Jueves, 3 abril, 2014

422Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28). Y, en otro lugar: El que tenga sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37). Y también: El que venga a mí no tendrá hambre (Jn 6, 35). Más adelante: Al que venga a mí no lo echaré fuera (Jn 6, 37). Y hoy:

    Y no queréis venir a mí para tener vida.

¿Aún no lo entiendes? Jesús no es un personaje célebre o un hombre ejemplar a quien se contempla desde lejos y se aprueba o se rechaza. No es alguien a quien se aplaude o por quien se vierten unas lágrimas desde la cómoda distancia del espectador medianamente implicado.

Jesús es la fuente de Vida eterna abierta en lo alto de una Cruz. Uno no se queda mirando a la fuente, ni la aplaude. Es preciso acercarse a Jesús crucificado, abrazarlo fuertemente, pegar los labios a la llaga de su costado, empapar la vida y el corazón en sus dolores, en su plegaria, en su ofrenda… A distancia puede uno convertirse en admirador de Cristo, no en cristiano. ¿Para qué quiere una fuente un club de fans? Quiere que bebamos.

La vida eterna

Lunes, 25 febrero, 2013

Daniel esta planificando el fin de semana de su vida con un par de amigos, cuando un extraño hombre aparece y habla con Daniel  acerca de la vida eterna y lo que puede llegar a tener o perder. Empecemos por lo más importante (la Misa) le dice al final. Es curioso lo bien hechos que están estos vídeos de outside da box. De un modo sencillo transmiten eficazmente un mensaje que resulta hasta simpático.

El ciento por uno

Jueves, 31 mayo, 2012

“Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-“.

En cuanto a lo de “la casa”, te recuerdo que no tenemos aquí morada permanente. Y no es que seamos personas sin hogar; más bien al contrario, somos portadores en nuestras almas de un fuego del Espíritu Santo que arde en el fuego hogareño alrredor del cual se sientan nuestros amores del Cielo y de la tierra… El Señor está contigo: llevamos este calor de hogar a donde quiera que vayamos. Leer el resto de esta entrada »

Lo que vale al final

Martes, 15 noviembre, 2011

Alfonso Daudet, en “Cartas desde mi molino“, narra la siguiente conmovedora historia. Al hijo de rey de Francia, al Delfín, le había llegado la hora de morir. El capellán trata de inculcar conformidad y esperanza al niño. Pero el pequeño no entiende que, siendo el Delfín, tenga que morir.

- “Que muera en mi lugar Beppo, mi fiel amigo. Le pagamos bien y, como otras veces, ocupará mi puesto”.

El capellán le dice que la muerte es “personal e intransferible”.

- “Al menos, me pondré mis vestidos de armiño, para entrar en el cielo vestido de Delfín ­replica ingenuamente”.

Nueva intervención del sacerdote. Al fin, llorando y volviéndose hacia la pared, el niño exclama: - “Entonces, ser Delfín, no vale de nada”.

De cara a la realidad de la muerte “Ser Delfín no vale de nada”. Lo que vale es haber sido un buen Delfín. Vale haber hecho bien el papel que nos ha asignado Dios a cada uno. Con la muerte dejamos el papel y todo lo que lo rodea. Solo el cómo lo hayamos hecho, eso nos acompañará eternamente.

El “casi” sobra.

Miércoles, 2 noviembre, 2011

Luis XIV

Un predicador tuvo que pronunciar un sermón ante la corte de Luis XIV, rey de Francia, estando el rey presente. En un momento de su perorata dijo:

-“Todos los hombres tenemos que morir”.

Aquello al rey no pareció gustarle. Con claro gesto de desagrado frunció el ceño.

El predicador trató de arreglarlo, añadiendo enseguida:

-“Bueno, casi todos”.

***

Estamos en el mes de noviembre. Y en el día de todos los difuntos. Así que esta anécdota sobre la ineludible realidad de la muerte viene bien traerla a colación. No se trata de estar siempre pensando en ella. Pero es una realidad con la que hay que contar. La muerte es un potente foco de luz que ilumina la vida entera. Lo que no vale a la hora de morir, tampoco vale a la hora de vivir.

Benedicto XVI dedicó la catequesis de la Audiencia General de ayer miércoles de la octava de Pascua a reflexionar, ante miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, sobre el misterio cristiano de la Pascua. “En efecto, Cristo resucitado entre los muertos es el fundamento de nuestra fe, recordó el Papa. “Que la Resurrección de Cristo nos oriente hacia una vida enraizada en la eternidad de Dios y abra un nuevo futuro para toda la humanidad”. El Santo Padre exhortó a que nos despojemos “del viejo hombre que está en nosotros”, a que hagamos morir “nuestros deseos insaciables de bienes materiales y egoísmo, raíz de todo pecado”. Así pues, “convertidos en hombres nuevos con el bautismo, nos revestimos de Cristo para vivir en la caridad”.
El Pontífice, en el contexto y en el clima de la alegría pascual, afirmó que los cristianos “estamos llamados a dar un nuevo rostro que promueva el desarrollo del hombre y de la sociedad, según la lógica de la solidaridad, de la bondad y en el respeto de la dignidad de cada uno. Y la caridad, dijo, es el centro y la fuente de todas las virtudes”.
La Resurrección de Cristo, explicó el Santo Padre, lejos de invitar a los cristianos a evadirse del mundo, los implica y compromete más para transformarlo a la luz del amor. Los cristianos están llamados a “ser fermento nuevo en el mundo, dándose sin reservas por las causas más urgentes y más justas”. No podemos tener sólo para nosotros la vida y la dicha que Cristo nos ha dado con su Pascua, debemos darla a cuantos están cerca de nosotros. Nuestra misión es hacer resurgir en el corazón del prójimo la esperanza donde está la desesperanza.
Benedicto XVI concluyó diciendo que “la Pascua trae la novedad del paso de una vida sujeta a la esclavitud del pecado a una vida de libertad inspirada por el amor que rompe todas las barreras y construye una armonía en nuestros corazones y en nuestras relaciones. “Queridos amigos, exhortó el Pontífice, hagamos revivir la esperanza”.

Este próximo domingo 32 del tiempo ordinario, las lecturas están llenas de sietes que necesitan un ocho. Así en la primera se nos habla de los siete hermanos que entregaron su vida para defender su fe en la esperanza de que Dios los resucitaría a la vida eterna… Pero aquellos siete  tuvieron que esperar en el Seno de Abrahán, junto con los demás justos, a que el octavo hermano, Jesús, el primogénito entre muchos hermanos, diera cumplimiento a las promesas de Dios. Después de que los siete macabeos entregasen su vida, Jesús entregó la suya, y, por la ofrenda del Octavo, fue satisfecha la esperanza de los siete.

En el evangelio se habla de otros siete hermanos que, uno tras otro, se casaron con la misma mujer tras enviudar, todos ellos murieron sin tener hijos… Pero habrían de esperar al octavo Esposo, Cristo, para que adquiera su pleno sentido el amor esponsal. Después de que aquellos hermanos, imagen de los siete pecados capitales que desposan la vida del hombre dejándola estéril, Jesús -¡el Octavo!- se desposó a esa alma, arrasada por las culpas, y la colmó de frutos de Vida Eterna. Amor Primero del Alma.

¿Qué más acerca de este siete, símbolo de la impotencia humana? Siete eran los días de la semana, pero al llegar el séptimo -el sábado- el Hijo del Hombre yacía en un sepulcro y abatido por el fracaso. Pero tras los siete días de la semana, vino el Octavo, el Domingo, el día del Señor, en el que resucitó Jesús y con Él nosotros. Él ha inaugurado la Nueva Creación, y por eso este Octavo resulta el Uno de la nueva cuenta, día primero de la semana nueva…

¿Qué más acerca de este siete? Siete veces dijo estar dispuesto a perdonar a su prójimo Pedro, pensando que estaba muy bien. Pero Jesús le revela que, tras aquellos insuficientes siete perdones humanos, bastaría un Octavo y definitivo perdón divino, el de Jesús desde el Madero, para alcanzarnos la vida eterna… Sí, Él ha inaugurado la Nueva cuenta: Primogénito de entre los muertos, Amor primero del alma, Día primero de la semana…

Una última cosa acerca de la Resurrección de la que habla el evangelio. Enseña Santo Tomás que nuestra filiación divina, «será consumada por la glorificación del cuerpo (…), de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, así nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte» (Comentario a la Carta a los Romanos,8, 5). Y cita a continuación las palabras de San Pablo a los filipenses: Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su Cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas (Flp 3, 21). El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre, porque hemos sido comprados a gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1Cor 6, 20). Y comenta el Papa Juan Pablo II: “La pureza como virtud, es decir, capacidad de mantener el propio cuerpo en santidad y respeto (cfr. 1Ts 4, 4), aliada con el don de piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el templo del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano” (Audiencia general 18 – III – 1981).

Madre, recuérdanos que nuestro cuerpo, como el tuyo, ha sido hecho para dar gloria a Dios, aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad… Ya verás como vas a estar “mas chulo que un ocho”.

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