el otro, cabeza cuadrada estilo Frankestein y voz cavernícola, que jugaba ahora a ser dulce, el kapo inició un espec­táculo que movía a la carcajada.

-Procura que no te dé la risa -susurró Otto al oído de Viktor-. Ya sé que es difícil. Pero ahora lo importante es aplaudir a nuestro kapo amoroso.

Rudo como un orangután, Johann Meinong leía con orgullo los siguientes versos:

«Mi quieto corazón se inquieta por ti, y mi alma se calma por tu ternura, pues te amo con tanta hartura que no puedo vivir ya más así. »

Al borde del ataque de risa, Viktor se mordía los labios hasta hacerse sangre. Estaba a punto de soltar una sonora carcajada, cuando Otto le golpeó en la espinilla: Aguanta, Vikor -le dijo-. Sé fuerte y aplau­de con ganas. -No creo que lo resista -replicó el psiquiatra.

El dulce «kapo asesino» prosiguió su grotesca lectura:

«Te quiero porque quiero quererte, te amo porque amo amarte, te adoro porque adoro adorarte y te beso porque… porque beso besarte.»

Viktor y Otto aplaudieron con todas sus fuerzas. Había lágrimas en sus ojos, fruto de la risa contenida. -Más aplausos, más, más -le insistió Otto, en voz baja. -Te comprendo -susurró Viktor, sin dejar de aplaudir-. Siempre resulta útil que el «kapo asesí­no» nos conozca desde un ángulo favorable.

Acabada la fallida sesión de espiritismo, Viktor y Otto regresaron a su barracón. Y, mientras Otto tre­paba hacia la litera de arriba, Viktor se despidió así: -Y me duermo porque me duerme dormir…

Al día siguiente, a las seis de la mañana, Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Esta vez, con cierto humor, se nos narran algunos diálogos de las nuevas relaciones que surgen a la llegada, así como una curiosa sesión de “espiritismo” que tuvo lugar en el campo de concentración.

La búsqueda del preso que faltaba se prolongó hasta muy entrada la mañana siguiente. Incluso cala­dos hasta los huesos, Viktor y los demás se sentían contentos. En aquel campo no había «chimenea», y Auschwitz quedaba lejos. Finalmente encontraron al prisionero donde menos esperaban: en un barracón, dormido y exhausto de cansancio.

Johann Meinong, el llamado «kapo asesino», ha­bía recibido el mandato de distribuir a los recién lle­gados por orden alfabético, y no por números. Así que Viktor Frankl y Kurt Pichler fueron destinados a barracones distintos. Sentado ya en una litera para nueve personas, Viktor oyó una voz que venía de la litera de arriba:

-Hola -dijo simplemente-. Me llamo Otto.

-Y yo, Viktor Frankl, psiquiatra de Viena -rió Viktor, sorprendido de ver al prisionero veterano que les recibió la noche anterior-. Para servirle a Dios y a usted.

-Sea bienvenido un psicólogo a este hotel de cinco estrellas -Otto bajó al suelo-. Yo sólo soy un simple profesor de Química. Nací en Munich, trabajé en Munich, me casé en Munich y moriré se­guramente en Munich. Como ves, me encanta viajar.

Al psiquiatra vienés le gustó la franqueza de aquel prisionero. Delgado, como todos; calvo, como todos. Y con sentido del humor, como algunos. -¿Y su mujer? Leer el resto de esta entrada »

¡Qué bello podría ser el mundo!

Viernes, 11 julio, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos.

Un viernes más continuamos con este formidable relato, en el que vamos descubriendo la personalidad de Víctor Frankl y las vicisitudes que tuvieron que pasar en los campos de concentración. Esta vez el relato nos ofrece dos datos interesantes: el fenómeno de la “hibernación de los sentimientos” y el sentido de la belleza que nunca parece perderse.

Como todos los de su barracón, Viktor recogió sus pertenencias: cuchara y escudilla para la sopa, unos trozos de tela sucia y poco más. Cuando salía hacia el patio, oyó al viejo vigilante del barracón:

-¡Ojalá hagáis un viaje rápido hacia un campo que, a diferencia de Auschwitz, no tenga «chime­nea»!

-Espero que se cumpla su deseo -respondió Viktor-, y que no nos vea usted subir al cielo en forma de humo.

A la espera de conocer su destino, los presos for­maron en el patio durante dos horas angustiosas y frías. Entonces el oficial de las SS dio la orden: -¡En marcha!

Salieron del campamento. El alivio fue grande cuando vieron que los llevaban a la estación ferro­viaria. Allí los esperaba un tren de mercancías, tan destartalado como ellos mismos. Y les ordenaron su­bir a los vagones.

Viktor y Kurt comprendieron que iban a ser tras­ladados a otro campo de concentración. Pero el tren tardó más de siete horas en tomar la salida, y des­pués su marcha era lenta. Además, en el vagón no había sitio para que todos se sentasen en el suelo al mismo tiempo, y la mayoría tenía que permanecer de pie todo el viaje, mientras que unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha franja empapada de orines. Entre ellos estaba Kurt Pichler, por quien Viktor había intercedido a causa de su ca­dera dislocada.

Había unos cincuenta prisioneros en aquel vagón; y dos mil, en todo el tren. En ese vagón, que sólo te­nía dos pequeñas mirillas enrejadas, quienes no esta­ban agachados en el suelo se agolpaban en torno a los ventanucos. Con él transcurso del tiempo, Viktor se dio cuenta de que se dirigían a Austria.

-¿Austria? -uno de los prisioneros más vetera­nos se sobresaltó-. ¡En Austria está el campo de Mauthausen! ¡Tiene horno, crematorios y cámaras de gas!

-¡Mierda! -exclamó Kurt- Estamos más muer­tos que vivos.

-Si vamos a ese campo -comentó Viktor-, me temo que sólo nos quedan una o dos semanas de vida. Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Este capítulo ha sido una gozada releerlo una vez más. Resulta emocionante este profundo dialogo entre Viktor y Kurt Pichler, y me parece que el modo en el que está escrito es brillante. En la foto vemos al Dr. Frankl escalando.

Viktor jamás pudo recordar lo que gritaba aquel capataz. Sólo trató de evitar, en la medida de lo posi­ble, que las patadas le golpeasen en la cabeza. Cuan­do aquella bestia se retiró, satisfecha de su heroici­dad, David se acercó a Viktor:

-¿Cómo estás? -le preguntó-. ¿Te encuentras bien?

-Arrepentido de hablar demasiado -suspiró al fin Viktor mientras se incorporaba-. Y, por lo de­más, lleno de cardenales: ¡Qué tío más bruto!

-Por eso ha ascendido a capataz: aquí los únicos que «hacen carrera» son los canallas como él.

-¿Sabes lo que te digo, David? -ironizó Vik­tor-. Pues que a ese tipo le conocí yo cuando no era más que Presidente del Banco más grande de Viena

-¡Venga ya! -se quejó el cirujano.

-Veo que necesitas desarrollar un poco más tu sentido del humor -comentó Viktor. Después se fijó detenidamente en el rostro de su amigo y añadió-: ¡David, estás pálido y amarillo!

-Cada día me encuentro peor -reconoció el ci­rujano-. Esas picaduras de insectos y el insomnio que padezco están acabando conmigo.

Viktor introdujo su mano en el bolsillo de su cha­queta y sacó el trozo de pan que había guardado.

-¡Vamos, cómetelo! -le ordenó con voz autori­taria-. Si no he podido conseguirte medicinas ni somníferos, al menos acepta un poco de pan negro.

-De ninguna manera -se resistió David-. Yo me he comido ya mi parte.

-¡Me importa un comino! -gritó Viktor.

David se alarmó: Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Con cierto retraso, pero lo prometido es deuda, aquí está el 10 capítulo del libro. Esta vez vemos como el doctor Víctor Frankl descubre el fenómeno de distanciamiento, aunque en mi opinión lo más interesante es cómo aborda el sentido espiritual de la existencia y el sentido de la dignidad humana.

Aquellos tres pitidos de silbato arrancaron sin piedad a Viktor de su intranquilo sueño. Empezó a luchar contra los zapatos mojados, hasta que consi­guió introducir en ellos sus pies hinchados, llenos de heridas y, por supuesto, desnudos.

Dos literas más adelante vio a otro prisionero llo­rar como un niño porque, al haberse encogido sus zapatos excesivamente, tendría que prescindir de ellos e ir descalzo por los caminos nevados. Viktor sacó de su bolsillo un trozo de pan duro, que había guardado la noche anterior, y lo masticó lentamente.

-¡Ojalá puedas andar! -le gritaron David y Kurt, en medio del bullicio.

-Creo que, por lo menos, andaré dos o tres me­tros -bromeó Viktor-. Como veis, mi teoría de re­servar una parte del pan, en vez de comérselo todo de golpe, funciona bastante bien.

El kommando inició su andadura hacia el lugar de trabajo. Viktor iba en las primeras filas, sufriendo a cada paso, bajo la mirada del kapo Herzog, que pre­firió no hablar con él para no distraerlo y evitarle así pisadas en falso.

En esa marcha sobre los campos nevados, el psi­quiatra decidió no pensar en sus pies. Se obligó a di­rigir su atención a otras cosas. De pronto se imaginó de pie, en la plataforma de un salón de conferencias bien iluminado y caliente. Frente a él tenía un audi­torio atento, sentado en cómodas butacas. ¡Estaba dando una conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!

Vistos desde la óptica distante de la ciencia, todos sus dolores parecían alejarse. Sí, este método tenía éxito: conseguía distanciarse de los sufrimientos y observarlos como si ya hubieran transcurrido. Tanto él mismo como sus dolores se convirtieron en objeto de un estudio psicocientífico muy interesante.

-¿Qué tal anda, doctor Frankl? -le preguntó el kapo.

-¿Sabe lo que le digo, señor Herzog? -respon­dió Viktor, sonriendo-. Creo que la idea de volver a escribir ese libro mío, El médico y el alma, va to­mando cada vez más cuerpo. ¡Estoy decidido a ha­cerlo aunque sea en papeles de fumar!

-¿Pero de verdad existe el alma, doctor? -bromeó Herzog- ¡Yo sólo veo por aquí cuerpos maltrechos!

-Eso me recuerda una vez que, mientras yo daba una conferencia, me preguntó un joven obrero si le podía mostrar el alma, por ejemplo, analizando el cerebro a través del microscopio, pues él no creía que existiera.

-¿Y qué le respondió usted?

-Pues le pregunté por qué le interesaba la prue­ba del microscopio, y su contestación fue: «Porque yo deseo buscar la verdad». Entonces le pregunté: «¿Y su afán de conocer la verdad qué es: algo físico o algo espiritual?» Tuvo que admitir que era algo es­piritual.

-En una palabra, lo que buscaba y no encontra­ba resulta que lo tenía ya desde el principio de su búsqueda.

-¡Exacto, señor Herzog! -exclamó Viktor.

-¿Pero no habíamos quedado el otro día en que el hombre es sólo un conjunto de músculos en ac­ción? -bromeó otra vez el kapo, viendo que Viktor superaba sus dificultades para andar.

-Algo parecido sostenía un profesor mío de en­señanza secundaria. En su clase de historia natural iba de un lado para otro y decía: «La vida humana es sólo un proceso de combustión, de oxidación». Yo, sin pedir la palabra, le pregunté: «¿Qué sentido tiene entonces la vida?»

-Supongo que el profesor se quedaría estupefacto.

-Salió del paso como pudo -respondió Vik­tor-, incapaz de contestar a mi pregunta. Por cierto, este hecho de mi edad juvenil lo contaré cuando re­escriba el libro El médico y el alma.

-¡Bien dicho, doctor! -le animó el kapo. Leer el resto de esta entrada »

Cuando se ama de verdad

Lunes, 12 mayo, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael del los Ríos

Este diálogo entre Víctor Frankl y el kapo Herzog es una joya acerca de la psicología del amor humano y de la debilidad que en torno a él puede surgir en el hombre. Pienso que vale la pena leerlo entero.

Por fin el kapo Herzog se decidió a entrar en la cueva. Viktor y David ya no lo volvieron a ver en toda la jornada de trabajo. Sólo cuando, al atardecer, iban de camino hacia el campo de concentración, Viktor pudo preguntarle al kapo:

-¿Qué tal le ha ido en la cueva, señor Herzog?

-Bueno, la verdad es que tenía mucho frío -se excusó el kapo- y se estaba muy bien allí dentro, tomando café caliente con otros kapos. Además, pa­decí claustrofobia sólo en mi niñez: ahora ha dismi­nuido mucho.

Viktor guardó silencio. No sólo estaba agotado, también le dolían terriblemente sus pies congelados y llenos de heridas. Por eso, le importaba un bledo que el kapo le hubiese contado una verdad a medias. Gustav Herzog comprendió su situación y trató de mostrarse amable.

-Debo contarle más cosas sobre mí, doctor Frankl, cosas realmente íntimas -recalcó-. Pero antes me gustaría saber por qué no huyó usted a Estados Uni­dos cuando los alemanes invadieron Austria. Tengo entendido que le dieron un visado en Viena y que, si usted se hubiese marchado a América, allí podría ha­ber difundido sus ideas sobre logoterapia. ¿Me equi­voco?

-No. Efectivamente, conseguí un visado para emigrar a los Estados Unidos: con ese documento era libre para marcharme y defender mi teoría. Mis padres estaban contentísimos y compartían conmigo la alegría de verme a salvo en el extranjero.

-¿Entonces por qué no lo usó?

-Porque sabía que, al poco tiempo de marchar­me, mis padres serían deportados a cualquier campo de concentración. La duda me corroía. Un día soñé que había mucha gente en una formación, cientos de enfermos esperando ser llevados a las cámaras de gas, y yo sentí una compasión tan profunda que de­cidí unirme a ellos. Creí que debía hacer algo, traba­jando como psiquiatra en un campo de concentración, lo cual sería algo con un sentido incomparablemente mayor que difundir mi teoría en Manhattan.

-Pero seguro que mantenía usted sus dudas -in­sistió Herzog-. A1 fin y al cabo, también podía tra­bajar como psiquiatra en América.

-Cierto: yo no acababa de decidirme -recono­ció Viktor-. Hasta que una tarde cogí mi portafo­lios, me cubrí con él la estrella amarilla que, como judío, debía llevar obligatoriamente en mi abrigo, y entré en la catedral de Viena. Había un concierto de órgano y me dije: «Siéntate, escucha la música y piensa. Estás muy cansado, Viktor, contempla y me­dita lejos del ajetreo de Viena». Entonces me pre­gunté a mí mismo qué hacer. ¿Debía sacrificar a mi familia por el bien de la causa a la que había dedica­do mi vida o debía sacrificar esta causa por el bien de mis padres?

-Una pregunta interesante -comentó Herzog-. Y dramática.

-Sí, y cuando uno se enfrenta a esta clase de preguntas -afirmó Viktor-, se desea ansiosamente una respuesta del cielo.

-¿Y cómo le habló el cielo? -dijo el kapo con ironía.

-No se lo va a creer, señor Herzog. Abandoné la catedral y volví a casa. Y allí, sobre el aparato de ra­dio, había un pedazo de mármol. Les pregunté a mis padres qué era eso. Mi padre era un judío piadoso y había recogido ese mármol en la sinagoga más gran­de de Viena. Esa piedra formaba parte de las tablas que contenían los Diez Mandamientos. En el már­mol estaba grabada una letra hebrea de color dorado. Mi padre me comentó que la letra aparecía solamen­te en el cuarto Mandamiento, que dice: «Honra a tu padre y a tu madre». Después de eso decidí quedar­me en Austria y dejar que caducara mi visado.

-Y entonces conoció usted a Tilly, se casaron y luego vino para todos el campo de concentración de Theresienstadt -Herzog se mostró ahora menos iró­nico-. ¿Cómo murió su padre?

-Estaba desnutrido y sucumbió a una neumonía -respondió Viktor-. Cuando fui a visitarle a su ba­rracón el último día, comprobé que había aparecido un edema pulmonar terminal: su respiración era cada vez más entrecortada. Decidí gastar la última ampolla de morfina que había conseguido de contrabando en el campo. Esperé a que la inyección hiciera efecto y, cuando le vi aliviado, le hice unas pocas pregun­tas: «¿Estás mejor, papá?»… «Sí, Viktor»… «¿Puedo hacer algo más por ti?»… «No, Viktor. Gracias»… «¿Hay algo que quieras decirme o preguntarme?»… «Nada, gracias». Esperé a que se durmiera y retorné a mi barracón sin ignorar que a la mañana siguiente ya no iba a encontrarle vivo”.

-¿Y su esposa? -preguntó el kapo-. ¿Sabe us­ted algo de ella?

-Quiso venir conmigo a Auschwitz -respondió escuetamente Viktor-. Si está viva, se encontrará padeciendo en un campo de mujeres.

-Debe de amarle a usted mucho cuando ha que­rido acompañarle aquí.

-Sí, mucho. Y yo también a ella.

Gustav Herzog entendió que era el momento de sincerarse con el psiquiatra vienés. Para que no le oyera nadie, se acercó más a Viktor. Leer el resto de esta entrada »

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